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miércoles. 17.08.2022

Incertidumbre crítica

La izquierda, otra vez más, ha sido incapaz de llegar a un acuerdo de mínimos para concurrir unidos a las elecciones, ello pese a que la gravedad del momento así lo exigía.

Ya pasó. Ayer todos, menos Alberto Garzón, castigado por una ley electoral que premia a territorios y hegemónicos, brindaron con cava, nadie perdió, todos ganaron una victoria pasajera. Sin embargo, la realidad se impone, el Partido Popular, inexplicablemente, continúa siendo el más votado; el Partido Socialista sigue bajando la cuesta que un día subió cuando otro Pablo Iglesias, allá por 1910, obtuvo la primera acta de diputado; Podemos comienza un vuelo inesperado a última hora que sólo podrá ir a más si hay talento, generosidad y verdad, y Ciudadanos se queda a medio gas al haberse empezado a ver lo que hay debajo de la máscara. Los demás, más o menos igual. En esta tesitura, y conviene no ajustar la realidad a nuestra querencia, sólo hay dos opciones, un gobierno de coalición del Partido Popular y el Partido Socialista, que sería la muerte definitiva de éste, o la convocatoria de elecciones anticipadas. Cualquier otra alternativa tiene tan corta vida como la nieve caída a principios de noviembre en este solar acuciado por el cambio climático sin que ello haya sido una cuestión protagonista en los debates de la pasada campaña electoral.

Es indudable, y no vale mirar para otro lado, que los votos obtenidos por dos de los partidos más afectados por la corrupción, Partido Popular y Convergencia, ahora llamada Democracia y Libertad, como si con ese cambio nominal bastase para borrar la inmoralidad y el saqueo, indican que un amplio sector del electorado es de derechas y votarán a la derecha, castellana o catalana, aunque todos sus hijos tuvieran que largarse del país para poder vivir, aunque mañana se llevasen a casa todos los cuadros del Museo del Prado o fuesen capaces de montar otra guerra. Aparte de aquellas personas que se consideran de esa ideología por cuna, convicción racional, interés personal o costumbre, el miedo, el clientelismo y la ignorancia son los ingredientes que alimentan un voto absurdo que, de un modo u otro, permite que quienes han destruido derechos intocables y han utilizado la política en provecho propio no hayan obtenido castigo adecuado en las urnas. Es cierto que los medios de comunicación tradicionales, todos en manos de la derecha, contribuyen día a día a desinformar y a moldear el pensamiento de una ciudadanía cada vez más adormecida, acrítica, resignada, medrosa y egoísta, pero también es verdad que hoy nadie en este país puede decir que no sabe lo que han robado, que no sabe lo que han prevaricado, que desconoce que miles de personas han sido expulsadas de sus casas mediante acciones judiciales y policiales derivadas de una injustísima ley que permite destruir vidas ya de por sí castigadas por la violencia de una crisis propiciada por los desahuciadores y por quienes, teniendo poder para ello, no los han puesto en manos de la Justicia. No creo que exista una sola persona en España que no sepa decir de carrerilla los nombres de diez altos cargos gravemente implicados en casos de corrupción y robo, ni que ignore que a día de hoy en este país hay millones de personas que carecen de lo más elemental para llevar una vida digna, que el paro se ha hecho endémico en muchas comarcas y que la miseria sigue avanzando por los barrios de las grandes ciudades como si se tratase de una plaga de imposible tratamiento o vacuna. Y esto sólo tiene dos explicaciones, o el nivel ético de esa parte del país ha llegado al subsuelo, al manto freático, a la nada, y permite que muchos vean los actos contra la Hacienda Pública como algo heroico digno de imitación y halago, o el efecto shock producido por la crisis y las brutales medidas adoptadas han dejado a mucha gente sin capacidad mínima de reacción ante la fechoría.

No cabe duda que el clientelismo es uno de los grandes males que venimos sufriendo desde los años noventa, que aquí se sigue recurriendo al conocido, o al amigo del amigo para obtener un empleo, una licencia, una operación quirúrgica saltándose las listas de espera o una entrada para la ópera; que sigue siendo válido aquello de que hay que tener amigos hasta el infierno, que mejor llevarse bien con todo el mundo por lo que pudiera pasar, que la ley se tuerce y se endereza a conveniencia, pero cuando se está ante un panorama de indecencia pública y privada provocado por quienes detentan el poder y se tiene la inmensa oportunidad para destituirlos que da el voto, lo menos es dejar su representación a cero, y eso no ha ocurrido porque varios millones de votantes han decidido dar su confianza a quienes hicieron mangas y capirotes de la cosa pública para acrecer su nivel de renta y el de sus allegados.

Por otra parte, la izquierda, otra vez más, ha sido incapaz de llegar a un acuerdo de mínimos plasmado en un programa que permitiese a la mayoría de partidos de esa ideología concurrir unidos a las elecciones, ello pese a que la gravedad del momento así lo exigía. Si a la fatídica ley electoral añadimos ese factor que tiene ya rango de tradición, no cuesta mucho entender que la derecha seguirá perpetuándose en el poder estatal y en otros por los siglos de los siglos.

En este momento, con el Parlamento fragmentado y sin muchos visos de que se pueda conseguir un pegamento adecuado para unir tanta diferencia en un proyecto común, España continúa teniendo más de cinco millones de parados, envejece a un ritmo endiablado, sufre a un empresariado –con numerosas y maravillosas excepciones- acostumbrado a la explotación, al soborno y al pelotazo, contempla como el empleo se precariza hasta extremos que no permiten la vida y ve cómo crece la desafección de muchos de sus habitantes, heridos por un régimen en el que muchos han hecho de la corrupción y la falta de respeto una norma vital. Los partidos tradicionales están en crisis en la mayoría de los estados europeos porque no han sabido dar respuestas adecuadas ni a la crisis ni a los nuevos tiempos, empero, siguen siendo determinantes para la formación de gobiernos. En España es necesario que la nueva izquierda emergente y la vieja lleguen a un mínimo común denominador para afrontar con éxito las elecciones que en breve serán nuevamente convocadas si, como parece, no hay forma de articular un gobierno estable que afronte los acuciantes problemas derivados de la crisis y de su gestión por el PP. De otro modo, la realidad será más fuerte que la novedad o la experiencia y terminará por barrerlos a todos. Si con los mimbres de que se dispone hay posibilidad de gobierno, fórmenlo en torno a un programa concreto, en otro caso dispóngase para concurrir a los nuevos comicios en condiciones victoriosas. Es una necesidad y una obligación.

Incertidumbre crítica