jueves 9/12/21

Símbolos nacionales de un pasado rancio

La bandera y el himno que Franco utilizó durante su régimen siguen vigentes sin que nadie haya intentado buscar otros símbolos que coincidan con el sentir común.

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Cuarenta años después de que la Constitución fuese sancionada y aprobada en referéndum, la bandera y el himno que Franco utilizó durante su régimen siguen vigentes sin que nadie haya intentado buscar otros símbolos que coincidan con el sentir común

He de decir sin ningún reparo que no tengo la menor afición por banderas, himnos, desfiles, procesiones y demás liturgias casposas que se nos imponen como si fuesen parte de nuestro ser colectivo, cuando en realidad lo son de una casta o de una clase social que a su abrigo ha medrado y alcanzado cotas de poder y de riqueza que no habrían conseguido por mérito.

Tenía trece años y hacía un estupendo día de invierno con lluvia copiosa y frío. En el Instituto no había calefacción conocida, pero sí una magnífica asignatura que se llamaba Formación del Espíritu Nacional, una especie de bostezo interminable difícil de sobrellevar incluso para los más adictos y fieles. En eso, la instructora falangista abrió el debate sobre la grandeza de la bandera de España, la misma que la de ahora pero con un gusarapo en el centro. Harto de oír a aquella señora, salí de mi letargo y le espeté: A mí todas las banderas me parecen un trapo y no creo que nadie deba morir por un trozo de tela con colorines. Fin de la cita. La falangista entró en cólera, comenzó a vociferar y a insultarme, de tal manera que la dentadura postiza que llevaba pegada a ambas mandíbulas saltó por los aires envuelta en perdigones, salivazos y una ingente cantidad de líquidos bucales para mí tan desconocidos como poco atractivos. Repuestos los dientes y muelas en su lugar, retomó el brío y abandonó la clase para comunicar el incidente al director y jefe de estudios. Acto seguido fui expulsado sin que la sanción provocase en mi ánimo el menor cambio, aunque sí el consiguiente berrinche de mis padres al ser informados puntualmente por la falangista. No por nada, sino porque veían en ese acto y en ese tiempo algo que sólo podría traerme problemas. Por entonces era un honor que se nos imponía izar la bandera a los mejores alumnos, los sábados primero, los viernes después. Mientras subía lentamente por el mástil, los alumnos marcialmente formados en escuadra cantábamos el Cara al Sol, Montañas Nevadas o el glorioso himno que sigue vigente aunque carente de letra. ¡Qué sopor!

Al aprobarse la Constitución de 1978, gracias entre otras cosas al pragmatismo coyuntural del Partido Comunista de Santiago Carrillo, se incluyó la bandera roja y gualda como enseña nacional constitucional, aceptándose también que el himno que la dictadura había usado para todas sus crímenes continuase sirviendo para el periodo democrático como si nada hubiese pasado, como si bajo esa bandera y ese himno no hubiesen sido fusilados, torturados, lisiados, humillados, desaparecidos, exiliados y detenidos cientos de miles de personas. No fue un error en ese momento, tal vez no quedaba otra, aunque yo creo que sí. El error fue cuando después del “fallido” golpe de estado de febrero de 1981 no se tomaron las medidas necesarias para adecuar los símbolos nacionales a los nuevos tiempos, unos símbolos que desde luego tendrían que haber estado formados por elementos textiles y musicales que conciliasen la idiosincrasia de los distintos territorios y del lugar común.

Cuarenta años después de que la Constitución fuese sancionada y aprobada en referéndum, la bandera y el himno que Franco utilizó durante su régimen siguen vigentes sin que nadie haya intentado buscar otros símbolos que coincidan con el sentir común. La bandera actual tuvo su origen a finales del siglo XVIII cuando Carlos III, basándose en la bandera de la Marina, que a su vez había salido de la de Aragón, decidió que fuese la de la nación española, complementándola años después con la Marcha de Granaderos, marcha que se interpretaba en todos los actos en los que comparecía la Corona y que fue adoptaba como himno nacional por Isabel II. Según parece la tal marcha fue compuesta por Manuel Espinosa de los Monteros en 1761, pero no se descarta tampoco que fuese un regalo de Federico de Prusia a Carlos III, ni, como últimamente han descubierto los musicólogos Metiou y Paniagua, que se basase en composiciones árabes del siglo XI. Sea como fuere, es que tanto esa bandera como ese himno no sólo dejan fuera a personas como yo, que no creen en himnos ni en banderas, sino también a millones de personas que debido al uso criminal que hizo de ellas el franquismo, continúan viéndolas como  símbolo inequívoco de la represión y la uniformidad impuesta a sangre y fuego por aquel régimen.

Hace unas semanas -lamento no recordar ahora mismo su nombre- un asesor del Primer Ministro portugués Antonio Costa que es ferviente partidario de que España y Portugal caminen hacia la unidad, manifestó en una emisora de radio que los orígenes de las democracias de los dos países son completamente diferentes. Mientras en el caso de Portugal la democracia llegó tras una de las revoluciones más hermosas de la historia que barrió todos los vestigios de la dictadura salazarista, la española vino tras la muerte del dictador en la cama y un largo periodo de convulsiones y transacciones que terminó por dejar intacto al aparato y los grupos de poder de la dictadura, llegando al sarcasmo actual en que el mayor partido existente en el país es el franquista, partido que además nos gobierna desde una concepción tan singular de la democracia que se caracteriza por una corrupción sistémica sin responsables, comparecencias del Presidente por plasma, control del Poder Judicial, elaboración de leyes represivas de corte dictatorial como la “Ley Mordaza”, la reforma del Código Penal o la Ley de Enjuiciamiento y la apropiación patrimonial de los símbolos nacionales que establece la Constitución, de tal modo que esos símbolos no lo son de la nación o del Estado, sino de una casta, de una nomenclatura que incrustada en todos los centros de poder los utiliza como blasón de un modo terrible de entender la política basado en los más espurios intereses de clase, es decir, antipatrióticos, porque la patria no son las banderas ni los himnos, sino las personas que viven en un territorio en un momento dado, sus cuitas, sus necesidades, sus proyectos y sus esperanzas.

Si a esa manera torcida y aviesa de entender la “res publica” se suma que España es el resultado de al menos cuatro culturas e historias con diferencias y singularidades muy notables, a nadie le puede extrañar que con frecuencia tanto el himno como la bandera que protege la Constitución sean pitados y abucheados: Primero, porque a día de hoy no representan a una parte muy significativa del pueblo español que los ve como una pervivencia de un pasado cruel o como atributo de una clase social determinada que ejerce el poder en su beneficio propio; segundo, porque son vistos por otra parte también numerosa como emblemas de una uniformidad periclitada e inaceptable.

Salvo la bandera de Euskadi que fue un invento de los hermanos Arana basándose en la del Reino Unido, la de Madrid que es muy divertida o la de Murcia que es la de Murcia, el resto de banderas que impregnan al Estado plurinacional español son banderas de casas nobiliarias medievales. Quizá, haya llegado el momento, como quiso el general Prim tras el triunfo de la Gloriosa en 1868, de convocar un concurso público para ver qué bandera y qué himno tenemos, aunque seguro que, en cuanto a letra, ninguna superará a la del actual, que es ninguna.

Símbolos nacionales de un pasado rancio