viernes 6/8/21

Parque central de Alicante-Renfe: ejemplo de despilfarro, irracionalidad e ineficacia

alicante

A la inauguración, acudió el registrador de la propiedad de la villa de Santa Pola M. Rajoy con un fortísimo cordón policial, mientras miles de personas reunidas en torno al edificio ferroviario entonaban cantos a su familia y a la organización que dirigía, terminando los actos con una batalla campal a cargo de los señores del palo y tentetieso

Cuando en 1857 la reina Isabel II -esa que tan bien describen los hermanos Bécquer en Los Borbones en pelota- viajó a Alicante para inaugurar el ferrocarril, la ciudad tenía unos cuarenta mil habitantes que se apiñaban en torno a los barrios que rodeaban el Castillo de Santa Bárbara. Por aquel entonces, los turistas no habían aparecido y la ciudad vivía del comercio, la actividad portuaria y la exportación de vinos. La estación de tren, situada a unos cientos de metros del casco urbano, tuvo un diseño vanguardista que el tiempo se encargó de modificar hasta convertirla en una especie de edificio anejo de El Corte Inglés. A partir de ese momento, el desarrollo urbano de la ciudad estaría marcado por el mar, como siempre había sido, y por las vías del tren, condicionando la creación de nuevos barrios incomunicados a un lado y otro de la misma. Con el paso del tiempo esos barrios se fueron haciendo realidad, sobre todo al calor del desarrollismo franquista, sin ningún control ni diseño, sin los servicios que se exigían en los países europeos de nuestro entorno, infraviviendas amontonadas en calles estrechas con aceras por las que apenas podían pasar dos personas a la vez. Partida la ciudad desde el centro a la periferia por las infraestructuras ferroviarias y las cercas que las protegían, Alicante fue creciendo a derecha e izquierda de las vías con un solo paso a nivel en más de cuatro kilómetros, Barrios apenas separados por trescientos metros de vías imposibles de cruzar que crecieron aislados como si de ciudades diferentes se trataran. Algo parecido a lo que hoy intentan evitar los vecinos de Murcia al reclamar, con enorme tenacidad y valentía, algo tan elemental como que la llegada del AVE no sirva para dividir la ciudad en dos, para incomunicarla y crear guetos.

Desde la llegada del ferrocarril a Alicante han pasado ciento sesenta años, sin embargo, nada ha cambiado, ni siquiera la democracia que tantas ilusiones de racionalidad y buen gobierno trajo consigo, ha sido capaz de afrontar una cuestión vital para la ciudad con un mínimo de cordura, diligencia y decencia pública. A finales de los noventa se comenzó a hablar de la llegada del AVE a la ciudad, y al mismo tiempo de construir un parque central en los terrenos que quedasen liberados. Se pensaba que la estación se retranquearía poco más de un kilómetro y todos los terrenos que quedasen libres del uso ferroviario se transformarían en el parque urbano central del que la ciudad, con casi cuatrocientos mil habitantes, carece. Era lo normal, lo lógico, lo sensato y lo más conveniente al interés general. Llegó el Partido Popular, ocupó la Generalitat valenciana y el Ayuntamiento de Alicante, y comenzaron las especulaciones, no eso de echar la estación para atrás tal vez no sea lo más conveniente, siendo mucho mejor construir edificios en los terrenos liberados y echar el parque hacia la periferia de la ciudad. El interés general, como tantas y tantas veces, comenzaba a pasar a segundo plano mientras el interés particular se adueñaba de la situación al olor del dinero.

