viernes 10.07.2020

El viejo mundo que nos hará mucho peores

No dejemos que las fuerzas castrantes y brutales del pasado impongan su ley. De momento son los que más gritan, aunque sus aullidos parecen salir de una cueva del Monte Sinaí.

En las ciudades costeras vuelan gaviotas y palomas, aves bellas cantadas por los poetas pero despreciadas por sus excrementos. No quieren que se les de comida. Ratas del aire las llaman. Extraño resultaba ver golondrinas, vencejos y aviones, insólito, pájaros también hermosos, negros, que comen insectos y colaboran al mantenimiento de la cadena de la vida. Raro resulta en estos días, después de tanto estupor doloroso, ver como han vuelto a las ciudades, como recorren el cielo de un lado para otro mezcladas con las aves blancas. Han regresado, como tantos animales acorralados, en cuanto nos hemos ido. Quizá haya llegado la hora de aprender a convivir.

“El viejo mundo se muere -decía Gramsci-. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Ya están aquí porque nunca se fueron. Estaban agazapados, esperando la ocasión, el miedo, la incertidumbre, la dejadez, el sueño del insomne, la desesperanza, la perplejidad, el desconcierto de quienes tienen necesidad, la certeza de quienes lo tienen todo. El monstruo vive entre nosotros, acude al Parlamento, ocupa las tertulias más vistas y escuchadas. Habla en voz alta, grita, no atiende a razones, simula reír mientras el otro habla, una sonrisa llena de odio y desprecio, que dice ya te engancharé desgraciado. Están en toda Europa, rabiosos, pero en España su voz retumba porque siempre tienen un altoparlante que los magnifique, que dé resonancia magnífica a sus insultos, ladridos y mentiras. Los muertos, los enfermos, los oprimidos, los desheredados sólo son para ellos munición, instrumentos de una estrategia de tierra quemada que pretende defender los intereses de clase, los de su España tiránica, que es sólo de ellos, mientras los otros, los que no queremos esa España heredera de Fernando VII y Franco, nos hemos convertido en antiespañoles, en enemigos de su patria, de sus intereses, de su infame propósito. Ellos, todos sabemos de dónde vienen y a dónde quieren llevarnos, hablan de libertad cuando a lo largo de la historia sólo han sabido asesinarla y asesinar a quienes la defendían de la opresión. Caceroladas continuas -como en el Chile previo a Pinochet- en el Barrio de Salamanca, bares cerrados con un letrero que pone “se traspasa. Interesados llamar al Gobierno”, como si el Gobierno hubiese traído el virus de China o de Singapur con la intención de acabar con los habitantes de este pisoteado país, imbéciles que entran en los supermercados y en las tiendas sin mascarilla, empujando, como si los demás no existieran, como los deportistas que cuidan su salud en grupo por cualquier calle de España, inasequibles al desaliento, a pecho descubierto, a cualquier hora, como los que se agolpan en las terrazas incapaces de entender que están contribuyendo a que muera más gente, a que esto se alargue sin saber cuando será el final.

Una señora muy poco dotada para el ejercicio de la política, acusa a Pablo Iglesias de las muertes de viejos que se han producido masivamente en los asilos sobre los que tiene competencia exclusiva...

Una señora muy poco dotada para el ejercicio de la política, acusa a Pablo Iglesias de las muertes de viejos que se han producido masivamente en los asilos sobre los que tiene competencia exclusiva, emite infundios una y otra vez como si fuesen verdades, desoye las peticiones de los sanitarios y reparte mascarillas al parecer no apropiadas a la población, con la bandera de Madrid, mientras quienes trabajan en sus hospitales -sobre los que también tiene competencia única- siguen con carencias insoportables. Llora rímel en una catedral horripilante, vestida de negro, compungida, reparte bocadillos de calamares, pasa revista a la tropa, asegura que la Covid-19 quiere decir “coronavirus diciembre del 19” para argumentar que el bicho ya estaba aquí antes de Navidad, asegura que los enfermos de IFEMA curaron antes porque los pabellones tienen techos muy altos, nunca porque la mayoría eran enfermos poco graves, nunca por el desvelo de los equipos de la Medicina Pública a la que tantas puñaladas llevan dando desde que llegaron al poder en esa Comunidad, una de las más ricas de España y, desgraciadamente, de las menos preparadas para combatir la epidemia porque se habían cargado la atención primaria, porque tenía menos Unidades de Cuidados Intensivos que las que debería dado el incremento de población de los últimos años, porque optaron por favorecer a QuirónSalud, Sanitas, DKW, Vithas, HLA o HM hospitales, cosa que se comprueba fehacientemente en su millonaria cuenta de resultados, porque, en fin, decidieron entregar un servicio público esencial a grandes empresas que sólo buscan la manera más eficaz de enriquecerse.

La antigüedad exige que sólo subsistan los que tienen medios para defenderse de cualquier contingencia, quienes más alto viven en la pirámide porque ellos son la nación, la patria y el espíritu que late bajo ella y da carta de naturaleza al mundo tal como fue siempre. Los demás somos prescindibles, números, objetos inanimados. Les repugna que se esté intentado que no mueran de hambre quienes han quedado sin medios de susbsistencia, les duele que se ponga parte de la riqueza nacional al servicio de quienes aquí viven y se ven despojados de todo por una enfermedad desconocida que está causando estragos en los países más desarrollados del planeta, les irrita que se reivindiquen los servicios públicos que ellos han privatizado y externalizado para sacar tajada en forma de comisiones y mordidas multimillonarias. Su paraíso es la jungla. Un cazador armado con fusil de repetición o con una ametralladora moderna, siempre estará en mejores condiciones de subsistir que quien sólo posee un bolígrafo o una paletilla de albañil. Saben que durante la Edad Media al rey se elegía entre los más ardorosos combatientes, entre los más crueles, los que más daño eran capaces de infringir. Luego el rey pagaba la elección repartiendo territorios, nombrando señores feudales, otorgando ducados, marquesados y condados. Los demás, la plebe, los siervos de la gleba, los pecheros, los rabassaires sólo tenían la obligación de trabajar, pechar, y obedecer, al noble, al cura, al alcabalero, al diezmero, al rey. El mundo apenas ha cambiado para ellos, sigue siendo el mismo del marqués de Villena pero con bot.

Sin embargo hay otro mundo, ese que se vislumbra después de que los monstruos hayan desaparecido. Vuelve ser el mismo que nunca terminó de ser, el de la libertad, la fraternidad y igualdad, ese en el que ningún ser humano tendrá que sufrir por su nacimiento, deficiencias, enfermedad o desgracia. No será ya el mundo de la competencia, la competitividad, la pelea suicida entre hermanos, sino el de la colaboración, el de la solidaridad, el de la generosidad. No dejemos que las fuerzas castrantes y brutales del pasado impongan su ley. De momento son los que más gritan, aunque sus aullidos parecen salir de una cueva del Monte Sinaí.

El viejo mundo que nos hará mucho peores