viernes 21/1/22

Lo que han hecho con el Mar Menor

Foto: Ecologistas en Acción.

Murcia es una tierra extraña, como todas, llena de contrastes. Personas trabajadoras hasta la extenuación junto a otras que jamás han dado un palo al agua, se quejan de todo y viven como Dios; sabios humildes que predican en balde porque apenas hay auditorio y cretinos soberbios que sientan cátedra reaccionaria entre aplausos; tierras abandonadas pese a tener agua -los territorios del noroeste de la región- y desiertos -campo de Cartagena- convertidos en regadíos intensivos con el agua del Tajo, que ya no tiene agua.

Uno de los lugares más bellos de España, me atrevo a decir, es el nacimiento del Segura en tierras de Jaén. Desde Santiago-Pontones hasta La Toba, pasando por los Campos de Hernán Perea, Gontar, Nerpio, Miller, Huelga Utrera o Río Madera. Difícil ver tantas quebradas, tantas surgencias de agua a borbotones, tanto bosque, tantos cañones, tanto color y tanta vida natural. En estas tierras, incluso en los años más secos, fluye el agua con furia, como si quisiera abandonar sus depósitos cársticos por alguna extraña amenaza. Hay agua abundante, pero desde luego no para abastecer la constante ampliación de regadíos que se produce después, cuando el Segura atraviesa Cieza, se adentra en la Vega Baja o se pierde hacia los campos que rodean el Mar Menor. Ni la tiene el Segura, ni la posee el Tajo, sí el mar Mediterráneo, del que, dentro de no mucho, si las cabezas recuperan el sano juicio alguna vez, tendrán que bombear agua desalada hacia el interior.

Acabar con la vida en el Mar Menor es una vergüenza de tal calibre que es difícilmente asumible salvo para los salvajes que desprecian la belleza y el derecho a la vida de las demás especies que habitan el planeta, en este caso, la región de Murcia

Tuve la inmensa suerte de conocer el Mar Menor cuando era virgen, pueblecitos de pescadores, pequeños, bonitos, vivos con un diminuto mar cerrado al grande por un brazo de tierra en el que apenas había edificios. Comenzaba a manejarme dentro del agua. Fue allí donde aprendí a nadar de la mano de mi padre. Y me vicié. Durante muchos años me he preguntado si aquello que veía a todas horas en el Mar Menor fue verdad o una invención de mi memoria. Caballitos de mar se paraban delante de mis gafas de bucear, me miraban, daban un coletazo y desaparecían para luego regresar como si quisieran jugar al escondite; estrellas, esponjas, anguilas, chirlas y berberechos. Casi todos tenemos asociada la existencia de esos moluscos bivalvos al Norte, a las tierras gallegas, pero en el Mar Menor abundaban como la arena. Antes de meternos al agua, mi padre cogía una lata de tomate en conserva de cinco kilos vacía, le hacía unos agujeros en el culo y le ponía unas asas de alambre. Con el bote colgado del brazo buceábamos, poco porque no había profundidad, metíamos las manos en la arena y descargábamos. La arena se salía por los agujeros y quedaban las chirlas y los berberechos en la lata. Había tantos que nadie te decía nada:  Alguna mañana llegamos a coger más de diez kilos. No voy a decir que eran los mejores del mundo, ni mucho menos, entre otras cosas porque yo a esa edad no comía moluscos, pero sí que eran muchos y que después pasaban en agua, sal y vinagre varias horas hasta quedar completamente limpios de tierra. Correría el año del Señor de 1966, y alguno más. Poco después comenzó la furia edificadora en La Manga, más tarde en el interior, luego la conversión del desierto de Cartagena en regadío gracias a las aguas del Trasvase. Al final, la muerte del pequeño mar que fue una delicia y lo volverá a ser en cuanto los murcianos decidan expulsar de la vida pública a quienes tantísimo daño han causado.

No niego el derecho que tienen los terratenientes del Campo de Cartagena a reclamar riegos para el campo de Cartagena, pero sí que usen el agua para una agricultura intensiva que terminará por esquilmar la tierra, arrasar los acuíferos y agotar el agua de todos los embalses de Murcia, Albacete, Jaén, Cuenca y Guadalajara. Dado el cambio climático que estamos sufriendo, es cada día más necesario un uso racional del agua y una agricultura más respetuosa con el medio ambiente. No se puede demandar agua del río Tajo cuando está al límite y el caudal completamente estancado en buena parte de su curso medio. Si se quiere agua, si se quiere continuar con los cultivos en el Campo de Cartagena y otros lugares similares, será menester que inviertan en desaladoras y la extraigan del mar con todas las medidas ecológicas necesarias. Del mismo modo, la recuperación del Mar Menor será imposible si no se obliga a esos terratenientes a crear una red de canales de desagüe que vayan a parar a depuradoras y no al mar. La agricultura intensiva utiliza una enorme cantidad de abonos generales y oligoelementos como los nitratos, el hierro, el cobre, el potasio, el magnesio, el boro o el fósforo para tener más y mejores cosechas, pero esos oligoelementos filtrados o expulsados al Mar Menor no hacen que haya más cosechas de langostinos, doradas, lubinas o anguilas, sino que provocan la marea verde, la falta de oxígeno y la aniquilación de la flora y la fauna, transformando ese maravilloso espacio natural en un mar muerto.

Por otro lado, la brutal devastación urbanística de La Manga -hay trozos del cordón litoral que no sobrepasan los cien metros de anchura- ha causado un impacto ambiental tan catastrófico, que sólo podría ser aminorado mediante derribos, la plantación masiva de árboles, la depuración de todas las aguas residuales y la prohibición tajante de cualquier nueva edificación.

La Manga debió ser un paraje natural protegido, sin edificios privados, con no demasiados hoteles, con las infraestructuras necesarias que no perjudicasen al medio. Lo mismo debió suceder con los pueblos ribereños del Mar Menor, la mayoría de ellos compuestos por casas de planta baja o como mucho de una planta en altura. Se debió seguir el modelo tradicional, el de las casas de pescadores y de los primeros veraneantes como Emilio Castelar, continuando su crecimiento hacia el interior siguiendo las pautas marcadas por las ciudades-jardín de Howard y Arturo Soria. No se hizo y ahora toca transformarlo todo de un modo racional aunque los costes sean muy elevados. Ninguna generación tiene el derecho de privar a la siguiente de los paraísos que ella disfrutó. Además, acabar con la vida en el Mar Menor es una vergüenza de tal calibre que es difícilmente asumible salvo para los salvajes que desprecian la belleza y el derecho a la vida de las demás especies que habitan el planeta, en este caso, la región de Murcia.

Lo que han hecho con el Mar Menor