sábado 5/12/20

La Unión Europea agoniza

Es evidente que durante los últimos años se ha producido en Europa un giro hacia la extrema derecha. Los partidos democristianos y similares temen que la ola de insolidaridad que recorre el continente termine por enterrarlos ante el auge de los partidos nacionalistas y racistas que propugnan el cierre de fronteras y la protección de los nativos frente a los extranjeros que les limpian los retretes y cuidan de sus viejos. Ante esa perspectiva, la derecha cada vez se aproxima más a su versión extrema pensando que de esa manera lograrán parar el huracán reaccionario y sobrevivir. Es lo mismo, con muchos matices, que ocurrió en la década de los años treinta, cuando todos los buenos propósitos de Briand y Stresemann fueron aplastados por las botas del fascismo. 

Europa, y el mundo, está atravesando un periodo extremadamente crítico por las víctimas que está causando la pandemia y por su incapacidad para dar una solución solidaria al problema actual y a los que vendrán después, haciendo caso omiso a las enseñanzas del pasado que la llevaron a los peores momentos de su historia. Como en las relaciones personales, las de los países se han vuelto de un egoísmo supino, brutal, incomprensible, el rico no quiere saber nada del que no lo es tanto, y éste muy poco del que nada tiene. Estamos en un sálvese quien pueda ante una situación trágica que exigiría los máximos niveles de solidaridad entre todos los Estados de la Unión y entre todos los del mundo. Parece que no hayamos avanzado nada, que el coronavirus esté demostrando la verdadera cara de nuestras instituciones y la vaciedad de una unión que aparece ahora mismo como enemiga de los pueblos que sufren y defensora de los que de momento lo pasan mejor. El egoísmo delictivo de quienes teniendo mucho se niegan a pagar los impuestos que les corresponden y llevan sus ganancias a paraísos fiscales para luego dar vivas a la patria, es el mismo del que están haciendo gala Alemania, Holanda, Austria y Suecia, países menos castigados de momento que España y que Italia que ya nos sometieron al castigo y la humillación de intervenir nuestras economías en la pasada crisis obligándonos a aplicar medidas que no sólo iban contra el sentido común sino también contra la idea de una Europa Unida.

Ni Holanda, ni Alemania, ni Suecia tendrán a quien vender ni manera alguna de reconstruir sus economías si los demás no podemos hacerlo

A mediados de los años veinte los republicanos Carlos Esplá, Randolfo Pacciardi y Aurelio Natoli, todos exiliados en París, idearon un proyecto de unión europea que basándose en una progresiva integración económica terminase con la plena integración política en una Europa federal. En 1929, Arístide Briand, político republicano y socialista, pronunció un discurso en la Sociedad de Naciones en la que, bajo el auspicio de esa organización internacional, proponía algo muy similar a lo ideado por los tres republicanos antes citados. Briand, uno de los políticos más inteligentes y valiosos del siglo XX europeo, abogaba por el mismo proceso de unidad y aseguraba que ella no sería posible si no se trababan los lazos de cooperación y solidaridad integral entre los miembros integrantes: “Entre los pueblos que están geográficamente agrupados -decía Briand- debe existir un vínculo federal; estos pueblos deben tener la posibilidad de entrar en contacto, de discutir sus intereses, de adoptar resoluciones comunes, de establecer entre ellos un lazo de solidaridad, que les permita hacer frente a las circunstancias graves...”. Bien acogido en la Sociedad de Naciones, el proyecto de Briand, apoyado también por el alemán Stresemann, fue destruido por el ascenso del nazi-fascismo que abogaba, como ahora, por el nacionalismo, por el repliegue a las fronteras nacionales, por el desprecio hacia los que más apuros pasaban. Después de la Segunda Guerra Mundial que dejó a Europa bajo un inmensa riada de sangre y escombros, Monnet, Adenauer, De Gasperi y Schumann decidieron retomar las ideas de Briand y comenzaron a poner las primeras piedras de lo que luego sería la Comunidad y la Unión Europea, como un ideal, pero también como una forma de hacer frente a la influencia de la URSS y a las pretensiones de Estados Unidos. 

