jueves 09.04.2020

La exhumación de Franco y la herencia maldita

Una vez extraída la momia de las entrañas de Guadarrama, tendremos que analizar con toda serenidad y razón la herencia que nos dejó aquel régimen ominoso y la forma de pasar de página definitivamente.

Tengo la firme convicción, pese a la burrería imperante, de que el pueblo español, en general, no ama la violencia ni a los violentos, también de que es muy fácil de manipular, quizá porque apenas tiene experiencia política activa, porque se cree casi todo lo que le cuentan los que considera son los suyos o por falta de espíritu crítico, ese espíritu que se debe ir moldeando en casa, pero sobre todo en el sistema educativo, en buena parte regalado a la Iglesia Católica, contraria a cualquier forma de pensamiento que no sea el reaccionario carente de crítica.

El jueves 24 de octubre, día histórico que debería convertirse en fiesta nacional, los restos del mayor criminal de nuestra historia serán desalojados del mausoleo de Cuelgamuros que el mismo Franco Bahamonde mandó construir obligando a miles de presos republicanos a dejarse la piel y la vida en él. Los restos del infame personaje saldrán, le acompañarán franquistas de farándula, curas, familiares, nostálgicos de la muerte ajena, laureados y lo mejor de cada casa. Cada cierto tiempo, los amigos del odio visitarán su nuevo hogar en Mingorrubio, pero ya no habrá mausoleo, ni honores medievales, ni exhibiciones vergonzantes. En el mausoleo, enclavado en un paisaje espléndido, nada se debe hacer más que lo propuesto por el arquitecto Peridis: Dejar que la naturaleza actúe según sus inexorables reglas, que se resquebraje entre yedras, pinos silvestres, encinas y robles, que sucumba -lo hará de todas maneras por la ínfima calidad de los materiales utilizados y por el pésimo proyecto constructivo- y quede como muestra de lo que hacen las dictaduras con los pueblos a los que dicen defender cuando su única justificación es la contraria, matarlos, torturarlos, esclavizarlos, lobotomizarlos. Ni un duro más para ese engendro nacional-católico.

Sin embargo, una vez extraída la momia de las entrañas de Guadarrama, tendremos que analizar con toda serenidad y razón la herencia que nos dejó aquel régimen ominoso y la forma de pasar de página definitivamente. Para eso sería menester, en primer lugar, un cambio ético fundamental que afectaría notablemente al prestigio de la política y de los políticos. Del franquismo -incluso de antes pero en la dictadura llegó al paroxismo-, viene la costumbre nada democrática de las puertas giratorias mediante las cuales un alto cargo de la Administración pasa a una gran empresa eléctrica, gasista, petrolera o constructora, dando a entender de manera nada disimulada la presunta connivencia entre empresas y gobiernos: los miembros de los distintos gobiernos son recompensados tras su cese con un puesto magníficamente remunerado en empresas sobre las que tenían la capacidad de actuar. Eso quiere decir que a esas empresas les vino muy bien su gestión al tiempo que delata un tipo de corrupción intolerable. Excepción hecha, entre otros pocos con poder, de Rodríguez Zapatero, que todavía no ha caído en la golosa tentación.

La pulcritud en la acción política no es una cuestión de importancia menor, sino que, junto con la eficacia para servir a los ciudadanos ampliando sus derechos y haciéndolos más justos y provechosos, constituye una de las diferencias más nítidas entre un régimen dictatorial y una democracia. No se pude presidir un gobierno, del tipo que sea, ser ministro del mismo o director general, y tres meses después de acabado el mandato pasar al consejo de administración de un banco, una multinacional de la ludopatía o una eléctrica, hecho que, indudablemente, además de ser vergonzoso, repercute en el pésimo funcionamiento de bancos, eléctricas y demás empresas en este país, siempre con patente de corso para hacer y deshacer según el subidón de adrenalina rapiñadora que tengan en cada momento.

