jueves 05.12.2019

Semana Santa, semana de pasión

Los católicos llaman a estos días semana de pasión y para conmemorarla sacan a cientos de santos que invaden las calles durante horas, durante días.

Durante los años de mi infancia y adolescencia franquista ni un solo pueblo del Estado Nacional-Católico escapaba a esos días oscuros y tétricos en que el sol, luciese o no, parecía apagado a causa de una tragedia ocurrida hacía dos mil años, cuando un predicador con notable ascendencia sobre un sector de la población fue muerto por sentencia de la autoridad imperial. Recuerdo aquellos años con verdadero pavor, la cosa empezaba el domingo de Ramos, un día bastante alegre en el que había que estrenar algo, una rebeca, unos calcetines o un pantalón, muchas veces heredado del hermano mayor. Aquello tenía un pase, pero cuando llegaba el lunes parecía como si a todos se nos hubiese muerto un familiar muy querido, cubrían la televisión, que ya había llegado a la casa de mi abuelo, con un trapo negro, las mujeres se ponían velos y ayunaban, se comía mal, muy mal, cerraban los cines y no abrían los bares. Al caer la noche la mortecina luz de las farolas por donde pasaba la procesión se apagaban y decenas de hombres vestidos con cucuruchos como los penitentes condenados por la Inquisición portaban santos de palo ensangrentados –como gustaba llamarlos a Eugenio D’Ors- sobre tronos de oro rebosantes de claveles, gladiolos y lirios. Luego las vírgenes –la de las Angustias, la Soledad, la de los Siete Puñales, la Piedad, La Dolorosa- turbadas, llorosas, con una impresionante cara de pena, con capas bordadas en seda y oro, los mayordomos y las autoridades encabezando a las de la cera. La cosa iba in crescendo hasta llegar al jueves por la noche con la procesión del silencio en la que salía un crucificado al que llamaban, y llaman, el Santo Cristo de los Voluntarios porque la cofradía titular fue fundada por miembros de la División Azul que combatieron al lado de Hitler en Rusia. Desde chico me interesó mucho saber qué pensaría el condenado a crucifixión de esa alianza y de otras muchas cosas que habían perpetrado los vencedores y organizadores de aquel evento, de lo que ocurre hoy, del drama infinito de los refugiados, de la explotación, de los mercaderes del templo y de fuera de él, de la desigualdad, de los adoradores que festejan su muerte tres meses después de conmemorar su nacimiento, del uno y del trino. El pánico llegó al paroxismo un jueves en que después de la procesión vi la película El Séptimo Sello. No sé por qué, la mezcla de las imágenes de la pasión última de Jesús con los fotogramas de la magistral obra del Bergman ambientada en los años de la Gran Peste Negra produjeron en mi interior una sensación tan real de miedo que pasé, junto a mis hermanos, la noche en vela, metidos los tres en la misma cama y dándonos alientos los unos a los otros para acentuar la vigilia terrorífica. Años después pregunté a mis padres si era necesario que los niños viésemos esas cosas, me dijeron que no, pero era la costumbre.

Tengo que confesar que he sido y soy un ferviente admirador de muchas de las esculturas que se sacan esos días por las calles enlutadas de muchas ciudades, calles que hoy huelen a bacalao, calamares, boquerones, marisco y otras delicias antes vedadas, pero también se me ha ocurrido muchas veces pensar que habría sido de esos maravillosos artistas si en vez de dedicarse a esculpir en madera imágenes tétricas del Viejo y Nuevo Testamento, hubiesen podido hacerlo en mármol y sin la vigilancia de la Inquisición, con total libertad como lo hicieron Donatello, Gianbologna, Luca della Robbia o Ghiberti, hasta dónde habrían llegado Berruguete, Juan de Juni, Becerra, Montañés, Ordóñez y tantos otros si no hubiesen estado bajo la vigilancia castradora de la Iglesia Católica española. Dos ejemplos: El Sepulcro del Cardenal Tavera de Berruguete en el Hospital de Afuera de Toledo, los relieves de Bartolomé Ordóñez en el trascoro de la catedral de Barcelona. Y es al reflexionar sobre esa cuestión que me viene al entendimiento el inmenso daño que esa institución ha causado a través de los siglos al pueblo español, a sus intelectuales, a sus artistas, a sus investigadores, a sus siervos obligados a trabajar de sol a sol para pechar cantidades impresionantes para mayor gloria de la curia y de sus proyectos megalómanos de piedra tallada, inmensos palacios repletos de riquezas dedicados a Dios sobre la miseria de los hombres.

