martes 19/1/21

El Rey que voló

Todo parecía indicar que el rey Juan Carlos de Borbón rompería la racha familiar ominosa que tanto lastimó a España a lo largo de los siglos XIX y XX. Así fue durante las primeras décadas en las que se pudo desarrollar un sistema democrático equiparable en muchos aspectos a los existentes en nuestro entorno geográfico e histórico, pese a las sucesivas crisis económicas, los salvajes, irracionales e interminables asesinatos de ETA y la actitud antidemocrática de muchos poderes fácticos como la Iglesia católica.

Sin embargo, había algo que nos alejaba de esos estados a los que tanto queríamos parecernos: La monarquía española había renacido por voluntad del tirano Francisco Franco y aunque fue apoyada mayoritariamente por el pueblo en el referéndum constitucional,  tenía un lastre de origen. El Régimen del 78 no fue capaz de depurar responsabilidades ni de crear unas instituciones nuevas en las que no estuviesen presentes altos cargos de la dictadura. Además, los usos y costumbres del franquismo -la corrupción generalizada, la concepción del país como algo patrimonial- continuaron vigentes durante las cuatro décadas democráticas, afectando conforme pasaban los años a la credibilidad de las instituciones.

Se habla de cambio de régimen a raíz de la crisis de credibilidad y prestigio que afecta a la monarquía, pero para que España sea republicana no basta con que un rey abdique, sobre todo es menester que haya republicanos sinceros, éticos y muchos

Si bien todos éramos conscientes de que algo extraño sucedía con la Corona dada la opacidad de sus cuentas y la nula fiscalización de sus actividades por parte del Parlamento, las amistades peligrosas del monarca no indicaban que se hubiese rodeado de personas de una ética sobresaliente ni de una honradez indudable. Antes al contrario, muchos de sus fieles tuvieron que pisar la cárcel al haber cometido delitos económicos intolerables e injustificables. Si a eso añadimos que el llamado rey emérito ha hecho gala durante todo su reinado de su catolicismo intensivo mientras incumplía muchos de los “sagrados mandamientos” de la Santa, apostólica y romana Iglesia, volvemos a comprobar que sus aficiones sexuales y dinerarias han estado muy por encima de sus deberes como máxima institución del Estado y como miembro destacado de la empresa que dirigen los Papas.

La monarquía española se suicidó cuando Fernando VII decidió abolir la Constitución de 1812 por dos veces consecutivas, incluso yendo mucho más lejos de lo que, en la segunda ocasión, le pedían las tropas francesas del Duque de Angulema que invadieron el país para librarnos del liberalismo y regresarnos al absolutismo. Como otros reyes europeos, Fernando VII pudo haber aceptado el régimen constitucional, lo que le habría llevado sin duda a conseguir una mayor aceptación del pueblo. Fernando no quiso parecerse a los monarcas ingleses, noruegos, daneses y suecos y optó por seguir considerando súbditos a quienes ya no lo eran utilizando la represión y el engaño. Las reinas, regentes y reyes que le sucedieron tuvieron que hacer frente a la reacción carlista y pasar por liberales sin serlo, lo que dio lugar a un siglo de pronunciamientos, golpes de Estado, guerras, traiciones y puñaladas a las posibilidades constitucionales de España. Baste nombrar a Isabel II y a Alfronso XIII como ejemplos paradigmáticos de mal gobierno y de una comprensión muy pobre de los preceptos democráticos elementales.

Dos intentos republicanos fueron fulminados por el ejército, la iglesia y la plutocracia. El primero sin demasiado derramamiento de sangre, el segundo con cientos de miles de muertos y la imposición de una dictadura criminal que parió de nuevo a un rey. En la España de la Transición, pese a la propaganda y a la represión nacional-católica, existía todavía un poso de cariño hacia la República. Al principio no se hablaba de ella en los hogares por miedo,  pero con el paso del tiempo la gente fue desplegando con cariño recuerdos de las esperanzas que entonces se vivieron. Aun así, la mayoría aceptó a Juan Carlos como rey, un rey republicano decían algunos, sobre todo tras la visita que rindieron a Dolores Rivas Cherif, esposa de Azaña, o el encuentro que tuvieron con diversos grupos de exiliados en Francia y México. Fueron maniobras bien planteadas que junto al papel que se otorgó a Juan Carlos como máximo embajador de España en el mundo, su “actuación” durante el 23-F y su carácter de natural simpático, le granjearon gran popularidad dentro y fuera de España hasta que sus veleidades primarias se encargaron de deteriorarlas hasta un extremo inconcebible hace dos décadas. Sólo Juan Carlos I es el responsable de sus actividades económicas y de sus relaciones personales. Nadie más.

El anuncio por parte de la Casa Real de la salida de Juan Carlos I de España no es más que otro episodio surrealista en esta etapa final del monarca. No es posible que un rey de España abandone el país sobre el que ostenta el título salvo que sea expulsado por el pueblo. Ni siquiera el cambio de régimen obligaría el rey a largarse siempre que aceptase la nueva legalidad. La estrategia montada para tratar de limpiar la imagen de la Corona, no hace más que sembrar un millón de dudas sobre la realidad de los hipotéticos delitos que haya podido cometer el anterior rey.  Aunque hay indicios de cosas nada limpias, Juan Carlos I no está formalmente acusado de nada y su obligación como rey que fue y como padre de rey que es, no es otra que permanecer en España, que es su reino, y responder ante la Justicia en caso de que sea requerido para ello, cosa sobre la que tengo las más serias dudas.

Se habla de cambio de régimen a raíz de la crisis de credibilidad y prestigio que afecta a la monarquía, pero para que España sea republicana no basta con que un rey abdique, sobre todo es menester que haya republicanos sinceros, éticos y muchos. La actual monarquía no se sostiene cuando han ido cayendo miembros del retrato real sin haber muerto, borrados, extinguidos, evaporados, pero una República sólo será posible cuando la ética del país sea muy diferente de la que ahora carecemos.

El Rey que voló