viernes 13.12.2019

Quim Torra o la melancolía agresiva

Llamar desde la derecha más rancia y católica de Catalunya a seguir la vía eslovena, además de dislate, es insultar a quienes son víctimas de las políticas ultraliberales de los nacionalistas, de todos los nacionalistas de España, de todos los degenerados que anteponen patrias y banderas al bienestar de la gente

Quim Torra no es una persona normal, es un hombre que tiene una misión que le trasciende y por la que estaría dispuesto a dar la vida. Hasta ahí, si es cierta esta suposición, nada que objetar, Torra puede hacer con su vida lo que apetezca, desde el ridículo más terrible y dañino hasta suicidarse, cosa perfectamente respetable y que está dentro de las atribuciones íntimas de que disponemos todos los seres humanos. Ahora, si fuese esta última su decisión al comprobar que su misión suprahistórica se aboca a la infinitud de la nada, ha de saber, seguro que lo sabe, que es muy posible que vaya al infierno y que allí se encuentre con un nutridísimo grupo de españoles y españolas que andarán todo el día cantándole coplas y aporreando las castañuelas mientras admiran un muletazo de Fran Rivera Ordóñez, por ejemplo, personaje de ideología con muchos puntos similares a la suya pero con otra bandera, otras intolerancias y otros himnos.

Sin embargo, a lo que no tiene ningún derecho el Molt Honorable Quim Torra es a decidir sobre la vida de los demás, cosa que viene haciendo a diario desde que ocupó la más alta magistratura de la nación catalana. Torra, como Fran Rivera, puede suicidarse, incluso participar en un suicidio colectivo en el que todos los partícipes lo hagan voluntariamente sin salpicar a nadie; puede para ello elegir la limpia guillotina, el truculento garrote vil, la cicuta, los barbitúricos o, incluso, cortarse las venas hacia arriba dentro de una bañera con agua caliente, en la seguridad de que serán pocos los que de verdad sientan la pérdida de una vida tan triste y fantasmagórica, de un devenir unívoco y monótono siempre ligado a la la multinacional católica, a las empresas de seguros suizos y a los sectores más retrógrados del nacionalismo catalán, del que viene viviendo desde hace bastantes años. Es cierto que Catalunya no conseguirá la independencia por la vía pacífica, pero no es menos verdad que tampoco lo hará por la vía eslovena. La diferencia entre las dos opciones, es que la primera terminará, más bien temprano que tarde, por crear en un sector de la población catalana y española una frustración de tal profundidad y extensión que se alargará en el tiempo durante décadas, pudiendo generar actos violentos de determinados grupos que se sientan engañados y estafados oníricamente; la segunda es directamente una incitación a la violencia, a la insurrección armada de una parte de la población contra el Estado Español para liberarse de los yugos y cadenas que tienen sojuzgada a la nación catalana desde los tiempos de los Reyes Católicos o quién sabe si desde que en 1135 Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y cuñado, rindió vasallaje a Alfonso VII de León cuando fue coronado Imperator Totius Hispaniae. Sea como fuere, cuando un político, sea el que fuere, incita a su pueblo a levantarse en armas, es decir, a matar a personas que no le han hecho absolutamente nada, está acabado como político y como persona, pues ha descendido al escalón más bajo de los anillos del Dante en su visita al averno. Hablar de derramar sangre, de quitar vidas, de causar daños físicos a semejantes -aunque él y otros como él no consideren así a los que piensan de otra manera a la suya o son de tierras incultas- de ningún modo puede considerarse una estrategia política pese que a principios del siglo XIX el militar prusiano Carl Von Clausewitz afirmase que “la guerra no era más que la continuación de la política con otros medios”, teoría que se puso en práctica en Europa durante ese siglo y el siguiente con él éxito de sangre de todos conocido.

