domingo 31.05.2020

Los verdaderos delincuentes de nuestro tiempo

“Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?...”

Gabriel Celaya.


Es absolutamente necesario que se aplique la ley con toda dureza a quienes han organizado este tremendo desaguisado, que no son, ni mucho menos, los ciudadanos griegos, españoles, franceses o portugueses que trabajan o quieren trabajar y no pueden

En uno de sus mejores poemas, Momentos felices, el poeta comunista Gabriel Celaya hablaba así del placer de comprar en los mercados de abastos, de la felicidad que supone sumergirte entre la gente, mirar lo que hay en un puesto, en otro, de lo que te apetece, de lo que puedes o no comprar, del regateo, del espectáculo, de los sentidos. El poema todo es un canto a la vida, a esos momentos que le hacen a uno apartarse de la pesadilla cotidiana del vivir desviviéndose, de la injusticia; de esos momentos tranquilos, agitados, brillantes, ajetreados, discutidos dónde uno se encuentra con su alma en solitario o con las almas y los cuerpos de aquellos a quienes quiere de verdad. Celaya fue consecuente hasta el final. No quiso ejercer de ingeniero, ni seguir trabajando en la pujante empresa familiar de la que habría sacado grandes beneficios: Decidió vivir como poeta, alejado de las cuentas, de los balances, de la ambición, en la sencillez del compromiso social al que le llevó su inseparable e inolvidable Amparitxu Gastón. Uno de sus últimos rincones, ya cercano el final definitivo, fue Casa Emilio, en la calle López de Hoyos. Allí se conservan todavía muchas fotografías y recuerdos del poeta.

Hablo de Gabriel Celaya y de este extracto de Momentos felices, porque en él Celaya habla del mercado, de los mercados y mercadillos dónde miles de personas trabajan y atienden a otras tantas que van buscando unos centímetros de felicidad, porque esos mercados y mercadillos combaten como pueden contra las grandes transnacionales que intentan arruinarlos del mismo modo que quieren dejar en pañales a quienes trabajan la tierra imponiéndoles unos precios absolutamente intolerables. Hablo de Gabriel Celaya y de esos mercados porque yo también gozo cuando a primera o última hora de la mañana me paso por el monumental Mercado Central de Alicante, una verdadera catedral arquitectónica,  gastronómica y social, y me baño entre una multitud que no conozco, y veo  como trabajan quienes están detrás de los mostradores de mármol, y hablo con ellos, y los veo almorzar a las nueve de la mañana porque llevan ya cinco horas levantados. Me encanta ver como afilan los cuchillos, como quitan las raspas a la merluza, a los lenguados, a los cabotes, caballas, lechas y lecholas; como colocan sus frutas y hortalizas para deleite de la vista y el paladar; como se esmeran en cortar con primor el trozo de la vaca que ese día has tenido la suerte de poder comprar. No concibo la vida sin ese placer, nunca estaría de acuerdo con ningún sistema político que impidiera ese tráfico perfectamente controlado y controlable, legítimo y enriquecedor.

Sin embargo hay otro mercado, el mercado que no tiene puestos visibles, que no está habitado por nadie, que aparentemente no tiene caras ni rostros: Es el mercado global, el mercado que rige la tantas veces nombrada como maldita “mano invisible”, el mercado del horror que reparte pobreza por doquier y enriquece a una minoría ya tan diminuta cuyos nombres se podrían escribir en una cuartilla. Los vendedores a que se refiere Celaya pagan sus impuestos porque tienen nombres y apellidos, porque tienen una licencia que les permite llevar a cabo su actividad; son perfectamente denunciables si te dan gato por liebre y trabajan, a veces desde antes que salga el sol hasta después de que se vaya. En una palabra, están sujetos, como cualquier ciudadano, al imperio de la ley y si no cumplen con ella pueden recibir la sanción que los jueces estimen pertinente. Pero, ¿qué ocurre con los mercaderes globales? ¿Dónde están las leyes que permitan excluirlos de la sociedad por sus tropelías? ¿Dónde los jueces que los persigan? ¿Dónde los policías, los inspectores y las cárceles? Un vendedor de un puesto de un mercado de abastos puede venderte unos boquerones en mal estado y tú, incauto, comprarlos: El daño es grave, pero sabes su nombre y apellidos, sabes dónde tiene el puesto, dónde está el juzgado y, posiblemente, también dónde está su casa. Es decir, puedes actuar contra él de muchas maneras diferentes. Mas, ¿qué hacer contra los mercaderes que controlan desde altas e inaccesibles torres nuestro futuro, nuestras cuentas corrientes, nuestro trabajo, nuestro bienestar, nuestra justicia, nuestros derechos? ¿Qué hacer contra quienes, desde la más incomprensible crueldad, están jugando con la vida de cientos de millones de personas sólo por aumentar su lucro personal? ¿Qué hacer con quienes inventan guerras donde mueren cientos de miles de personas por petróleo, con quienes dividen países para aumentar dividendos, con quienes generan destrucción y desesperanza hasta dónde llega su aliento?

Unos cuantos centenares de personas, no muchas más, han metido al planeta en una situación crítica de la que costará tiempo salir. Si un vendedor del mercado de abastos envenena con sus productos a cien personas, inmediatamente será juzgado y encarcelado por el tiempo que digan las leyes, pero su delito no tiene nada que ver con el de estos malditos bastardos que ni supieron ni sabrán jamás lo que significa la palabra ética y que han contaminado al mundo con su veneno inhumano y antisocial. No creo en la pena de muerte, ni siquiera en la cárcel, el tiempo justo. Pero si queremos comenzar un verdadero movimiento regenerador, tenemos que saber con nombres y apellidos quienes fueron y son los causantes de esta tremenda tormenta, es preciso que sean juzgados y condenados, y es menester les sea quitada para siempre su condición de seres humanos, expulsados para siempre del mundo animal y obligados a trabajar de por vida en los trabajos en los que ningún ser humano querría trabajar. Si los Estados actuales no sirven para defendernos de ese mercado, de esos mercaderes, tendremos que ser los ciudadanos, el pueblo, que es quien tiene el poder, quienes actuemos para demostrar que otro mundo es posible: La inmensa mayoría de los presos que hay en las cárceles del mundo, me atrevería a decir que todos, no han cometido delitos de la envergadura de esos tipos que andan por la calle con la cabeza erguida, dan conferencias en club elitistas y deciden la destrucción del mundo y de quienes lo habitamos. Es absolutamente necesario que se aplique la ley con toda dureza a quienes han organizado este tremendo desaguisado, que no son, ni mucho menos, los ciudadanos griegos, españoles, franceses o portugueses que trabajan o quieren trabajar y no pueden.

Los verdaderos delincuentes de nuestro tiempo