Los responsables políticos de las distintas administraciones insinuaron que no pondrían un duro para ese parque o que si ponían algo sería insuficiente para cubrir de verde la zona, dejando caer que la única solución era construir unos cientos de viviendas, tal vez miles, en una zona saturada para que las plusvalías que su enajenación generase sirviesen para acometer la empresa de un parque-salchicha en el que el cemento tendría un papel muy notable, dado que la tierra y los árboles no generan beneficios de ese montante. Sin acometer ninguna de las obras previas, llegó el AVE a la misma estación que inauguró Isabel II, aunque antes se destruyeron dos naves de sillar exagonal de mediados del XIX y se construyó un hangar provisional de chapa que humilla a la ciudad y es lo más feo y deprimente que he visto en mi mi vida, y ya son muchas cosas. A la inauguración, acudió el registrador de la propiedad de la villa de Santa Pola M. Rajoy con un fortísimo cordón policial, mientras miles de personas reunidas en torno al edificio ferroviario entonaban cantos a su familia y a la organización que dirigía, terminando los actos con una batalla campal a cargo de los señores del palo y tentetieso. M. Rajoy desapareció como por arte de magia, la multitud continuó con sus cantos y escaramuzas, y allí se quedó la Estación Provisional de Alicante -que es como se llama- hasta que un terremoto la derribe o alguien con dos dedos de frente y un poco de voluntad venga y haga lo que hay que hacer.

M. Rajoy desapareció como por arte de magia, la multitud continuó con sus cantos y escaramuzas, y allí se quedó la Estación Provisional de Alicante -que es como se llama- hasta que un terremoto la derribe o alguien con dos dedos de frente y un poco de voluntad venga y haga lo que hay que hacer

Pongo el ejemplo de la estación de tren de Alicante y el parque central que tendría que haberla sustituido hace años, porque creo que es un paradigma de lo que tantas veces han perpetrado dirigentes políticos y empresarios sinvergüenzas contra los intereses de todos los ciudadanos. En su codicia insaciable, unos y otros complicaban cualquier tipo de obra para hacerla mucho más costosa y, por tanto, susceptible de generar mayores mordidas y beneficios empresariales. Desde el primer momento, lo lógico habría sido situar la estación un kilómetro más atrás de donde hoy está, arrancar las vías y materiales ferroviarios, llenar el espacio de árboles y plantas de todo tipo hasta impedir que el sol tocase el suelo y construir una estación intermodal en la nueva ubicación, que seguiría estando en el centro de la ciudad. Como eso no era demasiado caro, pensaron que lo mejor era que  la estación se quedase donde está y que en años venideros, se procedería a enterrar las vías mediante fantásticos túneles que harían imposible la plantación de árboles en superficie, con lo que el ansiado parque quedaría reducido en esa zona a un grupo de macetas sobre fondo de cemento y cuatro farolas de retorcidas de diseño que dirigirían su haz de luz a Venus. De ese modo tan pintoresco, lo que habría sido una obra no demasiado costosa y que habría deparado enormes beneficios a todos los habitantes de Alicante, se transformó en un proyecto faraónico sin sentido para el que se necesitan muchos millones de euros sin que su realización sea factible a corto plazo ni sirva para el propósito de racionalización e higiene urbana que se pretendió en un primer momento.

Al igual que en Alicante, el despilfarro, la avaricia, el robo y la irracionalidad han condicionado la realización de miles de obras por todo el Estado, obras que no eran necesarias o que podrían haberse realizado por mucho menos dinero. Así, encontramos estaciones ferroviarias perfectamente acondicionadas en las que nunca ha parado un tren, aeropuertos sin aviones, urbanizaciones sin urbanitas, circuitos de fórmula 1 que huelen a alcantarilla, autovías que no llevan a ninguna parte porque nadie las usa o AVES que son ajenos al territorio por el que pasan. Por el contrario, no hay dinero -porque se lo han llevado- para mejorar la red ferroviaria convencional, ni para contratar médicos, inspectores de Hacienda, controladores laborales y maestros, ni para hacer parques, ni para plantar árboles en todo el país que nos ayudan a combatir el cambio climático y ese sol de justicia que nos aplasta cada año un poco más. Es lo que sucede cuando los asuntos públicos se dejan en manos de desalmados.

Parque central de Alicante-Renfe: ejemplo de despilfarro, irracionalidad e ineficacia