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lunes. 08.08.2022

El voto de Murcia: no echen las campanas al vuelo

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Los responsables de las tres derechas murcianas han presentado a una región que más parece del siglo XIX que del presente

Los resultados de las pasadas elecciones generales en la provincia de Murcia no son más que la consecuencia de una política deliberada, la de embrutecer a la ciudadanía. Mucho se ha hablado en los últimos años, a raíz del proceso independentista catalán, del adoctrinamiento que sufren los escolares de aquel territorio, pero muy poco del que gozamos en tierras también mediterráneas como la murciana o la alicantina: pasen y vean la televisión murciana, no tiene desperdicio.

Después de varias décadas de intensa corrupción que, además de arruinar a buena parte de los ayuntamientos murcianos ha contribuido a enriquecer a muchos de los que ejercían el poder y allegados, lo lógico, la natural, lo decente habría sido que el electorado castigase al partido en el poder y a los que defienden posiciones y modos similares. Durante años, los murcianos depositaron su confianza en el Partido Popular, creyendo que defendería mejor los intereses de la región y haría una política más próxima al pueblo. No fue así en las primeras elecciones que ganaron tras varias victorias socialistas, tampoco en las siguientes ni en ninguna de las celebradas después, antes al contrario, las sucesivas victorias del Partido Popular en Murcia, sirvieron para crear una estructura caciquil al calor del ladrillo, que en mucho recuerda a la que a principios del siglo XX diseñó La Cierva, el hombre de la Semana Trágica. No sucede como entonces que el voto sea falseado en las estafetas de correos, en Gobernación o a pié de urna por los hombres de la porra, ahora, salvo algunos grupos de monjas y asimilados que llevan a viejos a votar con el sobre cerrado desde el asilo, el voto es libre, es decir, cada cual vota lo que quiere según su entender, siendo únicamente condicionado por los medios de comunicación o por una falsa concepción del patriotismo regional.

Los tres partidos de la derecha han hecho en la región una campaña similar a la que determinados partidos de la derecha catalana hacen en aquel país. Van contra nosotros, nos roban, no nos quieren, se ríen de cómo somos, nos matan de sed, no nos respetan, no valoran lo que en verdad valemos. A su modo, insultando a todo quisqui, despreciando a quienes no comparten sus ideas, reivindicando un pasado rancio y feroz, manejando las fiestas populares, religiosas en su mayoría, y atizando el fuego del agravio, los responsables de las tres derechas murcianas han presentado a una región que más parece del siglo XIX que del presente, llegando al paroxismo en las exclamaciones y cuchufletas de ese hombre conocido como Teodoro García Ejea, el alter ego de Casado, un hombre sin gracia, pero capaz de decir las mayores barbaridades creyéndose gracioso, simpático y, lo que es peor, gozando de las simpatías de muchos de sus paisanos. De un modo grosero y tosco, los tres partidos ultramontanos -así han aparecido en la pasada campaña electoral- han construido un nacionalismo murciano, el más triste de los nacionalismos, porque después de décadas sólo ha conseguido que Murcia esté a la cola del país en casi todas las cuestiones que afectan al bienestar de los ciudadanos. Así de triste, así de terrible.

Hace años, allá por el año 1977, un grupo de muchachos decidimos hacer un homenaje a Miguel Hernández en mi pueblo, en Carabaca. No teníamos ningún medio, pero logramos que aquello pareciese algo distinto a lo que normalmente se hacía. Acudió mucha gente, incluso personas mayores que no sabían leer ni escribir, pero que habían oído hablar de Don Miguel. Habíamos colocado al fondo del local donde se celebró el acto, una pancarta que decía: “Miguel Hernández, poeta del pueblo”. Se presentó la Guardia Civil, dos números, Teófilo y Vicente, con órdenes de incordiar, cosa que hacían con gusto. Como no sabían quién era Miguel Hernández, nos amenazaron con cerrar el local si de inmediato no quitábamos la pancarta en que ponía “pueblo”. ¿Por qué -preguntamos- a los civiles? Porque eso de pueblo es comunista. Nos habíamos fumado algún peta, y la risa que nos dio aquella explicación nos tiró por los suelos, sin remedio, no había manera de parar de reírse mientras los guardias, desconcertados, hacían ademanes de liarse a palos. La cosa no fue a más porque una persona mayor y buena, culta, nos dijo que cerrásemos por unas horas mientras él se llevaba a los guardias. Fue aquel un acto grande, maravilloso, no por los policías, sino por la candidez y el cariño con que los mayores iletrados a la fuerzan preguntaban por Miguel Hernández y pedían que les leyésemos algún poema.

