viernes 22.11.2019

Hoy no se habría conseguido la jornada de 8 horas

Hoy sería imposible una huelga como la de la Canadiense, aquella que consiguió en abril de 1919 la promulgación de la primera ley del mundo que consagraba la jornada de ocho horas como única para todo el Estado.
100 años de la Huelga de la Canadiense.
100 años de la Huelga de la Canadiense.

He de decir sin ningún tipo de reservas que Torra, Aragonés, Puigdemont, Mas, Pujol, Meritxell Budó, Elsa Artadi, Laura Borràs y el Abad de Montserrat son mis enemigos políticos e ideológicos. No quiero que les suceda nada, deseo que la vida les sonría, pero en las antípodas de mi pensamiento y de mis esperanzas humanas, como rojo, laico, anticlerical -un anticlerical no quema iglesias, sólo pretende que el clero no se inmiscuya en los asuntos civiles-, internacionalista -lo que tampoco quiere decir que no ame a mi tierra, que la amo y mucho-, demócrata y humanista, nada me gustaría más que sus ideas no hubiesen cristalizado entre uno de los pueblos más creativos, solidarios y luchadores de España, que su miseria ideológica no hubiese conquistado el corazón roto de muchos de los que sufren la bota opresora de lo peor de la burguesía catalana, esa que combatieron Salvador Seguí, Ferrer i Guardia, Durruti, Montseny, García Oliver, Vidiella, Pestaña, Fabra Rivas, Buenacasa, Comorera, Gutiérrez, Raimundo, Núñez y tantísimos otros que siempre tuvieron claro quién era el enemigo a combatir, que estaba fuera, sí, pero sobre todo dentro; que su moral de mercadillo de todo a cien no hubiese contaminado a quienes, ante las políticas ultraliberales de su gobierno, deberían salir a las calles por motivos bien diferentes. Hoy, desgraciadamente, los opresores, los neocon y los pijos van de la mano de los oprimidos. Les une una bandera, un sueño o una pesadilla, que se desvanecerá como un azucarillo en un café cuando de nuevo sean capaces de ver la realidad, una realidad en la que estamos todos los seres humanos que no nos dedicamos a la explotación del hombre por el hombre, ni a contar cuentos, ni a seguir entusiasmados a los que nunca han dudado ni dudarán en recortar todos nuestros derechos esenciales para entregárselos a los mercaderes.

Los enemigos de aquella conquista social que supuso la huelga de la Canadiense son los mismos que hoy dirigen desde la Generalitat el movimiento independentista mientras urden planes para privatizar todos los servicios públicos

Hoy, con este paisaje y este paisanaje, sería imposible una huelga como la de la Canadiense, aquella que consiguió en abril de 1919 la promulgación de la primera ley del mundo que consagraba la jornada de ocho horas como única para todo el Estado. La huelga comenzó como respuesta al despido de varios trabajadores de las oficinas de la eléctrica canadiense. Enfrente no sólo se encontraba la empresa, sino también la Mancomunidad, el Ayuntamiento, el Estado y la burguesía catalana, que por todos los medios quisieron escarmentar a aquellos atrevidos. Lejos de amilanarse, la huelga se extendió a todas las eléctricas de Cataluña, a los periódicos, las aguas, el textil, los tranvías y parte del comercio, llegándose al final a una huelga casi general. Terminó el conflicto cuando Romanones vio que la huelga se podía extender a Zaragoza y Valencia, y que la UGT había decidido secundarla en todo el país. Los enemigos de aquella conquista social son los mismos que hoy dirigen desde la Generalitat el movimiento independentista mientras urden planes para privatizar todos los servicios públicos. Es tremendo, sangrante, sarcástico, inaudito, pero es así.

