miércoles 11.12.2019

Franco, un negro y un perro

En muchos puntos de Almería, Huelva, Lleida, Castellón o Murcia no hay trabajadores nativos suficientes y sin la mano de obra explotada extranjera las alcachofas, el brocoli, las lechugas, las berenjenas, los melocotones y las patatas se pudrirían en su mata

Todo comenzó mientras paseaba con un perro heredado de mi hija por la playa del Postiguet. Un hombre de mediana edad, es decir, de la mía poco más o menos que ya hace tiempo traspasé ese tiempo indefinido. Qué perro más bonito -me dijo- el buen señor, debe ser un pomerania, con tanto pelo, pobrecito, se va a achicharrar en Alicante. ¿No se le puede cortar? No -contesté- según dice la veterinaria no es bueno quitarle el pelo porque se le irritaría mucho la piel. Tiene que pasarlo mal de aquí a noviembre -ahora el verano alicantino dura cinco meses por lo menos-. Bueno, no peor que nosotros, ya sabe usted como es el clima aquí cuando salta junio, calor pegajoso, húmedo, sudor aunque no hagas nada, bochorno día y noche. Sí, la verdad es que sí, si al menos bajase la temperatura por las noches, se podría vivir. Ya, encima Alicante es una de las ciudades que menos árboles tiene de España, apenas hay sombras y eso agrava la situación con el asfalto y el cemento...

Una conversación perruna sin más trascendencia hasta que por al lado de nosotros aparece un numeroso grupo de negros y magrebíes, jóvenes, alegres, riéndose y jugando con una pelota, haciendo cabriolas sobre el mar, bastante más delgados que los jóvenes indígenas que hace tiempo que subieron de peso debido a la comida de la globalización, pizzas, hamburguesas, perritos, bollerías y demás porquerías autorizadas y promocionadas. La verdad, dice el más joven de los seis que estábamos hablando a la orilla del mar -todo había partido del perro- es que Franco era un asesino pero estas cosas las llevaba mejor, con él lo que había en España era para los españoles. Antes de contestar, cuento hasta diez para no perder los estribos. Hombre, creo que todo el mundo tiene derecho a intentar vivir mejor y a nadie le gusta abandonar su casa, su tierra, su familia. ¿Le habría gustado a usted verse obligado a dejar Alicante y marchar a un país del que desconoce idioma, costumbres y cultura? ¿Verse de la noche a la mañana en Irán o en Noruega sin saber por qué? No, no me gustaría -responden varios a la vez-, pero los españoles cuando hemos emigrado, hemos ido a trabajar, no a delinquir. Estos vienen a robar, a quitarle los móviles a la gente, a las drogas y la prostitución. Les recuerdo que ahora mismo hay más de dos millones de españoles repartidos por todo el mundo contra su voluntad, que la patria los ha echado y no se ven visos de que puedan volver pronto. También que desde finales de los años cincuenta hasta mediados de los setenta, más de cuatro millones de españoles pobres de solemnidad y analfabetos en su mayoría huyeron del país de Franco para ser explotados miserablemente en Bélgica, Francia, Alemania, Suiza, Luxemburgo, México y Argentina, que la mayoría iban sin contrato de trabajo dispuestos a hacer todo aquello que los nativos no apetecían. 

No hay manera, intento no levantar la voz, controlarme, entrar en su pensamiento y en su sentir. No es demasiado difícil, son ideas preconcebidas, adquiridas de los medios derechistas aporófobos: El extranjero, el moro, el negro, es malo esencialmente, y lo es porque es pobre, porque su aspecto, sus ropas, su delgadez, les recuerda un tiempo malo, muy malo, pero glorificado por la vejez. El mayor, un señor de 89 años, en silla de ruedas, afirma haber vivido treinta años en Suiza e Italia, y que los españoles eran gente muy apreciada y buena que se relacionaba con todo el mundo. ¿Entonces -le pregunto- por qué ustedes se agrupaban en determinados barrios y se relacionaban con los que tenían su mismo origen peninsular? Bueno, eran cosas del idioma. Sí, pues la mayoría de los chicos que usted ve por ahí, saben hablar castellano perfectamente, y es cierto, muchos se dedican a vender gafas de sol o bolsos de plástico, pero no creo sean delincuentes por ello: Venden en mantas porque no les dan licencia para vender en un puesto callejero y si los coge la policía les quita la mercancía que, normalmente, les suministra un importador muy español. Además, mire usted -le digo con cierto enojo- si ahora mismo se expulsa, tal como ustedes parecen querer, a los migrantes pobres que se jugaron la vida para atravesar el Mediterráneo, ¿me quieren decir quién va a recoger las frutas y las hortalizas? Los que siempre las han cogido, los españoles, lo que pasa es que esos trabajan por menos dinero y así no hay quien vaya. De acuerdo, no pueden trabajar por menos dinero, hay convenios y hay que pagar la hora como mínimo a lo que está estipulado en ellos, pero en muchos puntos de Almería, Huelva, Lleida, Castellón o Murcia no hay trabajadores nativos suficientes y sin la mano de obra explotada extranjera las alcachofas, el brocoli, las lechugas, las berenjenas, los melocotones y las patatas se pudrirían en su mata. No es verdad, esos sólo vienen a robar, a fumar porros y a traficar. Si eso es así -les digo- expulsemos mañana mismo a todos los que recogen las frutas y hortalizas de El Egido, a los que recolectan la fresa y los arándanos de Huelva o a los que se pasan de sol a sol arrodillados cortando brecol y lechuga en los campos de mi pueblo. Estoy seguro que de inmediato, miles de nativos, incluidos los que votan a Vox y a otros partidos de extrema derecha, acudirán a las plantaciones a doblar el espinazo para que en su mesa no falten calabacines ni tomates, de sol a sol, bajo un mar del plástico, con temperaturas superiores a los sesenta grados, con todo el desprecio del mundo en una atmósfera idílica de pesticidas y fungicidas. Seguro. 

Visiblemente alterados, mis contertulios, acarician al perro, aconsejándome remedios para el calor que padece y el que le espera. Lo agradezco, pero les aseguro que el animal está mucho mejor que la mayoría de personas de otros países que viven y quieren poder vivir en Alicante, que necesita muchos menos cuidados. Luego les recuerdo a la famosa guardia mora de Franco, esa que tenía patente de corso para matar y violar y cuyos miembros supervivientes siguen cobrando pensión española. Sí, dicen, eran muy malos, mala gente, pero esto es una plaga que va a acabar con todo. ¿Han visto ustedes las manos de un jornalero rumano, marroquí o senegalés, de esos que tanto miedo les dan, las han visto alguna vez? Cada cual en su casa, me dicen. Mientras me despido de mis contertulios ocasionales, desde la radio de uno de ellos, se oye que el Tribunal Supremo ha reconocido al dictador criminal Francisco Franco como Jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936, suspendiendo al mismo tiempo el traslado de sus restos a otro lugar del Estado en vez de arrojarlo a un volcán en erupción. 

La conversación no es anecdótica, es una de tantas a las que he asistido con incredulidad, una de tantas que se repiten en bares y calles de toda España, con miedo, con odio, con irracionalidad, sin una pizca de generosidad, de bondad. ¿Qué hemos hecho durante todos estos años para qué hable, sienta y piense así? Ese es el problema.

Franco, un negro y un perro