miércoles 18.09.2019

Ante el momento actual: la resignación es un suicidio colectivo

Imagen de archivo del 15M.
Imagen de archivo del 15M.

A pesar de los tiempos en que nacieron, vivieron y se educaron, hubo una generación de españoles que tuvo en alta estima palabras como libertad, solidaridad, justicia, igualdad, democracia o derechos humanos. Se anhela y se lucha por lo que no se tiene. No sé si todavía esa generación existe, ha sido relevada en su andadura o vaga perdida y sin sucesión por las estribaciones del Monte Gurugú. Pueden ser las tres cosas o ninguna. Sí parece bastante cierto que en los últimos tiempos esas palabras han ido perdiendo sustancia entre nosotros, se han ido desgastando como las piedras por el roce brutal y continuo del viento y del agua. Nuestra sociedad, nosotros en general –casi todos, hay excepciones maravillosas- se ha vuelto acomodaticia, medrosa, ensimismada y con una capacidad atroz para adaptarse a la atrocidad que a menudo la rodea, bien en el barrio cercano y evitado, bien a través de las imágenes, palabras o letras que diariamente nos proporcionan los medios. Se trata, seguramente, de un mecanismo de defensa, de una forma de apartarse, de conservarse, pero, sea del modo que sea, creo que es una realidad bastante tocable. Me dirán que esa sociedad a la que acuso –me acuso- de indolencia y de pragmatismo individualista, salió masivamente a la calle hace años para protestar con todas sus fuerzas por lo que se temía iba a pasar y pasó: ríos de sangre inocente, incesante, por las calles de Irak –también por medio planeta-, irresponsabilidad política de los responsables de las carnicerías, de los atropellos, de la miseria. Y sí, es cierto, salieron y poco después se escondieron de nuevo en sus casas, en su caracol, dispuestos a seguir sus vidas al ritmo que marcan las hipotecas, el afán por subir un peldaño más en la escala de valores dominante, o sea la posesión de un trozo más grande del pastel diminuto y el ascenso –aparente- en la posición social, o simplemente la subsistencia. Mientras tanto las atrocidades planetarias continuaron en Siria, Libia, Egipto, el Ártico, la Antártida, Siberia, el Mediterráneo, el Amazonas y la Casa Blanca; mientras tanto, Trump, Johnson, Bolsonaro, Salvini y nuestras bestias caseras preparan el terreno al fascismo que viene en medio de un silencio atronador; mientras tanto, Pedro Sánchez y su gente continúan anhelando formar un gobierno con eso que llaman derecha que no es otra cosa que la extrema derecha de toda la vida.

Nuestra sociedad se ha vuelto acomodaticia, medrosa, ensimismada y con una capacidad atroz para adaptarse a la atrocidad que a menudo la rodea, bien en el barrio cercano y evitado, bien a través de las imágenes, palabras o letras que diariamente nos proporcionan los medios

Decía Cohn Bendit -Dany “El Rojo”- hace unos años en un reportaje televisivo que la mayoría de sus compañeros de revolución, aquellos jóvenes que en San Francisco, París, Londres o Berlín aseguraban que debajo de los adoquines estaba la playa, jóvenes de clases medias acomodadas, risueños, dispuestos a todo, hoy, en su mayoría estaban al frente de grandes despachos de abogados, ocupaban los salones de los consejos de administración de las empresas más agresivas y se conformaban, en su ambición dineraria, con comer un sangüi en las escalinatas del soberbio edificio de la corporación a la que entregaban su cuerpo y su alma. Muchos de ellos, hipocondríacos agudos, tenían el frigorífico lleno de pastillas homeopáticas que tomaban a capazos, unas para frenar el estrés, las otras para recuperar el resuello. Gran parte de ellos se habían hecho vegetarianos gordos y despreciaban con toda su alma sus recuerdos, su utopía, todo lo que no oliese a papel continuo y a entrevistas al más alto nivel. Desterrada para ellos la vida en contacto con la naturaleza, el respeto armonioso a las flores del campo, la hermandad con los Pieles Rojas, sus vida discurrían entre el aburrimiento, el abatimiento y el placer de un día entre cien que da la acumulación de riquezas, ajenos al exterior, indiferentes al dolor ajeno, a la rebeldía y la marginación, cuestión esta que despacharon con la conocida teoría de la “Tolerancia Cero”, que hizo de las cárceles norteamericanas uno de los negocios más seguros de La Unión. Esto contaba Bendit a mediados de los años ochenta, cuando todavía en España se soñaba con muchas cosas.

Hoy, cuando septiembre vuelve a parecerse a septiembre sin que sirva de precedente, da por pensar si el pensamiento y la praxis de aquellos hombres, de aquella sociedad, en particular la norteamericana, pero de modo parecido otras europeas, no se habrá instalado entre nosotros para una larga temporada. Siendo así, es fácil explicarse –hay que añadirle también los condimentos de cuarenta años de dictadura cruel y el “apoliticismo cultivado con que impregnó a gran parte de la población”-, cómo después de todo lo que ha pasado durante estos últimos años el silencio y el conformismo viva entre nosotros como si nada de lo que ocurre más allá de lo que cubre nuestra vista tuviese la más mínima importancia. La sociedad del yo superlativo y arrogante se siente halagada, los individuos que participan de ella en el mejor de los mundos, el dinero, el reconocimiento, el poder –por pequeña que sea la parcela-, los bienes que acompañan a tal situación están a su disposición. Es una nueva casta, que puede tener ideologías contrapuestas, ninguna o sólo la suya personal, pero que se encuentra a gusto en la realidad actual, que es la suya, a la que ha accedido por sus propios medios, sean éstos lícitos o ilícitos, morales o inmorales. Eso apenas importa a cuatro idiotas que pueden seguir enmarañados en sus contradicciones constantes, en sus debates internos, en sus elucubraciones utópicas, o simplemente impotentes ante el sufrimiento de tantos en la era de la opulencia, la guerra preventiva, los algoritmos y el nuevo esclavismo laboral.

Siendo así las cosas –¡ojalá no lo fueran!- parece claro que son ellos quienes en la actualidad son la avanzadilla de la sociedad, de esta sociedad impasible que salió hace años a protestar contra la masacre previsible, pero que desde entonces, como un lagarto en hibernación, duerme en su costumbre, en su silencio contemplativo y distante, en su resignación sin querer saber que con solo proponérselo podría dar la vuelta a la tortilla en veinticuatro horas: Con una sociedad consciente y responsable, ¿Sería posible que después de cuatro meses de las últimas elecciones no se hubiese formado un gobierno de izquierda con un compromiso fuerte para recuperar los derechos y valores democráticos esenciales? No. Tal vez, haya llegado la hora de salir de nuevo a las calles y decirles bien alto: ¡¡¡Iros a la mierda!!! No vamos a consentir que nos tengáis en el fango de por vida, estáis fuera de sitio, habéis perdido el contacto con la realidad y apenas sabéis qué es el interés general. Todo antes que resignarse a las mentiras y a las imposiciones de la Nomenclatura, a los juegos de estrategia cuando tenemos al nuevo fascismo llamando a las puertas.

Ante el momento actual: la resignación es un suicidio colectivo