miércoles 25/11/20

El Partido Popular quiere la independencia de Madrid

Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

Miguel Hernández.


Sería imposible en el Madrid que conocí y viví durante años, impensable, inimaginable pese a los miles de fascistas y nostálgicos que cada veinte de noviembre convertían la ciudad en una charca inmunda brazo en alto, camisa azul en ristre, dispuestos a apalear a cualquier sospechoso de no comulgar con la bestia; sería inconcebible en aquel poblachón castellano compuesto por decenas de pueblos, simpático, abierto, tolerante, inquieto, curioso, vividor, solidario, generoso, que a alguien se le hubiese ocurrido eliminar unos versos de Miguel Hernández -que nos lo arrebataron hace ochenta años- de un Memorial dedicado a las víctimas de la guerra y la posguerra. Sería tachado de locura eliminar a martillazos la escultura que recordaba a Largo Caballero en la Plaza de Chamberí. Sería monstruoso que la mayoría de los madrileños hubiesen dejado de preguntarse por qué otro de los poetas que más la amó está enterrado en Colliure, por qué Manuel Azaña, que tanto adoraba sus calles, cafés y museos, yace en Montauban. Sería terrible que, alguna vez volviesen al poder en aquella tierra quienes hablan de los unos y los otros pero siempre están al lado de los unos, quienes consideran que Azaña y Queipo de Llano son las dos caras de la misma moneda, que Miguel Hernández y Manuel Aznar nos han dado lo mismo, que Pérez Reverte nos ilustra más que Julián Casanova o Ángel Viñas, que Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez Almeida hablasen por boca del pueblo que tanto sufrió en los años de sangre, derramando abnegación y grandeza en cuanto pudo levantarse para luchar contra la tiranía, para repartir alegría, libertad, creatividad y entusiasmo.

Sería espantoso que regresasen furiosos, sin haberse ido nunca, quienes creen que unos muertos tienen derecho a ser enterrados como Dios manda y otros ni siquiera a ser muertos, a vagar eternamente, perdida la memoria de familiares y amigos, por las impenetrables cunetas y tapias donde yace el olvido. Sería lamentable, hiriente, vergonzoso, soez, insufrible, que pasados tantos años de silencio no se pudiese enterrar a los muertos pero si caminar sobre ellos, que dar sepultura a quienes yacen en fosas fuese abrir heridas y no cerrarlas, que maldecir a torturadores y golpistas fuese atentar contra el espíritu de la Transición, que criticar al rey que se ha ido porque así lo ha decidido su inviolable persona tras conocerse lo que muchos intuían, atente contra la democracia, que la democracia amparase a sinvergüenzas, corruptos, antipatriotas y enemigos del interés general para ensalzarlos como héroes dignos de la más bella de las estatuas. Sería aterrador que Isabel Díaz Ayuso, community manager del perro de Esperanza Aguirre, tuviese algún día que ser la máxima responsable de la Salud Pública de los madrileños y, por tanto, de la mayoría de los españoles.

Pues bien, por horrendo que parezca aunque la mayoría de los medios y de la oposición sigan haciendo la vista gorda cuando no alabando a la mencionada señora, Madrid a estas horas todavía sigue bajo el gobierno de Ayuso, también de Almeida. No es pesadilla ni imaginación desbocada de mutante bajo el influjo del éter. Tampoco una condena emitida por tribunal de un exoplaneta desconocido pero de cumplimiento innegociable, ni una condición inexorable del destino, ni una devolución karmática, es así porque así lo decidieron y deciden la mayoría de los diputados de la Asamblea de la Comunidad, encabezados por Ignacio Aguado, personaje que se declara una y otra vez contrariado por las decisiones lunáticas de su Presidenta pero que no duda en apoyarlas con los votos de su grupo tantas veces como sea necesario.

En Madrid gobierna una niñata corta de luces pero de una crueldad insaciable. Si por edad fuese una niña, bastaría con hablar con ella, hacerle ver lo dañino de su actitud o, en último caso, dejarla sin recreo unos cuantos días. Resulta que por edad no es niña y eso ya no se puede hacer. Quien se ha formado en las faldas de la condesa consorte de Murillo y de su perro, tiene muy claro que Madrid, su Madrid pijo y antipático, aldeano y ridículo, desigual como nunca lo ha sido en los últimos cuarenta años, lleno de banderas gigantescas y de pobres a los que suministra pizzas y comida basura a ver si revientan de una vez, quiere ser independiente, formar una monarquía feudal con sus aristócratas, caballeros, mantenedores, chambelanes, aposentadores, consejeros, asesores, veedores, oidores, gentilhombres, alcabaleros, amanuenses, cortesanos y arrimados de distinto tipo. 

En cada resolución gubernamental, Isabel Díaz-Ayuso hace una declaración unilateral de independencia y está pidiendo a gritos que le apliquen el artículo 155 de la Constitución

Su desgobierno nada tiene que ver en estas horas duras con el que desempeñan otras personas de su partido, ella va por libre pensando en que el día de mañana la economía seguirá funcionando con cadáveres y tullidos. Como monárquica que es, también ella es irresponsable y nada tiene que ver lo que diga para hacer lo contrario, nada lo que demande hoy para pedir al día siguiente justo lo opuesto. Isabel Díaz Ayuso, que apenas sabe explicar que es arriba y abajo o la diferencia que hay entre lo justo y lo injusto, que cada vez que habla sin papel demuestra hasta donde es capaz de razonar, en cada resolución gubernamental hace una declaración unilateral de independencia y está pidiendo a gritos que le apliquen el artículo 155 de la Constitución. Es lo que espera para lanzar a las huestes de irresponsables privilegiados que le siguen para armar un dos de mayo grotesco al que se sume el descontento creciente, todos bajo la batuta de Miguel Ángel Rodríguez, personaje histriónico que llegado el momento depositará la corona del nuevo Estado en las cabezas siempre lúcidas de José María Aznar y Esperanza Aguire, tanto monta, monta tanto.

Isabel Díaz Ayuso, que no tiene el menor relieve personal ni político pero dirige la Comunidad con más densidad de población de España, es un peligro público. Ajena a la defensa del interés general a que obliga la Democracia, obedece a sus progenitores y está dispuesta a todo con tal de que después, en el silencio de la tramoya, le pasen la mano por el hombro y le den una chocolatina. España no puede por más tiempo soportar tal grado de delirio. Está jugando con el porvenir de todos.

El Partido Popular quiere la independencia de Madrid