lunes. 24.06.2024

Mariano Rajoy, el Dr. Pangloss y la nada

Uno de los personajes centrales de la insuperable novela Cándido, escrita por Voltaire en 1759, treinta años antes de la revolución francesa, es el Dr. Pangloss, personaje de un optimismo cerval...

Dudo que Mariano Rajoy haya leído el Cándido de Voltaire, mucho más que lo haya entendido puesto que en el Marca se publican cosas muchísimo más interesantes y provechosas, y no se pierde el tiempo con cuestiones tan triviales como vetustas.

Uno de los personajes centrales de la insuperable novela Cándido, escrita por Voltaire en 1759, treinta años antes de la revolución francesa, es el Dr. Pangloss, personaje de un optimismo cerval que defiende que su mundo, el mundo en el que el vive y en el que viven sus contemporáneos, es el mejor de los mundos posibles. De poco sirve la peste bubónica, la miseria, la esclavitud, los terremotos, huracanes y otros meteoros de incuestionable repercusión negativa para modificar su filosofía, Pangloss a cada desgracia responde con una monotemática relación causa efecto que termina por decirnos que todo lo que ocurre en el mundo sucede porque así tenía que ser. No habla Pangloss de Dios, sino de un orden determinado que propicia que las cosas acaezcan de una determinada manera sin que el hombre pueda hacer nada para modificarlas, predicando de ese modo una especie de resignación racionalista pero al mismo tiempo estúpida. Cuando su compañero de viaje Santiago “El Anabaptista” cae del barco en el que viajaban por la Bahía de Lisboa, Cándido, siguiendo sus naturales instintos humanos, se dispone a tirarse al mar para rescatarlo, sin embargo, poco antes de zambullirse en el agua es detenido por Pangloss, su maestro, con el argumento de que la Bahía de Lisboa estaba hecha para que Santiago “El anabaptista” se ahogase. En cierto modo la filosofía del Dr. Pangloss es una forma defenderse de la vida, una mezcla de cinismo y estoicismo extremo que persigue que ni los problemas personales ni los ajenos puedan modificar el sendero de nuestras vidas ni el de la naturaleza: Todo ocurre porque tiene que ocurrir.

La vida de Rajoy es bastante rutinaria y austera, días laborables del trabajo a la casa para disfrutar de la familia, del Marca y Telecinco, conversaciones necesarias con el confesor, misas y, ahora que empieza la temporada, alguna corrida de toros de relumbrón, de esas que le hace a uno encontrarse consigo mismo

Dudo que Mariano Rajoy haya leído el Cándido de Voltaire, mucho más que lo haya entendido puesto que en el Marca se publican cosas muchísimo más interesantes y provechosas, y no se pierde el tiempo con cuestiones tan triviales como vetustas. Pero lo que no se puede descartar en modo alguno es que por razones que escapan a mi corto entender, Rajoy se haya encarnado ante nosotros como un sui géneris Dr. Pangloss: Lo que me sucede a mí y a los míos, a las estirpes a las que pertenezco y a las clases que defiendo desde el mandato supremo del Gobierno de España, sucede porque así tenía que acaecer y es inamovible; lo que os sucede a vosotros, los que no pertenecéis a las estirpes ni a las clases que han detentado el poder desde la noche de los tiempos fuese cual fuese el régimen vigente, a los que habéis nacido en el sitio equivocado o pensáis de forma torcida, también, y tampoco se puede cambiar. De tal modo que la política, así como la vida, es un río que transcurre por un determinado cauce en el que nos viajan en lujos vapores, otros en barcos de andar por casa y la mayoría en balsas, agarrados a un tronco o nadando a pelo mientras un remolino o una avenida no los empotre contra la fin del mundo. Los del vapor lujoso no están ajenos a las enfermedades mortíferas, pero tienen buenos médicos, dineros para pagarlos y lugares de reposo adecuados, y además saben que sus ventajas perdurarán en el tiempo pase lo que pase. De los otros, los que navegan en barco herrumbroso sueñan con la posibilidad de subir al vapor mediante matrimonio o prestación incondicional de servicios múltiples por arriesgados y costosos que pudieran ser, mientras, los demás sólo piensan en subsistir aunque para ello tengan que pisar al que está en su misma condición. Un mundo perfecto en el que todo sucede porque así es la vida y no hay otra alternativa ni sería inteligente buscarla.

El panglossismo de que ha hecho gala Mariano Rajoy Brey en el debate sobre el Estado de su Facción nos muestra, por tanto, un país, el suyo, en el que la gente está eufórica por sus condiciones de vida, quienes no quieren no trabajan y quienes así lo desean lo hacen en el oficio o profesión para el que se han preparado, reciben sueldos o rentas que les posibilitan llevan una vida holgada, aunque de vez en cuando tengan algunas dificultades para llegar a fin de mes, pueden ir a comer con la familia al restaurante de moda de la localidad o al de la capital si las circunstancias o las apetencias así lo aconsejan, no hay problemas con la Educación o la Sanidad porque los especialistas más especializados del mundo están al alcance de sus carteras, la siesta es un dogma y la solidaridad que limpia las conciencias se pone de manifiesto cada fin de mes en el mercadillo que organiza la asociación de la buena gente a beneficio de El Arca de Noé, ONG dedicada a rescatar niños excluidos para hacerles pasar un buen día en el Parque de Atracciones con todos los gastos pagados, o bien llevarlos al Santiago Bernabéu a disfrutar del deporte rey. Por lo demás, su vida es bastante rutinaria y austera, días laborables del trabajo a la casa para disfrutar de la familia, del Marca y Telecinco, conversaciones necesarias con el confesor, misas y, ahora que empieza la temporada, alguna corrida de toros de relumbrón, de esas que le hace a uno encontrarse consigo mismo. Lo demás, no existe, o sí lo hace es porque así tiene que ser, de forma que no hay por qué darle vueltas a algo que no tiene vuelta de hoja, que es como la lluvia cuando llueve o la sequía cuando se ausenta el agua celeste.

Para el resto, sin embargo, para la inmensa mayoría que no ha sido capaz de construirse un panglossismo adaptado a sus circunstancias, la vida es otra cosa menos llevadera pero igualmente inmodificable. Si uno de cada cuatro niños pasa hambre y necesidad, si un tercio de los habitantes del país viven en la pobreza o la exclusión, si muchos de quienes trabajan durante muchas horas no juntan dinero para las necesidades básicas, si quienes tenían que representar al pueblo se representan sólo a ellos y a los suyos, si las listas de espera para operarse o cualquier otra contingencia matan, si las ayudas por dependencia llegan después de muertos, si quienes tienen que administrar roban a mansalva, si la cultura se ha evaporado de la vida cotidiana, si no hay dinero para lo vital y abunda para lo superficial, si se percibe y se siente que no hay futuro tal como vamos, es porque las condiciones sociales, ambientales, económicas y políticas así lo imponen y no queda otra que aceptarlo para quienes lo padecen o de obligar a que lo acepten quienes lo padecen por quienes no lo padecen e ignoran tal orden de cosas ya que no les afectan en modo alguno.

Luego están los utópicos, los engañados, los lunáticos, los puñeteros, los críticos, los inconformistas, los renegones, en fin, los idealistas, una minoría a extinguir empeñada en que el hombre, como ha hecho tantas veces contra viento y marea, puede modificar la realidad para hacerla más justa, más libre, más igualitaria, más fraternal y más llevadera a la inmensa mayoría. Pero esa, es otra historia.

Mariano Rajoy, el Dr. Pangloss y la nada