viernes 17.01.2020

ETA, la democracia y la derecha española

La organización terrorista ETA ha sido una de las rémoras más pesadas e inhumanas de las habidas en el proceso de democratización del país. Salíamos de una dictadura criminal, apenas se habían dado los primeros pasos para sentar los cimientos de un régimen de libertades. ETA ya existía, ya había matado, y muchos que creímos legítimos los atentados contra Melitón Manzanas y Carrero Blanco, pensamos que tras las primeras elecciones y la aprobación de la Constitución la organización se disolvería, siendo sustituida por un partido político que defendiese sus ideas en paz y libertad. No fue así, lejos de desaparecer, ETA incrementó el número y la gravedad de sus atentados llegando al paroxismo en crímenes como el del cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, el de Hipercor de Barcelona, el del senador Socialista Ramón Casas, el de Miguel Ángel Blanco o el de Yoyes, aviso a los caminantes descarriados.

Tres años después del golpe de Estado de 1981, paseaba por el barrio madrileño de Argüelles, sin rumbo fijo. Relajado, mirando escaparates y a la gente pasar, oí de pronto algo que parecían disparos, varios disparos seguidos. Minutos después, bastante alterado, vi como dos coches coincidían en el arco de triunfo franquista de Madrid. De uno bajaron tres personas y del otro otras tres, intercambiando vehículos. Muy agitado por el ruido de las ambulancias y las lecheras de la policía, asocié aquel cambio inmediato a los disparos de los terroristas y entré en pánico. Cogí el autobús y marché a mi casa con una sensación de miedo enorme. Habían matado al general Quintana Lacaci unas decenas de metros más abajo de donde yo estaba. Cuando supe lo ocurrido, quedé estupefacto, unos hombres armados hasta los dientes sorprendieron a un viejo y le descerrajaron una docena de balazos en nombre de la patria, esa patria y otras patrias que tanta sangre han derramado estérilmente a lo largo de nuestra historia. ¿Cómo -me pregunté- se puede asesinar a una persona a sangre fría sin que haya mediado riña grave o discusión, sin conocerla, sin apenas saber nada de ella? ¿Qué clase de veneno comieron esas bestias para quitar la vida a otra persona gratuitamente o con la intención de tensar las cosas hasta un extremo que causase aún más violencia o lo que es peor, una involución total?

ETA fue una herencia envenenada del franquismo, una más que sumar a la de los policías antidemocráticos, los jueces de parte o los oligarcas que jamás se comprometieron con una democracia plena y se reservaron para el futuro las ganancias obtenidas al calor de la dictadura

Aquel hecho que no sé a ciencia cierta si fue tal como lo recuerdo, así como otro parecido que sucedió cerca de la calle Goya de Madrid, donde entonces estudiaba, me hizo pensar en algo que para mi es indubitable e inamovible: Un demócrata no mata, un revolucionario no mata, un patriota de verdad no mata, matan los asesinos, matan las alimañas, matan los descerebrados, matan los que creen ser dueños de toda la razón y dejan a los demás la sinrazón. Quien mata a sangre fía, por la espalda, a bocajarro, de cualquier manera, ni es un demócrata ni tampoco un ser humano, pertenece a otra especie muy por debajo en la escala evolutiva del resto de los animales que sólo matan para comer.

La terrible actuación de ETA después de las primeras elecciones democráticas dejó varias huellas imborrables y terribles. La primera de ellas, más de ochocientos asesinados y varios miles de heridos, sufrimiento, dolor, desgarro, miedo, rabia, resentimiento; la segunda, la paralización de los procesos democratizadores en el seno de las fuerzas de seguridad, que hubieron de ser pospuestos ante el desafío sangriento, propiciando el regreso a la primera fila policial de elementos franquistas caracterizados por su crueldad; la tercera, el fortalecimiento de la derecha cerril que cosecharía un triunfo magnífico con la victoria de José María Aznar en las elecciones de 1996 y en las del año 2000 con mayoría absoluta, comenzando el ciclo de retraimiento democrático que ha sufrido este país desde entonces salvando el primer periodo de gobierno de Rodríguez Zapatero.

ETA fue una locura sangrienta que no nos merecíamos y que condicionó nuestro devenir a golpe de asesinatos y de intolerancia

ETA fue una herencia envenenada del franquismo, una más que sumar a la de los policías antidemocráticos, los jueces de parte o los oligarcas que jamás se comprometieron con una democracia plena y se reservaron para el futuro las ganancias obtenidas al calor de la dictadura. ETA fue una locura sangrienta que no nos merecíamos y que condicionó nuestro devenir a golpe de asesinatos y de intolerancia. La actual Constitución obliga a que las penas privativas de libertad se orienten necesariamente a la reeducación y reinserción social del penado y según esa norma -una de las más avanzadas del mundo- son tratados los etarras condenados. Un etarra que haya cumplido su  pena puede reinsertarse en la sociedad, así lo dice nuestro ordenamiento, pero lo que no puede hacer en ningún caso es devolver la vida a quien ha matado ni tener un papel decisivo en la vida pública porque ha perdido toda autoridad moral para ello. No se mata, nunca, en ningún caso. Ningún ser humano, ningún Estado está legitimado para matar a nadie por graves que hayan sido sus delitos. Eso es barbarie. 

Sin embargo, ETA desapareció hace años y hace años que la sangre no nos salpica un día sí y otro también, que no nos despertamos con el sobresalto angustioso de un nuevo asesinato. Y eso es algo que parece no gustar a un sector de las derechas con asiento en el Congreso de los diputados que constantemente aluden a la organización terrorista como si todavía estuviésemos bajo su régimen sanguinario. No comparto nada con Bildu, pero ese partido no es ETA por una sencilla razón, porque no matan. Acusar al Gobierno recién nacido de complicidades con la banda terrorista,  además de ser un dislate porque fue ese partido quien acabó con la organización en tiempos de Rubalcaba, es propio de gentes de una catadura moral tan baja como su vocación democrática. Utilizar el terrorismo, que ha golpeado a casi todas las fuerzas políticas que están en el Parlamento, como instrumento para captar apoyos de sectores propicios a los mensajes tremendistas es hacer un flaco favor a España y a la democracia. Aún así, aún sabiendo que están jugando con fuego, ese será uno de los lemas con que nos torturarán durante los próximos meses, sabedores además de que nadie en este país ha sido ajeno a la barbarie de los pistoleros que tanto han condicionado para mal  nuestro porvenir. Habría sido maravilloso tener una derecha sin raíces franquistas, una derecha abierta, generosa y refractaria a esparcir el odio y el resentimiento. Todavía la estamos esperando.

ETA, la democracia y la derecha española