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jueves 19/5/22

Un régimen que hiede: Mi derecho a decidir

Estado católico dónde los haya, España renació de sus cenizas tras el triunfo descomunal de Francisco Franco...

"Las leyes injustas son la telaraña a través de la cual pasan las moscas grandes y las más pequeñas quedan atrapadas."
Honorè de Balzac

Partiendo de los trabajos previos de Lamarck y Pander, en 1858 Darwin publicaba su celebérrimo y fundamental libro El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, asestando un durísimo golpe a las teorías creacionistas hasta entonces vigentes y abriendo el camino a la moderna biología. La adaptación al medio y la selección natural eran las dos premisas básicas en las que cimentaba su teoría después de décadas de investigaciones. Sin embargo, aquel paso de gigante dado por Darwin fue tergiversado al poco tiempo por filósofos como Spencer y Spengler, quines basándose en el propio Darwin sostenían, sin juzgar la bondad o maldad del medio, que entre los humanos quien mejor se adapta al medio es el más inteligente, el más válido y, por tanto, el más rico, el triunfador, justificando de ese modo el estado de postración de los inadaptados, incluso su eliminación física, lo que sirvió de argumento ideológico no sólo al nazi-fascismo sino también al capitalismo anglosajón. No obstante, Darwin había escrito lo siguiente: “Los miembros débiles de las naciones civilizadas van propagando su naturaleza, con grave detrimento de la especie humana, como fácilmente comprenderán los que se dedican a la cría de animales domésticos. Es incalculable la prontitud con que las razas domésticas degeneran cuando no se las cuida o se les cuida, y a excepción hecha del hombre, ninguno es tan ignorante que permita sacar crías a sus peores animales”. La monstruosidad nazi-fascista sucumbió tras haber causado decenas de millones de muertes, no así la capitalista que, basada primero en Calvino y después en una visión sesgada de los precursores del darwinismo social, sigue vigente en buena parte del mundo pese al dolor y la muerte que causa en silencio.

Estado católico dónde los haya, y por tanto ajeno al calvinismo social, España renació de sus cenizas tras el triunfo descomunal de Francisco Franco, los mlitares africanistas, la oligarquía financiero-industrial y el clero tramontano, estableciendo un Estado esencialmente enviciado en el que todas las concupiscencias y corrupciones no sólo eran legales, sino que formaban parte esencial del régimen. Sin tener mucha idea de las teorías de Spencer ni de Spengler, los nacional-católicos españoles –en la conformación del ideario actuaron al unísono personalidades de todos los territorios estatales: Gomá, Pla y Deniel, Bilbao, Lequerica, Suñer, Aunós- crearon su particular darwinismo social y lo aplicaron a rajatabla. Eran inadaptados, y por tanto débiles, quienes se habían opuesto con las armas, los libros o la palabra a la sublevación criminal, había que matarlos, torturarlos, exiliarlos o confinarlos en el silencio más absoluto; eran adaptados, y por ello lo mejor de la raza, quienes apoyaron la traición y se acomodaron después a las condiciones de vida putrefactas y hediondas establecidas, lo que, sin duda, les hacía merecedores de recompensas y triunfos sin límite.

En teoría, tan perverso régimen desaparecería tras los pactos de la transición y la promulgación de la Constitución de 1978 que establecía unas normas democráticas de convivencia adecuadas al momento, pero que haber sido reformada en los lustros posteriores para desposeerla de aquellos rasgos heredados de la dictadura. No fue así, y se dejó hacer y pasar. Ningún preboste franquista de los que amasaron enormes fortunas durante el régimen gracias al favor de Franco y sus muñidores fue desposeído de sus bienes tal como habría sido lógico al calor de los nuevos tiempos, antes al contrario, sus fortunas se multiplicaron por mil durante la democracia; ningún torturador castigado mientras se condecoraba a muchos de ellos por servicios a la democracia; ningún estafador puesto a buen recaudo, pero muchos elevados a la categoría de ministro; ningún asesino juzgado y condenado de acuerdo con los más elementales Derechos Humanos, más bien ensalzados cual hombres de bien que habían sabido sacrificar sus “principios” para abrazar los del nuevo régimen. Franco murió y fueron muriendo muchos de los que conformaron aquel régimen tremendo en el que todo se movía por la capacidad de adaptación al medio –es decir al nacional-catolicismo imperante- de los súbditos mientras cientos de miles de científicos, literatos, artistas y políticos de altísima talla, pero inadaptados, se repartieron por todo el orbe para dejar sus conocimientos y convicciones muy lejos de su patria.

Franco había muerto, sí, pero el franquismo, no. La transición, en tiempos en que todo parecía inseguro, les dio un balón de oxígeno al hacer tabla rasa de la memoria y de la justicia, del pasado y del futuro, y aquel balón de oxígeno de convirtió en nueva Covadonga desde la que volver a tomar, con más fuerza si cabe, posiciones de preeminencia económica, política y social que un día creyeron amenazadas. Al subsistir los hombres e involucrarse a la perfección en el régimen borbónico de 1978, subsistieron también los hábitos y la moral franquista, de modo que hoy, cuando vemos que la corrupción, el nepotismo, el abuso y la prevaricación institucionalizadas, no estamos asistiendo a nada nuevo, sino a la prolongación –vía transición intransitiva- de los modos y la carencia de escrúpulos y de cualquier noción de ética propios del franquismo. Tres cuartas partes de los miembros de los gobiernos de Aznar están imputados o implicados en asuntos que sublevan el ánimo de la persona más laxa; sobre el actual presidente del Gobierno y muchos de sus ministros y altos cargos, planean miles de sobres cargados con estampitas que buscan los coleccionistas como Moisés el maná del cielo; las distintas Administraciones han vuelto a ser lo que eran al ser transformadas en delegaciones de las grandes, y no tan grandes, corporaciones al acecho de privatizaciones, planes urbanísticos, externalicaciones y chancullos mil dirigidos a convertir lo Público en objeto de mercadería en detrimento del servicio que deben prestar a los ciudadanos y en beneficio de los poderosos y medradores que han sabido “adaptarse al medio”; ninguna institución, ninguna Administración escapa a las garras insaciables de quienes, herederos de lo antiguo y criminal, pretenden, y lo están consiguiendo, convertir a este Estado plurinacional en un cortijo sin soberanía ninguna, sin libertad, sin justicia, sin derechos y a merced de los piratas y bucaneros propios y extraños.

Rato, Blesa, Acebes, Aznar, Rajoy, Pujol, Suqué, Millet, Sarasola, Roldán, Conde, Naseiro, Pallerols, Prenafeta, Medina, Milagrosa, Botín, Amorós, Del Palacio, Gil, Zaplana, Fabra, Matas, Moral Santín, Urdangarín, Dívar, Blasco y tantos otros no hicieron nada extraño, sencillamente obraron del mismo modo que se hacía en el franquismo, siguiendo escrupulosamente su vigente manual de costumbres y modos, con la mayor naturalidad, sin ningún tipo de pudor, con una tranquilidad de conciencia sólo igualable a la de las piedras, con desparpajo, chulería y la soberbia que da saber que todo está atado y bien atado. Pues bien, ya que no se hizo en su momento –los primeros años de gobierno socialista habrían sido una ocasión excelente-, ha llegado el momento de cortar amarras, de romper amarras con ese pasado espurio, de borrar a toda esa gente del escenario, de independizarnos de una vez por todas de esa España castiza, cerril, palurda y putrefacta que hiede y amenaza con hundirnos a la mayoría en la más absoluta de las miserias. Yo también exijo mi derecho a decidir.

Un régimen que hiede: Mi derecho a decidir