martes 21/9/21

España urge una revolución ética y democrática

Rita Barberá, altiva, soberbia, ignorante como una sargenta de la Sección Femenina de Falange, dice que no sabe nada de nada.

Mientras Europa asiste a la mayor tragedia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, habla Rita Barberá en la sede del PP, altiva, soberbia, ignorante como una sargenta de la Sección Femenina de Falange, para decir que no sabe nada de nada, que pasaba por allí, por el Ayuntamiento de Valencia, veinticuatro años, sin enterarse de lo que había debajo de las alfombras que pisaba todos los días. Ni el bochorno de su comparecencia –paradigma de lo que está ocurriendo en este país desmoralizado y arruinado por saqueo y neoliberalismo trincón- ha hecho que los españoles salgan furiosos de sus nichos de confort o miseria para acabar de una vez por todas con el desastre al que nos han llevado un montón de brutos caraduras sin la más mínima noción de lo que significan palabras como Democracia, Libertad, Justicia, Solidaridad, Derechos Humanos, Dignidad u Honradez y un profundísimo conocimiento de lo que es utilizar el poder público, el poder democrático, el dinero del común en beneficio personal. España, Europa también, camina a la deriva como ese buque fantasma al que puso música Wagner, como ese navío errante y espectral condenado a navegar eternamente por la mar arbolada y montañosa.

Paseo por las tierras antes fértiles y mimadas de mi tierra natal, por las de la antigua huerta del Alicante que me acogió después, naves abandonadas de cristales rotos rodeadas por escombros añejos, planchas de uralita venenosa cuarteadas, arbustos xerófilos ajados, acequias destruidas por las que hace años dejó de correr el agua, árboles esqueléticos, secos, basura ubicua, despojos, bancales de tierras ricas convertidos en eriales a la espera del retorno de otro desmadre de la construcción y la especulación. Observo la belleza que se fue cuando algunos decidieron que trabajar la tierra, que trabajar la industria eran cosas del pasado, que habíamos superado la posmodernidad para llegar al paraíso terrenal en el que todo el que lo desease podría convertirse en un rico hacendado comprando barato y vendiendo caro, sin trabajar, sin doblar el espinazo, sin prepararse, sin afanarse, sin saber nada de nada, como Rita Barberá. Y no recuerdo ni rememoro a Quevedo en aquellos maravillosos versos en los que miraba los muros de la patria suya ya desmoronada, ni siquiera pienso en la historia más triste de todas las historias de que hablaba con tristeza infinita Gil de Biedma, me vienen a la memoria otros versos impresionantes de César Vallejo de “España, aparta de mí ese cáliz”: “…si las férulas suenan, si es la noche, si el cielo cabe en dos limbos terrestres, si hay ruido en el sonido de las puertas, si tardo, si no veis a nadie, si os asustan los lápices sin punta, si la madre España cae –digo, es un decir- salid, niños, del mundo; id a burcarla!” Sí, recuerdo al inmenso poeta peruano porque quienes hoy asedian a España son los mismos que la violentaron y destruyeron hace ya mucho tiempo aunque ahora utilicen otros medios, aquellos que entonces se alzaron en armas contra la democracia, por el orden y la tradición, por la religión católica y sus heredados privilegios intocables; porque es la moral de quienes entonces vencieron a sangre y fuego la que ha parido a estos monstruosos ignorantes que imitando a Saturno a su manera devoran a los hijos de los demás mientras ponen cuna de seda a los de su estirpe para perpetuar lo que nunca debió ser; porque son ellos quienes clamando por la patria vieja del interés herrumbroso están destruyéndola, despojando a sus moradores del derecho a ser libres, instruidos, benéficos y medianamente felices; porque son ellos quienes han llenado los campos y las ciudades de España de jóvenes y viejos sin futuro; porque son ellos quienes han socializado un concepto tan bajo y pervertido de moral que ha permitido que veamos imágenes tan patéticas como vitorear a un Alcalde o un Conseller manifiestamente corrupto por la multitud; porque son ellos quienes no dudaron ni un momento en apropiarse de lo que es de todos para llevar una vida de lujo, desenfreno y despilfarro a costa de la Educación, la Salud o el Bienestar de millones de personas que no han hecho otra cosa a lo largo de sus vidas que obedecer, vivir y, ahora, resignarse.

Millones de refugiados del Oriente bombardeado impenitentemente desde la primera invasión de Irak deambulan por los caminos de la vieja Europa, rechazados, maltratados, humillados por quienes se dicen demócratas y sólo son parte de una nomenclatura hedionda que está despojando a Europa de lo mejor de sí misma. Un señor que preside un gobierno peninsular asegura que al respecto votará lo mismo que la mayoría de países europeos mientras afirma, ajeno a su estolidez, que no tiene que comparecer ante el Congreso porque su Gabinete está en funciones y no goza de la confianza de la Cámara, es decir, porque no le da la gana, porque le da pereza, porque la soberanía popular se la trae al pairo, porque en eso y en todo lo demás hará lo que le salga, como Dios manda. Y es que ese señor que dirige los destinos de esta enorme balsa de piedra varada, tiene cientos de miles de refugiados dentro de sus fronteras, unos debajo de las tierras que cubren las cunetas y las tapias de los cementerios, otros suplicando día tras día por un puesto de trabajo o un pedazo de pan, otros trabajando las horas que exija el explotador por un sueldo que no llega para pagar los gastos corrientes, los más temiendo por el porvenir, sumergidos en la inseguridad y el pesimismo, en la pantalla del televisor de Bertín Osborne, Eduardo Inda o Chuck Norris. Y tiene también exiliados, una multitud de jóvenes que también deambulan por los cinco continentes como recompensa a su esfuerzo, a su sacrificio y a su preparación, dejando al país exangüe mientras los logreros, trepas, arribistas, trapisondistas y lameculos siguen subidos en lo alto del palo del gallinero. Díganme, por favor, si España no necesita, como el maná que envió Dios a Moisés cuando andaba desesperado por el desierto, una revolución ética y democrática que barra de una vez por todas tanta mediocridad, tanta maldad y tanto desafuero.

España urge una revolución ética y democrática