Del mismo modo que las puertas giratorias heredadas del franquismo hacen un daño tremendo a las instituciones democráticas, no lo hace menos que los distintos gobiernos hayan limitado su repertorio de medidas económicas a las que salen en el libro gordo del ultra Milton Friedman, es decir, que cada vez que hay una crisis, se aproveche para privatizar servicios públicos y para reducir los derechos sociales, políticos y económicos de los ciudadanos. Esas políticas tan viejas como el hombre, vienen incrementando paulatinamente la desafección de los ciudadanos hacia la democracia, llevándolos hacia los dominios peligrosísimos del fascismo, de los hombres que cumplen con su palabra, de los tíos de verdad, como Dios manda. Las crisis son inevitables en el capitalismo, por eso, y cada vez más debido a los efectos desastrosos de ese sistema económico sobre la naturaleza, es preciso controlar su desarrollo, supervisarlo y hacerle pagar los daños directos y colaterales que cometa en su devenir demoledor. El franquismo dejó que los capitalistas se movieran a sus anchas sin ningún tipo de restricción ni sanción, la democracia ha hecho lo mismo, y es llegado el momento de que eso deje de ocurrir, que el capitalismo se someta fiscal y políticamente a las leyes democráticas del Estado. La impunidad en que se mueven las multinacionales de las nuevas tecnologías, los bancos, las eléctricas, los fabricantes de aparatos con obsolescencia programada, las petroleras, las farmacéuticas debe acabar, y para ello es perentorio actuar a escala europea llegando a compromisos que garanticen la eficacia de las medidas a tomar.

El franquismo dejó que los capitalistas se movieran a sus anchas sin ningún tipo de restricción ni sanción, la democracia ha hecho lo mismo, y es llegado el momento de que eso deje de ocurrir, que el capitalismo se someta fiscal y políticamente a las leyes democráticas del Estado

Dentro de la herencia franquista están tipos como Pujol, Aguirre, Zaplana, Camps, Rato y los muchos que los votaron conscientes de su catadura moral y del daño que harían al país. Como Luis XIV, esos señores y señoras piensan que el país son ellos y que fuera de ellos no hay nada interesante. En su soberbia e incapacidad manifiesta para la política democrática piensan que su patria les pertenece y por tanto tienen todos los derechos habidos y por haber para vender lo que no es suyo, regalar a amigos y corporaciones lo que pertenece al pueblo o manejar dineros públicos como si no perteneciesen a nadie. Es evidente que esa forma de hacer política tiene muchas más conexiones con el franquismo que con una democracia avanzada, lo que indefectiblemente nos lleva a pensar que hacen jueces y fiscales para que tanto desaprensivo siga en libertad, o lo que es lo mismo ¿son esos jueces y fiscales los que debería haber en un régimen democrático? ¿Son las leyes vigentes las adecuadas para impedir que se cisquen en la Cosa Pública?

Torra y sus compañeros de viaje, Casado y el niño Rivera -al otro ni lo nombro, aunque los tres parecen de la misma familia- son las dos caras de la misma moneda, del tristemente célebre “sostenella y no enmedalla” popularizado por Guillem de Castro: “Procure siempre acertalla, el primero y principal, pero si la acierta mal, sostenella y no enmedalla”. El haz de luz celestial que ilumina a quienes son incapaces de rectificar, reconocer el error o transaccionar no es más que un signo del pasado, del tiempo en el que todo se hacía por mandato del tirano. Es al otro al que toca echar marcha atrás, el otro es quien debe pedir perdón, humillarse y arrastrarse ante las razones que a mi me asisten. En democracia no existe la iluminación, sí la razón, el diálogo y búsqueda, siempre, del interés general, que no es nunca el de mi tribu, sino el de todos.

Por otra parte, y se ha visto estos días en Barcelona, el desinterés por defender los derechos de los más desfavorecidos o de los que se consideran sin futuro, cosa muy normal en la dictadura franquista, puede llevar a salidas extremas, a respuestas sin control que cada vez serán más frecuentes y extensas. Es menester atender a quienes hoy, jóvenes sobre todo, no tienen ni oportunidad de emanciparse, de encontrar un trabajo digno, de tener un hogar, de ser ellos mismos. No se puede obligar a nadie a vivir como un pordiosero y atizarle cuando el descontento se hace patente.

Casi todo tiene solución, sólo hay que proponérselo. La democracia, gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, es nada más y nada menos que eso, y no vino para cercenar derechos y adoptar medidas autoritarias, sino para discutir, conversar, dialogar y buscar el mejor acomodo de todos en un marco legal justo. La Constitución española no es la peor de Europa, ni mucho menos. Es cierto que necesita reformas, suprimir determinados artículos de todos conocidos, incluir otros que sirvan para mejorar la convivencia, pero sobre todo que se cumpla, y que los partidos derechistas aprendan -cosa en extremo difícil- que además del artículo 155 existen otros como el 128 que reza así: “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”.

La exhumación de Franco y la herencia maldita