domingo 07.06.2020

Europa, de nuevo ante el abismo

Está claro que la mayoría de los ciudadanos de España no saben qué ocurrió durante el franquismo ni qué supuso ese régimen sangriento para condicionar el futuro democrático del país. Ni se ha hablado lo suficiente en los centros educativos -los concertados católicos ni mentarlo, fueron cómplices-, ni la prensa generalista ha prestado atención suficiente al periodo más turbio de nuestra historia contemporánea. No es de extrañar, y no creo que se extrañe nadie, que los hijos de la dictadura dirijan los principales partidos de la derecha ni que salgan con cacerolas para defender el derecho de pernada. Europa fue otra cosa, pero como sucedió cuando Chamberlain impuso la política de apaciguamiento respecto a Hitler y condenó a España a ser la primera víctima del nazi-fascismo, ahora mismo Holanda, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Alemania, países muy desarrollados que viven en su seno el reverdecer del nazismo con otro rostro y parecidas escusas, están siendo enormemente complacientes con sus fascistas mientras se muestran severos con los países más dañados por la pandemia, hecho que sin duda también contribuye a que en esos países las ideologías xenófobas, racistas, clasistas y aporofóbicas se incrementen.

No estamos ante una crisis cíclica del capitalismo, asistimos a la explosión de una bomba de neutrones en forma de virus mortífero que está matando a decenas de miles de personas y amenaza con dejar arrasado el tejido productivo de los países más golpeados. No, no es una guerra y no creo que sea adecuado utilizar términos bélicos para referirse a lo que está sucediendo. Estamos ante una catástrofe natural de envergadura descomunal que se extiende en el tiempo sin que nadie a día de hoy sepa cuando va a pasar, lo que indudablemente crea incertidumbre y miedo en muchos ciudadanos, en los que lo perdieron todo en la anterior crisis financiera, en los que no perdieron nada ni entonces ni nunca y en los que piensan que todo les irá peor después de esta calamidad.

El Plan Marshall, al que se ha aludido a menudo como instrumento para emprender la reconstrucción, no fue lo que muchos piensan según la información difundida por los medios, sino el modo en que Estados Unidos -país que no sufrió la guerra en su interior, se incorporó tarde a la misma y puso su maquinaria industrial intacta a punto para convertirse en la primera potencia mundial- hizo frente a la influencia del comunismo en una Europa devastada y el instrumento para penetrar en el control de las economías de los principales Estados europeos. El plan no estaba encaminado a ayudar a Europa, sino a crear una dependencia industrial, agrícola, técnica y política del amigo americano: Los doce mil millones de dólares de aquel tiempo -1948-1951- retornaron con creces a Estados Unidos porque, entre otras muchas cosas, tenían que ser empleados en comprar suministros yanquis. De hecho, no fueron los países que más dólares recibieron -Reino Unido y Francia- los que antes se recuperaron, sino Alemania e Italia, mucho menos beneficiados. De hecho, hoy se reconoce por la mayoría de los historiadores que cuando se puso en marcha el Plan Marshall, Europa ya estaba recuperándose y que sólo contribuyó a un crecimiento del 0,3% de PIB.

La Unión Europea que lleva décadas haciendo gala de una insolidaridad supina que no hace más que alimentar a la bestia fascista

Los países ricos de hoy como Alemania, olvidan que hace un tiempo no muy lejano muchos de sus habitantes acudieron a repoblar pueblos de Jaén y Córdoba; del mismo modo que las tierras más ricas de España ignoran, o miran para otro lado, que durante siglos la parte más rica de la Península Ibérica fue el Sur. Ahora, como si desconociesen el pasado común que nos une queramos o no, porque hoy nadie se salva solo, y ante la catástrofe que nos sobrecoge, la Unión Europea, cuyo patrón y máximos beneficiarios son Alemania y sus países satélites, siguen negándose a aprobar un plan que impida la consolidación en Europa de una zona de privilegiados con bolsas de pobreza cada vez mayores y otra de pobres con bolsas de ricos cada vez más ricos. Cien mil millones para financiar los ERTES y quinientos mil millones que anunciaron el otro día Macron y Merkel son hasta ahora, aunque nadie haya visto un euro, los únicos proyectos que hay sobre la mesa para salvar una Unión Europea que lleva décadas haciendo gala de una insolidaridad supina que no hace más que alimentar a la bestia fascista. Sólo la reconstrucción económica de Francia, Italia y España -con posibles caídas del PIB en torno al 10%- necesitarán una cantidad bastante mayor, cantidad que de no ponerse en circulación mediante la emisión de deuda mutualizada de la Unión Europea, terminará repercutiendo también en Alemania, los paraísos fiscales de Holanda, Suiza, Irlanda y Luxemburgo, convirtiendo lo que podría haber sido una fuerte crisis coyuntural, en una crisis endémica que relegará a Europa a la segunda fila de la escena internacional en tiempos de cambios tecnológicos impresionantes.

España tiene una derecha de origen franquista, lo que sin duda es una rémora tremenda para cualquier avance democrático y para una recuperación económica que respete los derechos políticos, económicos y sociales. Los países más avanzados de Europa tienen partidos xenófobos de corte fascista cada vez más presentes en las instituciones. Se puede mirar para otro lado, se puede ignorar el pasado o se puede enfrentar el problema mediante un plan de reconstrucción general que posibilite el desarrollo de las regiones más afectadas por la pandemia. Crear ilusión en el proyecto europeo es algo tan necesario como la propia reconstrucción, pero no existe una cosa sin la otra, como es imposible la viabilidad de la Unión sin un rearme ético que acabe con la burocracia tecnocrática instalada en Bruselas, con la tolerancia al fascismo y persista en dejar a un número cada vez mayor de países y ciudadanos en la exclusión económica y moral. Si la Unión Europea vuelve a adoptar las mismas medidas de castigo que empleó en la crisis de 2008, si es incapaz de poner freno al crecimiento de las ideologías de odio y estupidez, volverá de nuevo -quién lo iba a decir- al abismo más grande que ha conocido en su historia, el que se abrió entre 1914 y 1945, dejando millones de muertos y heridos, miles de ciudades destruidas y un inmenso cementerio que cubrió el continente de dolor desde los Urales a Gibraltar.

No hay ninguna exageración en lo que afirmo. La crisis que ha desatado la pandemia está poniendo al descubierto sentimientos muy parecidos a los que habitaron en la Europa de la primera mitad del siglo XX. Cerrarse sobre las fronteras propias, sobre el narcisismo de lo listos que somos, sobre el desprecio a quienes han tenido menos suerte, sólo puede traernos años de dolor y miseria muy superiores a los que ya ha causado la pandemia.

Europa, de nuevo ante el abismo