miércoles 19.02.2020

De los idiomas de España

Las dictaduras no son buenas y no tienen a bien dejar herencias aprovechables: Ignorancia, inquina, odio y rencor suelen ser sus frutos más delicados.

En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua
que mamaron en la leche… y siendo así, razón sería se extendiese esta
costumbre y que no se desestimase el poeta alemán porque
escribe en su lengua, ni el castellano, ni aún el vizcaíno, que escribe en la suya”

DON QUIJOTE

Las dictaduras no son buenas y no tienen a bien dejar herencias aprovechables: Ignorancia, inquina, odio y rencor suelen ser sus frutos más delicados

Hay personas que tienen una especial facilidad para el aprendizaje de idiomas, otras que superan sus carencias con esfuerzo y tesón y unas pocas, entre las que me hallo, que encuentran una barrera tremenda a la hora de hablar lengua diferente a la aprendida en la infancia. Por eso, siento una envidia enorme hacia quienes desde niños aprendieron a escribir, leer y hablar dos idiomas diferentes, hacia los bilingües. Y no sólo envidia, también un cierto complejo al saberme en inferioridad de condiciones respecto a ellos. Un idioma bien dominado es una forma de ver la vida, de entenderla: El conocimiento de otras lenguas amplia nuestro entendimiento, nuestros horizontes, nuestra libertad.

Uno se educó en mal castellano, el único idioma de mi tierra caravaqueña, un poco en francés por el instituto, y un poco en catalán por la “Nova Canço”, sobre todo gracias a Lluis Llach de quien fui y soy seguidor entusiasta, pese a que haya anunciado que nos deja antes de tiempo. Desde mis quince años y mi único idioma, las canciones de Llach, antes las de Serrat,  me hicieron amar la diversidad, sentir el profundo orgullo de vivir en un país que contaba con cuatro idiomas, uno de ellos común a todos. Jamás me sentí ofendido por oír hablar a nadie en su lengua materna: Hacían lo mismo que yo; jamás entendí la diversidad idiomática española como un peligro, más bien como una riqueza; nunca consideré pernicioso que en España se hubiesen conformado –pese a los bárbaros- diversas culturas ligadas a formas diferentes de expresión; todo lo contrario, mi amor por Antonio Machado, Miguel de Unamuno o Quevedo no  fue ningún obstáculo para que me encandilase con la literatura de Ausias March, Joannot Martorell, Salvat-Papasseit, Espriu, Martí i Pol, Ferreiro, Rosalía o Urretabizkaia llegando a sentirlos tan míos a unos como a otros. Esa es la inmensa grandeza de mi país, de esta “piel de toro” tan maltratada por quienes hicieron la historia contra sus pobladores. ¡Envidia del bilingüismo! ¡Envidia de los bilingües! ¡Fatiga de uniformes y uniformadores!

Desde que vivo en Alicante –ha ya treinta años- he podido comprobar la crueldad de algunos tópicos, el desaguisado cultural que la dictadura cometió con quienes habían mamado una lengua diferente al castellano. He constatado como en pueblecitos como Tarbena o Bolulla –por Nacionalismosponer dos ejemplos- se habla un catalán casi perfecto, he sabido de  las crueldades cometidas por los fascistas españoles con quienes se expresaban del modo que sabían, he sentido la amabilidad bilingüe de tanta gente a la que los inquisidores disfrazaron de ariscos y antipáticos por naturaleza y, sobre todo, he llegado a comprender plenamente que no se habla un idioma contra nadie sino porque se le ama, porque en él vuelan los recuerdos, las vivencias, la tierra y las costumbres. En Callosa d’Ensarriá, en Tárbena, en Parcent, en Penáguila, en Beneixama no hablan catalán para herir a quien no lo habla –inquisidores y cavernícolas hay en todas partes-, sino porque es su principal seña de identidad, una identidad durante muchos años pisoteada y excluida que hoy debemos sentir todos como nuestra. Tampoco Marina Rosell  canta en catalán para ofender a nadie sino porque es en ese idioma en el que mejor expresa sus sentimientos, su maravillosa poesía de todos: Media España oía canciones en inglés sin enterarse, sin que nadie se sintiese agraviado; oír cantar maravillosamente a Marina en catalán parecía, para algunos, un atentado de lesa patria (antes inglés que catalán decía, dice, la caverna, ¿les suena?), cuando no hacía más que cantar en el idioma de su tierra ampurdanesa, cuando no hacía más que utilizar uno de los idiomas más bellos de España.

Sin embargo, las dictaduras no son buenas y no tienen a bien dejar herencias aprovechables: Ignorancia, inquina, odio y rencor suelen ser sus frutos más delicados. Hoy somos muchos los españoles que nos sentimos enormemente satisfechos con aquello que no es común y con aquello que nos distingue, llevamos mucho tiempo juntos, sufriendo juntos, disfrutando juntos: La dictadura no afectó más a los habitantes de Olot o Altea que a los de Ronda. No se puede culpar ahora a los castellanohablantes del idioma en que nacieron, de ser monolingües, ni tampoco darle la vuelta a la tuerca y poner las bases para que en un futuro más o menos cercano éstos se vean obligados a perder sus raíces en pos de una nueva uniformidad obligada. Una parte considerable de los habitantes de Cataluña, de la Comunidad Valenciana, de España, son bilingües desde la más tierna infancia, quienes disfrutan de ese privilegio deben ser conscientes de ello, pues es, indudablemente, una riqueza de valor incalculable, una riqueza de la que carecemos quienes nos hemos criado en tierras de un solo idioma. El futuro nos obliga –una vez regresados a la normalidad: ¿Cuándo acabarán los ladridos?- a compartir, respetar y amar lo que nos es común y lo que es particular de cada territorio. En ese camino el bilingüismo de que gozan muchos españoles, además de un privilegio, es una necesidad, también el respeto a quienes por unos motivos u otros son monolingües, a su lengua vernácula. La exacerbación independentista catalana y el inmovilismo provocador de quienes rigen la nave desde Madrid están a punto de destruir todo lo conseguido hasta la fecha contra, enfrentando a personas, lenguas, culturas y territorios que hasta hace bien tenían unas relaciones absolutamente cordiales. En vez de avanzar en la comprensión, en el respeto, en la educación y en el amor hacia todas las lenguas y culturas que hasta la fecha componen España, algunos optaron hace años por romper la baraja y mandarlo todo al carajo. Pues bien, estamos en un lodazal generado artificialmente, y ni del lodo ni del fango salen buenos frutos. Se está dejando que las heridas creadas se enquisten y gangrenen mientras unos y otros siguen esperando a Godot sin moverse un ápice. Esta locura impensable hace tan solo diez años, está creando rencor, frustración y encapsulamiento, convirtiéndose a menudo en una cuestión testicular que, pese a nuestra experiencia histórica, volverá a tener consecuencias nefastas para nuestro devenir. La consideración al mismo nivel de todas las lenguas y culturas de España y la expulsión del escenario político de los talibanes son premisas indispensables para encontrar la solución a un problema que cada día que pasa adquiere tonalidades más oscuras. Como decía Azaña meses antes de su muerte en Montauban, a este respecto, todo lo ocurrido en España en los últimos ocho años es una insurrección contra la inteligencia.

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