domingo 25.08.2019

Trump y su país, un peligro para la humanidad

Trump, que es un psicópata como lo fueron otros como Hitler, Franco, Pinochet, Mussolini, Petain o Nixón quiere un conflicto global

Cuando nací a la vida consciente, fue tarde porque no había demasiadas luces, se respiraba un ambiente contrario a los yanquis casi generalizado. Quienes empezábamos a ser de izquierdas, no queríamos al país que protegió a Franco desde 1946, impidiendo que el criminal fuese desalojado del poder, cosa que probablemente habría aceptado sin demasiada resistencia dado su comportamiento político servil con los poderosos y cruel con los que carecían de poder.

Pese a la intoxicación cinematógráfica que habíamos sufrido con las matanzas de apaches, mexicanos, japoneses, coreanos y rusos, algo había en muchos de nosotros que nos impelía a ir con Toro Sentado, Pancho Villa, Nube Roja, Emiliano Zapata o los soldados nipones que al final siempre eran machados por los íntrépidos marines. Luego llegó la guerra de Vietnam, y aquí se vio y se supo muy poco, que los vietnamitas eran comunistas y los gringos perpetraban matanzas como la de My Lai o echaban napalm sobre los arrozales y la selva para proteger a la civilización occidental. Además, sacaban unas fotografías de Ho Chi Minh tan sesgadas y manipuladas que parecía un hermano gemelo del malísimo Fuman-Chu, ese oriental que quería acabar con los blancos y odiaba todo lo que llegaba de Occidente y que siempre perdía porque un sagaz detective descubría sus ambiciosas y torpes conspiraciones. Ni con esas lograron llevarnos al huerto: Llegamos a sentir verdadera repugnancia por los yanquis y su séptimo de caballería, hacia esos machotes que mataban, mataban y nunca se cansaban de matar.

Aquello cambió. De pronto, en los años ochenta, después de que un Secretario de Estado, Alexander Haig, asegurase que el golpe de Estado de febrero de 1981 era un asunto interno de España y que su país no tenía nada que decir, entramos en un periodo de admiración, de adoración hacia los Estados Unidos del Norte de América. Felipe González acababa de decir que prefería morir asesinado en la Quinta Avenida a morir de aburrimiento en Moscú. Estados Unidos, que no ha tenido ni un solo año de paz en su historia, se había convertido en la sociedad perfecta, en el país a imitar, en el lugar ideal para mandar a los hijos a aprender el idioma del imperio o para ir de compras en vísperas de Navidad. Todavía no existían las selfis para dejar constancia, pero sí el ratón Mickey, Bob Hope, Ronald Reagan, John H. Kellogg, Ronald McDonald y Tiffany, un lugar delicioso donde se podía desayunar con diamantes y comprar unas baratijas para la familia y amigos. Era el culmen del sueño paleto, un país de patanes enamorado de las pistolas y los fusiles repetidores, en el que apenas nadie lee, no existe la seguridad social y la pena de muerte es apoyada por una amplísima mayoría de la población, eso sí, con un ordenador en una mano, y una biblia en la otra. ¡¡¡Fantástico!!!

Estados Unidos asesinó a casi cinco millones de personas en la guerra de Vietnam, además de provocar la huida de diez millones de refugiados. Cincuenta y siete mil soldados del Séptimo de Caballería murieron a miles de kilómetros de su tierra en una guerra en la que nunca debieron entrar. Pese a todo, a las diferencias abismales de víctimas, Estados Unidos fue derrotado y fue esa derrota la que creó una profunda crisis en el sentir colectivo de los yanquis, que jamás habían perdido una guerra. La literatura y el cine se han encargado hasta la extenuación de explicarnos el impacto de la derrota en la sociedad gringa, muy poco de las masacres y devastaciones perpetradas contra los vietnamitas, que no habían ido a Estados Unidos a hacer nada, que estaban en su casa, con sus arrozales, su cau lau y su hot pot.

Después, pese a nuestra ilimitada admiración, no han parado ni un solo día de matar, de destruir países, de arrasar ciudades. Desaparecida la URSS, Estados Unidos no podía vivir en paz, si se había ido una amenaza fantasma, era menester crear otra porque con un enemigo poderoso enfrente siempre se vive mejor. La democracia chilena fue destruida como aviso a los habitantes del patio trasero; los Balcanes desguazados con la complicidad de Alemania para que Europa supiese en qué podía quedar su ansiada unidad, pero no era suficiente. Estaban los países del petróleo, algunos de ellos como Irak, Libia, Argelia, Siria o Egipto, muy alejados del islamismo radical y con ciertas pretensiones de laicidad. No, imposible, el petróleo es un bien escaso y no se puede dejar en manos de enemigos. Nos contaron que Irak tenía el tercer ejército más poderoso de la tierra, que era un peligro para el mundo, que tenía armas de destrucción masiva y el único país que tenía esas armas era Estados Unidos, que dejó el país reducido a escombros y sembrado de miles de cadáveres de personas que jamás habían salido de su pueblo y ni siquiera pudieran ver los aviones desde los que les enviaban muerte. Luego vino Egipto, y allí volvieron a montar otra dictadura; Libia, donde ahora se comercia con esclavos como si estuviésemos en el siglo XIX, Yemen, aniquilado por el amigo saudí, y Siria, donde apenas queda una casa en pie ni una familia sin su cadáver. Hoy Venezuela e Irán, países con muchas deficiencias pero de los que nadie se habría preocupado de no tener combustibles fósiles y otras riquezas naturales, como nadie se preocupa de Mongolia o de Kenia, como no sea para ir a matar animales hermosísimos. Mañana, China...

Para provocar una guerra planetaria que nos bañe a todos de sangre sólo hace falta que un imbécil sea elegido por el pueblo para dirigir al ejercito más poderoso, al encargado de defender a las corporaciones más ricas y extendidas. No es cierto que dos no se pelean si uno no quiere, si uno quiere te hincha a hostias y te quedas con ellas, tu no has peleado, pero te han llenado la cara de bofetones y los ojos te han desaparecido del rostro. Trump, que es un psicópata como lo fueron otros como Hitler, Franco, Pinochet, Mussolini, Petain o Nixón -arrojó más bombas sobre Vietnam de las que se tiraron en toda la II Guerra Mundial- quiere un conflicto global. Sus asesores saben que el relevo hegemónico está a la vuelta de la esquina, que nadie va a poder parar a un país del 1400 millones de habitantes que está a punto de colocarse en los primeros lugares de la producción tecnológica mundial. Ya no venden baratijas, ahora están dando el gran salto, el que les llevará a convertirse en la primera potencia en todos los ámbitos. Todos los imperios han caído matando, pero eso era antes, ahora las guerras no se hacen con lanzas y flechas. El tonto, el loco y el estúpido que necesitaba Estados Unidos para poner fin a su periodo de dominio mundial, está en la Casa Blanca y está dispuesto a demostrar que no le importa nada ni nadie más que su bandera, que es capaz de mandar el globo a hacer puñetas con tal de que la banda de música del Pentágono siga pitando Barras y Estrellas del uno al otro confín. Trump, sus asesores y compinches nunca debieron nacer, menos tener ningún puesto de responsabilidad en ningún sitio, son seres sin evolucionar, sin empatía, incapaces de apreciar el dolor ajeno. El mundo civilizado, si se quiere salvar, debe prescindir de ellos ya, sin esperar a mañana.

Trump y su país, un peligro para la humanidad