viernes 10.07.2020

Pitito Pichili cogió su perol

Nacido a las siete de la tarde del día primero de abril de 1949 -diez años de paz- Álvaro Pitito Pichili, tal como consta en el Registro Civil, fue conocido desde su más tierna infancia como Pititito por sus progenitores y amigos. Creció en un ambiente sano y serio. Criado por una niñera filipina con excelentes referencias, sus padres, generalmente la madre, se despedían de él todos los días a las ocho de la tarde después de comprobar que había cenado correctamente y orado como Dios manda. Muy mono al decir de familiares y vecinos, su vida fue programada desde el primer día para  que en el futuro pudiese llevar sin menoscabo los apellidos familiares que tanta gloria habían dado a España. 

Conocedor de las gestas de aquellos que derrotaron a la hidra masónico-comunista gracias a las enseñanzas de la instructora que le atendió durante los primeros años de vida, pronto supo apreciar la grandeza del Caudillo al contemplar el Valle de los Caídos en aquellas divertidísimas excursiones familiares que terminaban con una opípara merendola en Miraflores o Cercedilla. Alumno un tanto revoltoso del Colegio Calasancio de la calle Porlier, dirigido con eficacia jesuitica por los frailes escolapios, terminó el bachillerato en el Buen Consejo, colegio que los Padres Agustinos tenían por la zona de Reina Victoria y que gozaba de un merecido prestigio. Entre tanto, los veranos alternaban entre la casa de la Sierra y las playas de Alicante y Santander, sin olvidar el mes de campamento en uno de los muchos lugares de recreo y formación física y espiritual de que disponía la Organización Juvenil Española en todo el país. 

En casa sólo entraban Ya y ABC, periódicos preñados de magníficos escritores y periodistas que deleitaban con su pluma a los mayores y sirvieron a Pititito para saber lo bien que iba todo en España y lo mal que estaban las cosas fuera de nuestras fronteras. Alguna vez se colaban El Alcázar o Arriba, pero el carácter moderado de su padre no comulgaba demasiado con ellos. Pasó el tiempo, Pititito se hizo mayor y quiso estudiar una carrera de provecho que gustase a su familia. Aconsejado por un pariente catedrático de la Escuela Superior de Ingenieros Navales -única existente en España pese a que Madrid no tiene mar, cosa, por otro lado, insignificante-, Pititito inició los estudios superiores dedicando mucho más tiempo a la tuna que a peritarse en Física y Mecánica. Nada pudo hacer el tito debido a la negativa del chaval, empeñado en llevar una vida licenciosa que, en cierto modo, era bien vista por su progenitor, con cierta admiración. Tiempo tendría de enderezar sus pasos. Y así fue, años después, sin demasiadas ganas, comenzó la carrera de Leyes en la Fundación CEU San Pablo administrada por la Asociación Católica de Propagandistas que tanto debe al padre Ayala y al cardenal Herrera Oria. 

Al cabo de unos años, sin demasiado esfuerzo pero sin pausa, Pititito obtuvo la Licenciatura en Derecho y pasó a trabajar en el bufete de unos amigos de la familia especializado en llevar asuntos del Instituto Nacional de Industria, en cuyo consejo de dirección terminaría antes de cumplir los cuarenta años. 

Casado con Cuca, una chica del barrio a la que conoció un verano en la Playa del Sardinero, montó casa con doble puerta, una para ellos, otra para el servicio, aunque ya no entraban mujeres procedentes de Filipinas, sino de Santo Domingo o Colombia, siempre con magníficas referencias documentadas por personas de moral irreprochable. Pititito y su familia aceptaron la democracia de mala gana y durante años siguieron acudiendo a las manifestaciones de la Plaza de Oriente con loden, que después sustituirían por el chaleco azul marino o verde pescador que hoy tanto nos gusta. Suscritos al ABC desde su fundación, Pititio la canceló cuando el periódico pasó a pertenecer al grupo Vocento. Creía que era muy moderado y que había traicionado los principios que lo habían consagrado entre los de su clase. Fue entonces cuando, al calor de los nuevos tiempos, decidió entregarse con fruición a la lectura de El Mundo, Libertad Digital y, con el tiempo, OKDiario. Del mismo modo que su familia había adorado a César González Ruano, Luis de Galinsoga y Manuel Aznar, Pititio confió el cuidado de sus entrañas a Pedro J., Jiménez Losantos, Alfonso Rojo y Eduardo Inda, representantes del periodismo más veraz y responsable. 

La transformación del INI en el SEPI no tuvo consecuencias para su vida. Continuó trabajando en Hispasat sin que eso le impidiera ser llamado por la Universidad Juan Carlos I para dirigir un Máster propio sobre Nuevas Tecnologías ni asesorar a diversos gobiernos de la Comunidad de Madrid en cuestiones sanitarias y educativas. 

La vida iba sobre ruedas, una casa espléndida en Madrid, otra en la sierra, otra en la costa donde asiduamente se reunía toda la familia, una SICAV, los siete hijos estupendamente colocados, operaciones bursátiles a corto gracias a la información de amistades, en fin, no se podía pedir más. Para colmo de felicidad, Cuca, su esposa, de acuerdo con los padres Escolapios, había fundado un rastrillo para ayudar a los más pobres y uno de cada dos domingos hacían entrega a los necesitados de su generosidad rodeada de los aplausos y la admiración de todos.

Sin embargo no hay bien que cien años dure y la elección de Zapatero como Presidente del Gobierno traería consigo un desasosiego no vivido desde el fracaso del golpe de Estado de 1981. Las leyes que reconocieron el matrimonio entre personas del mismo sexo, la que pretendía ayudar a los dependientes pobres, la ampliación de la ley del aborto, la posible subida de impuestos, la modificación de la ley del suelo y la reforma del Estatuto de Cataluña le depararían un nivel de malestar tan extremo que por primera vez en su vida decidió emplearse en el activismo político participando entusiasmado en las protestas contra el Estatuto, los homosexuales, el aborto, los dependientes, los impuestos y cuantas decisiones supusiesen ampliar derechos y poner en cuestión los suyos. 

El colmo llegó cuando a principios de marzo de este año comenzó a extenderse una epidemia desconocida a nivel mundial. No importaba nada que el Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, Suecia, Holanda y Estados Unidos estuviesen pasando por una crisis tan aguda como la española, con el mismo dolor, con las mismas carencias, con iguales contradicciones, aciertos y errores, lo único importante ahora era la libertad de España vapuleada otra vez por la hidra social-comunista apoyada desde el exterior por Irán, Venezuela, Cuba y San Marino. Sólo imaginar en la posibilidad de que los daños económicos y sociales ocasionados por la crisis tuviesen que ser sufragados por todos de acuerdo con sus ingresos y patrimonio, le hacía enloquecer. Perdió el sueño, dejó de jugar al golf, incluso de vez en cuando se le vio aparecer por el SEPI, lo que sin duda alarmó a sus vecinos. Fue entonces, y sólo entonces, cuando preguntó a Margarita Eugenia qué era una cacerola. Enterado, salió a la calle con un cucharón y se dedicó a golpearla sin descanso, esperando la llegada del Salvador. Aquello era una fiesta, sobre todo cuando se supo que un comandante de la Guardia Civil había emitido un informe, que contenía muchas opiniones de OK Diario, sobre la incidencia de las manifestaciones del 8 de marzo en la expansión de la pandemia. Comenzó de nuevo a ser feliz.

Pitito Pichili cogió su perol