Cataluña es hoy una monarquía hereditaria pese a pretender ser una República. Jordi Pujol, tan preocupado por la prosperidad de su fortuna personal, nombró a Artur Mas, éste a Puigdemont, y el hombre de Waterloo a Torra, en un descenso sideral de capacidades políticas quizá debido a la consanguinidad. Todas las privatizaciones y externalizaciones realizadas en Cataluña -que es uno de los territorios que más ha abusado de ese procedimiento antidemocrático que consiste en dar a amigos y particulares lo que es de todos y asiste a todos- las han hecho Pujol y sus herederos, llegando en nuestros días a ese verdadero atentado contra los derechos ciudadanos que es la conocida como Ley Aragonés.

La decadencia y tristeza patológica que expresa el rostro de Torra no es la imagen que uno tiene de la Cataluña vital que combatió a los pistoleros de Martínez Anido, Arlegui, Portillo y los hermanos Badía -tan queridos por el Honorable-, todos ellos a sueldo de la patronal, a sueldo de la burguesía catalana que odiaba a muerte a los trabajadores conscientes tanto como amaba a los esquiroles y la servidumbre. Católicos recalcitrantes hasta la médula -ponga un mosén en su mesa es uno de sus lemas-, intransigentes y visionarios, los dirigentes del movimiento independentista catalán -que ha pasado de 2010 hasta la fecha de un 15% a un 50%, dato a tener muy en cuenta- tras el recurso del Partido Popular contra el nuevo Estatut, la sentencia del Tribunal Constitucional y los primeros datos sobre las actividades del clan Pujol, decidieron embarcarse en una aventura que no supieron jamás donde llegaría. Imbuidos del mesianismo que adorna a todos los grandes redentores de la historia, piensan que ésta los absolverá y sueñan con un monumento similar al que tienen Clarís y Casanova, sin importarles una mierda que que el 24% de los catalanes vivan bajo el umbral de la pobreza o que encabecen la lista de pobreza infantil de todo el Estado con un 19%, hecho que se debe a que la Generalitat dedica sólo un 0,9% de sus presupuestos a combatir esa lacra, mientras que la media europea está en torno al 2%. Igual se podría decir de la Educación, la Sanidad y los Servicios Sociales, sometidos a severísimos recortes para potenciar la estrategia privatizadora. Y no es porque España les robe, es porque al frente de sus gobiernos han tenido a depredadores, a tipos que bajo la bandera se han dedicado al pillaje, a traspasar el tesoro público a manos privadas.

El movimiento independentista catalán es reaccionario porque sus promotores lo son también de políticas ultraliberales despiadadas

Aunque muchos de sus seguidores no lo son, el movimiento independentista catalán es reaccionario. Lo es porque sus promotores lo son también de políticas ultraliberales despiadadas, porque en su estrategia suicida pretenden que aumente el número de reaccionarios en el resto de España para que la concordia sea imposible, porque culpan de todos los males de su patria al enemigo exterior sin asumir ninguna responsabilidad por sus decisiones nefastas, por ser unilateral en un mundo globalizado en el que los de abajo desunidos lo tienen todo perdido y, sobre todo, porque contribuye a diluir el sentimiento de clase, sustituyéndolo por el de pertenencia a una comunidad patriótica. No hay el menor sesgo de generosidad, fraternidad o solidaridad en esa movida, algo imprescindible para forzar a los poderosos a pagar los platos que ellos solitos han roto. Hoy, la inmensa solidaridad en la lucha de clases que se vivió en la Barcelona del invierno de 1919 no existe en Cataluña, está tapada por la niebla artificial, por el tañido de las campanas, por la música celestial. Esa de entonces, tan necesaria hoy, está ahora en manos de los pensionistas que desde Bilbao y Cádiz atravesaron España para decirle a los poderosos que el sistema público de pensiones -que es el que ha amortiguado la crisis en la que vivimos desde antes del Procés- sólo se toca para mejorarlo. ¡¡¡Hurra por ellos!!!!

Hoy no se habría conseguido la jornada de 8 horas