No es quien Torra, ni nadie, absolutamente nadie, para invitar a morir por la patria ni por nada, sólo la locura, el ensimismamiento, la carencia absoluta de empatía, la pretendida envergadura inmarcesible de la misión a cumplir, la idiotez y la melancolía agresiva pueden estar detrás de invitación de tal gravedad y desatino. Los terribles recortes llevados a cabo desde que Artur Mas presidió la Generalitat, llenaron de sufrimiento y dolor muchos barrios de Barcelona, notándose a simple vista un deterioro de las condiciones de vida de multitud de ciudadanos muy similar al del resto de España; las privatizaciones de hospitales, escuelas, universidades y servicios sociales no han hecho sino rebajar aún más esa situación sin que ningún político de la Generalitat haya asumido la parte de responsabilidad que tienen. Llamar desde la derecha más rancia y católica de Catalunya a seguir la vía eslovena, además de dislate, es insultar a quienes son víctimas de las políticas ultraliberales de los nacionalistas, de todos los nacionalistas de España, de todos los degenerados que anteponen patrias y banderas al bienestar de la gente.

Quim Torra, obsesionado con el recuerdo de los Jocs Florals, empeñado en la recuperación de aquellas personas devotas que en la Renaixença hicieron posible la celebración del homenaje a Casanova cada 11 de septiembre, entusiasmado con el recuerdo de Dencàs y los hermanos Badía, enamorado de los textos de Cardona, Antoni de Bofarull, Pablo Piferrer, el obispo Torras y Bages y Josep Coroléu, estudió en los jesuitas de Sarriá, y eso, en las personalidades melancólicas, imprime carácter para toda la vida tanto en Catalunya como en Bélgica o Extremadura.

Incapaz para el diálogo y la transacción, renuente a asimilar cualquier idea que no haya salido de su propia cosecha, absorto en las glorias pasadas mancilladas por los extraños que abandonaron por capricho su tierra para ocupar la catalana sin otro propósito que destruirla, Torra acudió a la Moncloa para hablar de con Pedro Sánchez de Antonio Machado y Guiomar. Debió de costarle, es justo decirlo, porque Madrid -ciudad que fue capital de uno de los más grandes imperios conocidos pero que parece un pueblo porque ninguno de esos reyes dedicó un segundo a construir una ciudad monumental como las capitales del resto de Europa- no es lugar para un hombre como él, aunque sí lo fue para Antonio Machado, hombre taciturno, esencialmente bueno, universal, también melancólico que “desdeñaba las romanzas de los tenores huecos”, pero con una fuerza sobrenatural para describir la grandeza y las miserias del ser humano. Nada salió de aquella plática, unas cuantas fotos y cada cual a su castillo, aun a sabiendas que de la falta de acuerdos concretos que propiciasen la aprobación de los presupuestos y la estabilidad del Gobierno Sánchez pudiese salir otro Gobierno central apoyado en tres partidos de extrema derecha centralista. Claro, ya se sabe, cuanto peor, mejor para la vía eslovena.

Empero, aunque parece que Torra vuelve a pedir diálogo tras las cartas recibidas desde Madrid, sus argumentos no se modificarán jamás porque ni siquiera eso depende de él, sino de Dios, que como ya sabemos ilumina a los tres grandes dirigentes del Procès, Junqueras, Puigdemont y Torra, pero también a Abascal, Casado y falangito, lo que sin duda traerá problemas en las alturas.

Todo lo que está sucediendo en Catalunya no habría sido posible si existiese -como siempre lo hubo- un movimiento obrero organizado y potente. Por primera vez en ciento cincuenta años, el nacionalismo y el independentismo no tienen oposición porque la globalización se ha llevado por delante al sentimiento de clase, lo que no es responsabilidad absoluta de los nacionalistas, sino sobre todo de una izquierda que terminó por dejar en segundo término los intereses de los trabajadores y de los explotados, para ponerse al lado de las banderas mientras el capital aunaba fuerzas a nivel planetario. Esa traición, que tantísimo daño a hecho a los partidos de izquierda de España y de Europa, hasta el punto de llevarlos en muchos países a posiciones residuales, ha provocado que en Catalunya apenas se haya protestado de verdad contra las políticas neoconservadoras que propugnan la privatización de todo y la desigualdad más grande conocida en los últimos cincuenta años, eso también es la causa de que un personaje como Quim Torra pueda hablar, sin inmutarse, de la vía eslovena. Es la melancolía agresiva sustancial. Entre tanto, ¿dejamos los problemas reales de la gente para que juegue la extrema derecha trincona o nos hacemos mayores de una puta vez?

Quim Torra o la melancolía agresiva