sábado 24/10/20

Errores, incertidumbres y certezas

Antes de nada, disculparme. El 26 de febrero escribí un artículo en este periódico que tuvo una extraordinaria difusión. En el decía que el coronavirus era una enfermedad normal y que no había motivos para alarmarse. Cierto y verdad que siempre he pensado, y sigo igual, que el miedo no es buen consejero, que el pánico es un enemigo incontrolable que puede causar más estragos que cualquier otro mal. Esa era una de las intenciones del artículo, contribuir en la medida de mis posibilidades a aminorar el temor que podría instalarse de forma irracional entre nosotros. Pese a ello, me equivoqué, los datos que venían de China por esas fechas no eran alarmantes y podía parecer que nos enfrentábamos a algo parecido a la gripe aviar. Hoy sabemos, entonces no, que el número de infectados y de muertos en China por la epidemia es mucho mayor que el facilitado por sus dirigentes y hemos podido comprobar en nuestro país que el maldito virus se ha cebado de forma muy cruenta con nuestras personas mayores, con nuestros viejos. Les pido perdón por mi vaticinio erróneo y atrevido. 

Un artículo de opinión no es una información, aunque muchos defienden que con más frecuencia de la debida las informaciones también están ideologizadas. No hay más que echar un ojo a cualquier diario generalista o digital para comprobarlo. En cualquier caso creo que tanto el informador como el articulista tienen la obligación ética de contrastar y comprobar los datos que manejan y dejarlos de lado si no ofrecen las garantías mínimas de fiabilidad. La utilización del rumor se ha convertido en práctica periodística muy generalizada aunque jamás debería tener cabida en las páginas de un periódico. Mucho peor es el uso del bulo, porque aquí ya se está entrando en un terreno delictivo: El bulo nace con la intención de crear malestar en la población y desestabilización política, pretende subvertir el orden constitucional y provocar estados de incertidumbre que propicien intervenciones de fuerza. El bulo no nace por casualidad, sino que es elaborado por personas o grupos de ellas carentes de escrúpulos. La propagación de bulos durante estas dramáticas jornadas está llegando a cotas intolerables y si queremos cortar el odio que esparcen, es menester investigar la fuente generadora y aplicarle todo el peso de la Ley. Expresarse con libertad es una de las bases de la democracia, difundir infundios, bulos, mentiras, embustes, patrañas, paparruchas es propio de miserables y delincuentes que jamás han amado la libertad sino su supresión. Uno se puede equivocar, yo lo he hecho en ese artículo citado y en otros muchos, pero no invento para calumniar y hacer daño, no recurro al embuste ni a la impostura ni a la difamación, instrumentos de odio utilizados por los reaccionarios en beneficio propio y de clase. En un momento tan crítico como el que vivimos el bulo es el mayor enemigo de la democracia y como tal debe ser tratado.

Hemos alterado todos los equilibrios ecológicos mientras al mismo tiempo aumentábamos las desigualdades en casi todos los países del mundo

Entre el error y la incertidumbre queda espacio para las certidumbres. Nunca he ocultado mi ideología al escribir, pienso que esa es la mejor forma de objetividad. Creo en la libertad, en la fraternidad y la justicia social, pienso que el Estado Democrático, que nació contra el deseo de los poderosos, es el mejor defensor de las libertades individuales y de los servicios públicos, que los hombres somos iguales independientemente del dinero que tengamos y que nunca nadie -tal como dijo Rousseau- debería tener tanto dinero como para comprar a un hombre ni tan poco como para precisar venderse. Estoy convencido de la gravedad de la tragedia que vivimos, una tragedia que causa miles de muertos y que ha paralizado la economía mundial por primera vez en la historia, lo cual es algo positivo porque se hace para evitar más muertes. Sin embargo, la pandemia actual no nos puede hacer olvidar la devastación que año tras año causa el cáncer, ni las epidemias silenciadas que matan a mansalva en los países pobres, ni las guerras absurdas que asolan a esos mismos países año tras año, ni la explotación creciente que lleva a las puertas de la esclavitud a millones de personas. Occidente no había pasado por una situación así desde la Segunda Guerra Mundial, pero el resto del mundo no ha dejado ni un segundo de sufrir las calamidades que en cada caso le asignó el capitalismo, bien para hacerse con sus riquezas, bien para obligarles a comprar productos, bien para dominar una parte del mundo y del mercado. Hemos sido crueles, muy crueles con los que no pertenecían al club cada vez más pequeño y excluyente de los ricos, hemos causando mucho daño, muchas muertes, mucho dolor, y en nuestra locura llegamos a creer que la Naturaleza también estaba a nuestra merced, destruyendo montañas, ríos y mares, cortando árboles como si fuesen un enemigo a batir, contaminando sin mesura, fabricando cosas de usar y tirar. Hemos alterado todos los equilibrios ecológicos mientras al mismo tiempo aumentábamos las desigualdades en casi todos los países del mundo. Tan engreídos estábamos que ahora la misma naturaleza nos pasa la primera factura y nos sentimos amenazados por una epidemia como las que asolaban al mundo cuando no éramos tan listos, antes de las grandes revoluciones. 

Sería éste un momento magnífico para recomenzar desde otra perspectiva, pensando que es absolutamente necesario respetar a la naturaleza y contribuir a su restauración, combatir la desigualdad y propiciar otro tipo de sociedad en la que ni la codicia, ni acaparar riquezas sin fin, ni abusar de otras personas, ni el consumo de usar y tirar sean posibles. Esa debiera ser, pienso, la forma más adecuada para afrontar la crisis que tenemos encima y de la que será muy difícil salir si no existe solidaridad entre los países y los individuos y se opta por volver a aplicar las políticas económicas de las últimas décadas. 

Entre tanto, me gustaría dejar unas cuantas preguntas en el aire para las que no encuentro respuesta: ¿Por qué es en las zonas templadas dónde más incidencia está teniendo la epidemia independientemente de la calidad de sus sistema sanitario? ¿Por qué Marruecos y Suecia, uno país del calor, otro del frío, tienen parecidos índices de contagio y mortandad? ¿Por qué en la zona sur de España, Canarias, Murcia, Andalucía, en extremo calurosas, el virus ha causado menos estragos? ¿Seguiremos dejando el cuidado de nuestros viejos a quienes sólo se preocupan por la cuenta de resultados de la empresa? ¿Es malo parar la economía y también es malo abrirla un poco para que no colapse? ¿De dónde se saca el dinero que se necesita para curar y ayudar a las personas si la actividad económica se reduce a poco más de cero? ¿Volveremos a consentir que quienes tanto han dañado a los servicios públicos esenciales sigan en la vida pública? ¿Seremos capaces de detener la avalancha de medidas austericidas neoliberales que preparan para cuando pase la pandemia? ¿Seguiremos creyendo que la insolidaridad es la mejor manera de enfrentarse a una crisis? ¿Para que sirven Ayuso y Torra?

Creo que de la respuesta atinada a estas y otras muchas incógnitas similares dependerá nuestro futuro. Entre tanto, ya saben que pueden contar conmigo: 


Errores, incertidumbres y certezas