viernes 10.07.2020

El problema de España y de Europa se llama Venezuela

Ni Europa ni España tienen problemas graves que atender, de ahí que periódicamente, sobre todo entre nosotros, surja como un vendaval la cuestión venezolana como si fuese algo crucial para nuestro futuro. Ningún otro país del mundo ocupa tantas páginas de periódicos ni tantas horas de informativos audiovisuales. Venezuela es el corazón del mundo, la mayor amenaza que tiene la civilización judeo-cristiana, el lugar donde conviven alegremente Lucifer, Belcebú, Belfegor, Beliel y Leviatán, conspirando para imponer un régimen satánico-comunista en todo el planeta mediante la acción no ya de una fuerza militar de la que carecen, sino de los millones de ángeles caídos que formas las huestes del ejército infernal unidas para la ocasión.

Israel, estado teocrático, lleva décadas asesinando masivamente a ciudadanos palestinos, impidiendo que entren en Gaza y Cisjordania alimentos y material sanitario básico, bombardeando posiciones civiles, torturando a mansalva, destruyendo una tierra que ocupó con el beneplácito de la comunidad internacional, desoyendo todas las recomendaciones de Naciones Unidas y negándose a la creación de dos Estados que puedan convivir en paz. A nadie se le escapa que los dirigentes judíos no quieren convivir, sino dominar y hacer desaparecer al pueblo palestino. Ante tanta atrocidad, no existen quejas de España ni de la Unión Europea que como en tantos otros aspectos se pliegan a lo que manda el enemigo americano. No sucede nada tampoco en Arabia ni en los Emiratos Árabes, donde la mujer es considerada poco menos que nada por la ley. Sometida al macho y a su servicio según su particular interpretación de la ley coránica, las mujeres son seres invisibles carentes de autonomía y de libertad, pisoteadas cotidianamente sin que nadie alce la voz para impedir que esos estados medievales sigan actuando con absoluta crueldad contra la mitad de la población. No tienen derechos, ni posibilidad de ser ellas mismas, como tampoco los tienen los cientos de miles de inmigrantes africanos y asiáticos que trabajan en la construcción, las fábricas o la agricultura. Parias de la tierra, machacados por los dirigentes feudales que manejas miles de millones de euros, España y Europa callan porque son amigos fieles, porque somos familia, porque viven en nuestras ciudades y llenan las cuentas de nuestros bancos. Nada sucede tampco en Iraq, Siria o Libia, estados que habían alcanzado ciertos niveles de laicidad, que no eran teocracias y que bombardeamos hasta entregarlos al clero y al caos provocando una de las mayores estampidas migratorias de la historia reciente. No pasa nada, son pobres y están condenados al sufrimiento eterno por el Código de Hammurabi, la Biblia y los inmensos pozos de petróleo que hay bajo sus pies. ¿Que les hemos destruido sus casas, sus cultivos, sus vidas? ¿Qué ahora todas las mujeres visten de negro y con la cara tapada, que emigran hacia Europa buscando lo que Europa y Estados Unidos les han quitado? No es responsabilidad nuestra, que hubiesen nacido en otra parte.

Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, también las mayores de coltán, ese mineral imprescindible para móviles, ordenadores y televisores “inteligentes”, posee unas reservas inmensas de oro, diamantes, bauxita, gas natural, fosfatos y manganeso. Hay alguien que quiere hacerse con el botín y asegurarse de ese modo suministros para varias décadas

No hay ningún problema tampoco en Chile, laboratorio en el que Estados Unidos dio un golpe de Estado, asesino a su presidente legítimo e instauró una sanguinaria dictadura para imponer el primer régimen neocon de la historia y exportarlo después al resto del planeta. No pasa nada si no hay sanidad pública, si a la educación acceden sólo los ricos, si los ríos, el agua, las minas y los bosques son propiedad privada nacional y yanqui, nada tampoco si los pensionistas tienen que seguir trabajando porque la pensión privada no les da ni para pagar la luz, menos si en las recientes protestas contra el Gobierno Piñera la policía y el ejército matan y hieren de gravedad a cientos de personas que se manifestaban pacíficamente contra un gobierno heredero de Pinochet, otro gran amigo de Occidente. Y qué decir de Bolivia, donde han dado un golpe de Estado para acabar con un gobierno que estaba devolviendo la dignidad a los pueblos indígenas y recuperando las riquezas nacionales para la nación. No nos preocupa lo más mínimo, como tampoco ocupan ni una página de los diarios occidentales, las matanzas de campesinos que se perpetran periódicamente en Colombia, principal país productor de la cocaína que se meten por la nariz los norteamericanos. Ni en México, donde la vida no vale nada, tan lejos de Dios y tan cerca de Norteamérica como decía Carlos Fuentes. Más de sesenta mil asesinatos anuales, la mayoría debida también el tráfico de cocaína que tanto gusta a los gringos, amenazados constantemente por el poderoso vecino del Norte que no contento con haberles robado casi tres millones de kilómetros cuadrados sigue soñando con hacerlos desaparecer del mapa y volver a apropiarse del petróleo que les expropió Lázaro Cárdenas.

No, evidentemente el problema es una nación hermana con poco menos de treinta millones de habitantes y el doble de la superficie de España. Un país que ha estado siempre controlado por una oligarquía funesta y antipatriota al servicio de Estados Unidos, país al que llevan años entregando todas sus riquezas a cambio de protección. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, también las mayores de coltán, ese mineral imprescindible para móviles, ordenadores y televisores “inteligentes”, posee unas reservas inmensas de oro, diamantes, bauxita, gas natural, fosfatos y manganeso. Hay alguien que quiere hacerse con el botín y asegurarse de ese modo suministros para varias décadas, retrasando de ese modo la inevitable sustitución de las energías fósiles que exige la Naturaleza. El Gobierno venezolano ha cometido muchas torpezas aunque todas las elecciones se han hecho con observadores internacionales que han certificado la limpieza de los comicios. Sin duda, la mayor de ellas ha sido tener bajo su suelo una de las mayores reservas mundiales de combustibles y minerales necesarios para la revolución tecnológica que amenaza con llevarnos a la mayor involución de la historia. A nadie importaría un bledo lo que sucede en Venezuela si careciese de ese tesoro. 

Bailarle el agua a un personaje tan flaco y servil como Juan Guaidó, el autoproclamado, demuestra el peso insignificante de España y de la Unión Europea en la política internacional, un peso elegido voluntariamente por no saber hacer valer que Europa es, todavía, la principal economía del planeta, el mercado que más compra, aunque será por poco tiempo si no opta por definir claramente una vía distinta a la que se diseña desde la Casa Blanca, el Pentágono y Wall Street.

El problema de España y de Europa se llama Venezuela