martes. 16.04.2024

Un país pisoteado y escarnecido por el pasado

lluvia

La democracia ha tratado con tal mimo a los hijos de la dictadura que estos siguen teniendo una parte muy notable del poder real, un poder que no dudarán ni un segundo en aplicar

Vivimos, muy a pesar de la inmensa mayoría, un periodo crítico y lamentable, un periodo que viene marcado por la llegada al poder del partido heredero de Franco, por la aparición de otro del mismo corte con orígenes financieros y por la división absurda de una izquierda que no es capaz de prescindir de personalismos y avanzar en un programa de mínimos que sirva para unir a todos los que estamos convencidos de que España puede tener un futuro de progreso, libertad, igualdad y justicia. A estas alturas de la película, de la mía propia y la de mi país, me importa poco quien esté al frente de tal o cual formación, aunque al final son las personas quienes imponen carácter y marcan los rumbos a seguir. Es obvio que casi ninguno de los dirigentes que nos representan tienen la capacidad suficiente para liderar un proyecto como el que necesitamos, lo mismo que es evidente que, pese a su interminable mediocridad, los líderes de la ultraderecha española -Partido Popular y Ciudanos, Vox será una anécdota salvo que los medios se empeñen en lo contrario- si son capaces de enardecer a sus seguidores y hacerlos caminar hacia el precipicio en el que nos arrastrarán a todos menos si se diera el caso de que en alguno de ellos surgiese una brizna de sensatez.

El principal problema de España en su conjunto, a mucha distancia de todos los demás, es la miseria y el empobrecimiento que afecta cada día a más personas. Debido a la política económica implantada por el Partido Popular, el nivel de vida de los españoles es el mismo que teníamos en 1985, dándose también rasgos muy parecidos a los de aquel tiempo en cuanto a desigualdad entre las personas y los territorios. Las políticas austericidas implantadas para la mayoría por la Unión Europea y el autodenominado Gobierno de España, no han servido para otra cosa que para hacer más ricos a los que ya lo eran mucho, y más pobres a quienes dependían del trabajo para vivir o a quienes carecían de el. Paralelamente a la devaluación de los salarios, las prestaciones sociales y las posibilidades para labrarse un porvenir medianamente digno, se ha ido produciendo una degradación cultural y ciudadana de un porcentaje muy alto de la población, lo que de momento no ha impedido que sigamos siendo el país con más donaciones de órganos para trasplantes del mundo, cosa de la que deberíamos sentirnos enormemente satisfechos. Esa degradación de la conciencia de pertenencia a una clase, del espíritu ciudadano y de la avidez de conocimientos, está creando un peligrosísimo caldo de cultivo para que el nuevo fascismo habite de nuevo entre nosotros. Se empieza por despreocuparse por la situación en la que vive la gente, por lo que hacen los medios de socialización, por lo que come el pueblo intelectualmente, por el funcionamiento endogámico y parcial de las instituciones fundamentales, y se continúa por el individualismo, por la solución personal o territorial, por el “ándeme caliente, y ríase la gente”, y se termina a garrotazos como en el celebérrimo cuadro de Goya que también nos supo retratar en horas altas y en las peores horas.

Sin darnos cuenta, en unos pocos años, nos han convertido en enemigos de nosotros mismos. Nos han manejado, nos han manipulado, envenenado y embrutecido hasta tal extremo que muchos de entre nosotros están convencidos -como si la historia no nos enseñase nada, como si las experiencias vividas no hubiesen existido- de que sólo serán felices el día que se liberen de los apestados de al lado que son causa de sus males desde que se fueron los romanos. El individualismo fatal, la falta de empatía hacia los que padecen y la actuación disparatada de las principales instituciones del Estado, incluidas las periféricas, han provocado una falla que será muy dificultoso sellar. Y sin embargo, mientras el odio crece entre unos y otros y los de más allá, sin causa real aparente, Francisco Franco continúa en su mausoleo como una inmensa losa que carga sobre nuestro devenir, los pobres, los excluidos y los explotados, lo son cada día más, del mismo modo que crece su desafección hacia todo lo que venga de arriba, de la política, de los poderes, contra los que son incapaces de rebelarse porque han llegado a la conclusión de que siempre ganan los malos.

En los últimos meses hemos asistido a espectáculos tan increíbles como la descomposición del poder judicial, una descomposición que venía labrándose poco a poco, sentencia a sentencia desde las más altas magistraturas. No estoy diciendo que los jueces y magistrados sean una lacra o una rémora para el país, la mayoría de ellos, creo, ejercen la función que les corresponde con su mejor entender y voluntad con medios muy menguados, sin embargo, actuaciones como las que mantienen en prisión preventiva a los políticos catalanes -que habrán cometido algún delito, pero desde luego menor que quienes han robado dinero público por millones y siguen tan panchos preparándose los esquíes-, como la de los jueces que dejaron en libertad a los miembros de la “manada”, como las de aquellos otros que han procesado a Guillermo Toledo, Dani Mateo y decenas de sindicalistas, cantantes y personas de todo tipo por usar el derecho que tienen a expresarse libremente, son una prueba más que contundente de que en la Judicatura abundan los adoradores del antiguo régimen, es decir, de la dictadura. En un país democrático y libre, nadie va a la cárcel por expresar su pensamiento.

Y esa es la cuestión, mientras un porcentaje cada vez mayor de la población -entre seis y ocho millones de personas ya- sufren necesidad y apenas pueden comer adecuadamente ni pagar los gastos corrientes, mientras muchísimos jóvenes han perdido la esperanza en tener una casa, un trabajo digno, un hospital o una pensión, mientras la demoledora maquinaria de propaganda fascista y ultraliberal sigue diciéndoles que son carne de cañón, los poderes siguen ocupándose de sí mismos, de mirarse la bragueta y engominarse el pelo, cada cual con su bandera. Y cada mes, cada semana, cada día que pasa sale un nuevo roto en el traje que nos hicimos hace ya mucho tiempo que deja entrever que la carne que hay debajo es carne del pasado, del fascismo patrio que hoy, al calor de lo que sucede en Europa, de la exhumación que nunca llega, de las desavenencias de quienes tenían que estar muy bien avenidos ante el horizonte incierto que se nos presenta, vuelve a sacar músculo ante la pasividad de quienes tenían la obligación de reprimir sus amenazas y exhibiciones ultramontanas.

La crisis de la judicatura -cuyo último episodio esperpéntico ha sido la ruptura del pacto para renovar el CGPJ por parte del PP y sus guasap totalmente intencionados- no es sólo eso, es la del régimen, un régimen que está haciendo aguas mucho más rápido de lo que cabía pensar y que podía haber subsistido haciendo exactamente igual que hacen sus homónimos de Dinamarca, Holanda o Suecia. El problema que nos queda, igual que siempre, es que la democracia ha tratado con tal mimo a los hijos de la dictadura que estos siguen teniendo una parte muy notable del poder real, un poder que no dudarán ni un segundo en aplicar. ¿La esperanza? Educar al pueblo, siempre ha sido la misma.

Un país pisoteado y escarnecido por el pasado