En la reunión extraordinaria de ayer del Consejo Europeo, el primer ministro de Holanda Wokpe Hoekstra, mirando hacia su electorado derechista, dijo, con toda la poca vergüenza y humanidad posibles, que habría que investigar a países como España que no tenían margen presupuestario para luchar contra el coronavirus pese a los años de crecimiento económico. Apoyado por Alemania y otros países del Norte, Wokpe, cuyo país fue uno de los que obligaron a España a los mayores recortes de su historia democrática con el beneplácito de nuestra derecha siempre dispuesta a diezmar los servicios públicos esenciales, se permitió insultar a un país que lleva más de doce años empobreciéndose debido a las políticas austericidas impuestas por su país, por Alemania y otros países ricos de la Unión. En su locura por captar el voto de los derechistas holandeses, Wokpe ha hecho un daño terrible a Europa, demostrando que no hay nada que hablar con dirigentes de países que ante una tragedia humana de estas proporciones continúan mirándose al ombligo y culpando a los del Sur de ser negligentes, torpes y derrochadores. Personajes como ese pulularon en Europa durante los años veinte y treinta del pasado siglo. Sabemos lo que su actitud mezquina y despreciable aportó a Europa: Su destrucción total. El Primer Ministro Portugués, Antonio Costa, le respondió llamándole repugnante, y me parece un calificativo leve.

España fue sometida a un proceso de desmantelamiento de sus servicios públicos vitales, pero aunque eso no hubiese pasado, tampoco habría estado en condiciones óptimas para afrontar esta crisis

Todos nos equivocamos al evaluar las consecuencias de la epidemia. Yo el primero en un artículo publicado el 26 de febrero, siempre he temido, y sigo temiéndolo, que el pánico se adueñe de los pueblos. Creo que casi nadie sabe con exactitud matemática como hacer frente a lo que nos está acuciando, pero que al menos en España se está haciendo todo lo humanamente posible teniendo en cuenta que los lazos de solidaridad de que hablaba Briand están totalmente destruidos desde la crisis de 2008. Desde ese año, España fue sometida a un proceso de desmantelamiento de sus servicios públicos vitales, pero aunque eso no hubiese pasado, tampoco habría estado en condiciones óptimas para afrontar esta crisis porque se desconoce casi todo sobre ella, porque tiene dos meses y medio de vida. Empero, cuando haya pasado, tendremos un paisaje crítico por la paralización de la economía  y por la insolidaridad manifiesta de países como Holanda, Alemania y Suecia, países que creen que se librarán de la batalla porque son más listos y saben hacer mejor las cosas. El virus no entiende de países ni de color de piel, terminará por afectarnos a todos por igual o de forma paracida. Y después, cuando pase la batalla, habrá que reconstruir lo destruido a la mayor celeridad si no queremos quedarnos como una sombra de lo que fuimos. Ni Holanda, ni Alemania, ni Suecia tendrán a quien vender ni manera alguna de reconstruir sus economías si los demás no podemos hacerlo. La implementación de un plan masivo de inversiones en toda la Unión, el blindaje absoluto de los servicios públicos frente a los buitres de la sanidad privada y la democratización de las decisiones de la Unión serán claves para que subsista. Si en momentos tan graves como el actual y como los que vendrán lo único que va hacer la Unión Europea es plantear nuevas políticas ultraliberales, más mano invisible, más salvajismo, esa unión habrá fracasado y tendremos que fundar otra sobre los principios que Briand expuso en 1930. Ahora mismo, de no cambiar, Europa se está suicidando y nos está dejando morir con la mayor indiferencia. Esa no es nuestra Europa, es la Europa de los miserables.

La Unión Europea agoniza