Ya sé, era un tiempo antiguo, un tiempo en el que el Estado y la Iglesia caminaban de la mano, en el que los hombres no eran tales sino siervos, súbditos o carne de cañón, un tiempo en el que cualquiera que quisiese hacer algo destacable, estudiar, escribir, esculpir, pintar, edificar, meditar tenía que pasar por las manos de los que se habían arrogado vía Roma el título de representantes de Dios en la tierra. Pero, ¿y este tiempo, sigue siendo aquel mismo tiempo? Miro las escuelas dónde se llevan a los niños, y en territorios como Madrid, Cataluña, Castilla y León y Valencia, más de la mitad, con fondos públicos, son adoctrinados en colegios regidos por frailes o monjas, ajenos, contrarios, a los principios básicos que deben regir en una democracia; observo las escuelas de negocios de dónde salen las élites que luego dirigirán empresas, ministerios y consellerías y como entonces la mayoría pertenecen al Opus, a los jesuitas o a otras empresas de la multinacional católica; me acerco al Registro de la Propiedad y compruebo que es la Iglesia Católica –aunque no pague un real al Fisco- la mayor propietaria de inmuebles del país después del Estado pero a poca distancia, que es esa Iglesia de los Pobres que apenas aporta nada a Cáritas, la que reúne bajo su manto la mayoría de los edificios monumentales y obras de arte del país aunque siga siendo el Estado quien se encarga de su restauración; leo el boletín del Estado, apartado de presupuestos, y con absoluta perplejidad, descubro que entre unas cosas y otras el Erario entrega a los católicos dos billones de las antiguas pesetas para que adoctrine a niños y jóvenes en principios antidemocráticos, en dogmas mágicos opuestos a la razón; miro los principales instrumentos de socialización del país, periódicos, televisiones, fiestas, festejos, acontecimientos deportivos, y en todos ellos, en sus cúpulas directivas, directa o indirectamente, está presente el catolicismo como si el tiempo no hubiese pasado, como si la sinrazón y la superstición fuesen nuestra norma vital. Si el Barça gana la Liga o la Copa de Europa, imposible festejarla sin llevar el trofeo a la Moreneta; si los toros corren detrás de los valientes mozos pamplonicas, imprescindible invocar a San Fermín, qué sería de Sevilla sin su Jesús del Gran Poder, sin su Macarena de Queipo de llano, qué de los que acuden a Almonte sin la Virgen del Rocío, que de las ateas fallas de Valencia si no estuviesen bajo la advocación de ese hombre paciente y bueno –el único santo al que se le conoce oficio- que fue José el carpintero, qué de Madrid y sus microfiestas sin ese santo poco dado al trabajo que fue Isidro el Labrador, y así hasta el infinito, hasta cubrir la última aldea de este país tan distinto en muchas cosas y tan igual en otras.

Los católicos llaman a estos días semana de pasión y para conmemorarla sacan a cientos de santos que invaden las calles durante horas, durante días, sin tener en cuenta que hay gente enferma, personas a la que ofende esa imaginería truculenta, gentes que necesitan descansar. Los poderes públicos limpian los recorridos de automóviles, ponen a sus servicio a las distintas policías e impiden la libre circulación de personas como si continuásemos viviendo en el siglo XVII, pero hoy la verdadera pasión, el verdadero drama no es ese –un vestigio tétrico del pasado- sino el que viven millones de personas que no tienen que llevar a su casa, que no saben qué hacer con sus vidas, que ignoran que será de ellos cuando vuelva a amanecer.  Sigan ustedes emocionándose con la cara ensangrentada de un Flagelado o de una Dolorosa, pero el dolor y la injusticia pasan por otras calles a la que nadie se asoma. Les siente bien. Algún día, este país dejará de ser católico y comenzará a ser.

Semana Santa, semana de pasión