Desde entonces ha llovido mucho y aquel interés magnífico no fue satisfecho por las diversas administraciones que rigieron la Comunidad y debieron. No se siguió por ese camino, sino por el de adorar al Vellocino de Oro. El dinero se convirtió en el principal objetivo de la mayoría de mis paisanos, no importaba como se consiguiera si no que se consiguiera. Nació una especie de adoración hacia los granujas, hacia los que daban pelotazos o se hacían ricos de la noche al día, mientras que, al mismo tiempo, se comenzó a extender una especie de reserva, de indiferencia, incluso de desconfianza, hacia profesores, maestros, médicos, funcionarios o trabajadores con puestos fijos, aunque con sueldos menguados. El enemigo no era el explotador, ni el ladrón, ni el canalla, ni el pelota, ni el servil, sino el que había conseguido tener un puesto de trabajo seguro. La precariedad laboral creciente que siguió al estallido de la burbuja ladrillera -nunca sabremos realmente el daño brutal que ese episodio nos hizo, nos hace y nos hará-,  aumentó ese sentimiento, esa diferencia, que ya no era entre ricos y pobres -como gusta decir a la derecha- sino entre parados, trabajadores precarizados y trabajadores estables.

Al grito de “Acho Pijo”, expresión que jamás oí en mi pueblo, pijo sí, a todas horas, en todo momento, oído y hablado, se ha creado una identidad regional irreflexiva, pobre y decimonónica que es incapaz de abrirse, de cambiar y aprovechar lo mejor de sí misma y de los demás. La Universidad Católica, que tiene casi tantos alumnos como la pública estando ligada a sectores muy reaccionarios de esa creencia, da títulos a demanda, previo pago de una matrícula considerable; los colegios concertados, vuelven a tener el predicamento que tenían durante el franquismo y las familias esperan que en ellos sus hijos puedan relacionarse con gente de orden, buena para su futuro; las cofradías festeras, presuntamente apolíticas, tienen una influencia social mucho mayor de la que deberían tener entes dedicados a homenajear patrones y patronas durante unos días al año. Necesitamos a los inmigrantes, si mañana se fuesen, no habría quien recogiese las frutas y hortalizas de Torre Pacheco -donde ha ganado Vox-, Campo de Cartagena, Cieza, Calasparra, Archena, Cehegín o Caravaca. Sin embargo, no los queremos ni ver, ni que se junten con nuestros hijos, ni que acudan a los mismos locales, ni siquiera pagarles lo que le corresponde por su trabajo: El inmigrante, en una tierra de secular emigración, es mal visto, como el judío en otros tiempos, se le culpa de la delincuencia, de altercados diversos, pero somos incapaces de denunciar a quienes los explotan, maltratan y vejan, obligándoles a vivir en nuestra tierra como si estuvieran en el peor de los mundos imaginables. Es delito ser diferente, hablar de otra manera, ser pobre, no lo es pagar 30 euros al día a un jornalero por recoger limones o alcachofas de sol a sol, eso está muy bien, muy católico.

En fin, a la sombra de la pobreza, de la precariedad laboral, de la influencia católica en todos los ámbitos del vivir, se ha conformado una sociedad que es incapaz de dar oportunidades a los jóvenes mejor preparados, que expulsa mano de obra muy cualificada y selecciona para los puestos de mando a mediocres y grises sin el menor pudor: No hay más que oír al actual Presidente de la Comunidad para saber cual es el nivel. No hay espíritu crítico -un destello las protestas contra el AVE que quería partir Murcia en dos y que ahora pasará bajo tierra porque así lo ha aceptado el actual Gobierno, no el otro, que mandó a la policía para proteger muros-, pero sí una persistencia en el error, en votar a quien más daño ha hecho a la Región. Y no es esta una cualidad estrictamente murciana, pese a los resultados generales de las últimas elecciones, si no se corta de raíz la tendencia a la precarización del trabajo, que es tanto como decir a la inseguridad, al miedo, a la exclusión, a nadie extrañe que en elecciones venideras esos partidos extremistas vuelvan a tener resultados suficientes para gobernar en Murcia y en todo el país.


Proyección CIS elecciones autonómicas en Murcia

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