viernes. 19.04.2024

La cuestión catalana, la democracia y los presos

catalunya

La revolución, o la evolución democrática -imposibles ambas sin Cataluña- pueden esperar, ahora toca jugar mientras el mundo se nos hace cada vez más estrecho

Tengo absolutamente claro que ningún Estado de nuestro entorno admitiría la independencia de una parte fundamental de su territorio bajo argumento alguno, salvo el de la derrota por las armas. Si bien la unión de casi todos los estados europeos fue fruto de los vínculos familiares entre las diversas dinastías reinantes, el transcurso del tiempo -y es difícil negarlo- ha creado relaciones históricas, económicas, sociales, culturales, familiares y personales tan intensas y complejas que sería en extremo difícil hacerlas desaparecer. Por otra parte, en el caso español, la unión de reinos se hizo bajo el manto invisible pero muy tangible de la Iglesia Católica, religión (ideología) que, aunque parezca mentira, sigue estando en el consciente y el subconsciente de los dirigentes del nacionalismo paleto español y de los nacionalismos o soberanismos periféricos, especialmente en el caso vasco y en el caso catalán. Si a esto añadimos que, pese a los intentos acaecidos a lo largo de los siglos XIX y XX, en España nunca culminó la revolución democrática, tenemos una explicación meridiana para saber por qué siguen teniendo tanta fuerza esas reminiscencias del pasado. 

Si la Revolución de 1868 hubiese triunfado como lo hizo la Tercera República francesa en 1870, es más que probable que hoy no estuviésemos hablando de estas cuestiones tal como sucede en Francia, y que nuestros representantes democráticos se dedicasen a trabajar sobre aquellos asuntos que afectan al bienestar de los ciudadanos, lo que no quiere decir que en España se hubiese acometido un proceso tan uniformador como el francés. No triunfó la Revolución de 1868 entre nosotros por tres razones, el miedo que produce la ignorancia, la debilidad de una burguesía dividida cuyo estrato más alto había optado por el proteccionismo y por poner un escudo nobiliario a su familia, y la fortaleza que todavía tenían las fuerzas del antiguo régimen. Tampoco lo hizo en 1931, por los mismos motivos más la coyuntura crítica por la que pasaba Europa con el ascenso de Mussolini y Hitler al poder. 

Por el contrario, sí triunfó el fascismo llevando a la primera fila de la escena política a criminales y corruptos de todas las especies, cardenales, obispos, párrocos, generales, coroneles, cabos chusqueros, funcionarios de Hacienda, Justicia, Policía, Propaganda y demás. Se quiera ver o no, al morir el tirano la monarquía fue refrendada por el pueblo en diciembre de 1978, y no fue una mala Carta Magna, pero sí una Norma que nacía con fecha de caducidad, bien mediante un nuevo proceso constituyente, bien mediante una reforma profunda. La resistencia de los fascistas que todavía copaban todas las instituciones, la excesiva prudencia de los políticos de izquierda y nacionalistas, y la crisis económica que asoló al país durante aquellos años provocó que buena parte de los esfuerzos se dirigieran a intentar salir del atolladero económico y edificar, como se pudiera, el nuevo marco legal sin tocar ningún interés del pasado. Se creyó que el pueblo español estaba harto de violencia, que no quería mirar hacia atrás y que las ansias de reconciliación terminarían por borrar un pasado que no se podía borrar por el horror y el dolor sobre el que se había fundado. Además, durante años tuvimos que soportar bombas, asesinatos, tiros en la nuca, secuestros y crímenes de todo tipo cometidos por salvajes que también creían tener una misión histórica, una misión sobrenatural que el Altísimo y el patán Sabino Arana habían cargado sobre sus “sacrificadas” espaldas. La democracia, que pudo haber avanzado más, mucho más, se fue ralentizando conforme la barbarie etarra -algún día habrá que valorar con detenimiento el inmenso daño que ese montón del malnacidos hicieron a sus víctimas y a la evolución democrática del país- se intensificaba, llegando el Estado a utilizar durante unos años, métodos propios de una dictadura para acabar con el terror. Terror, pensaron, con terror se quita, y en esa deriva llegaron a llamar a los más conspicuos policías fascistas para que hiciesen lo que mejor sabían hacer: Torturar. 

Se logró superar aquella calamidad, pero la brutal actuación de ETA dio alas al nacionalismo franquista español, y en 1996 Aznar y los suyos llegaron al poder, convirtiéndose en la alternativa al Partido Socialista. De modo que, a partir de ese año, sólo había dos posibles gobiernos estatales, o el de los herederos de Pablo Iglesias pasados por agua o el de los herederos de Franco, mientras en los gobiernos de las dos principales Autonomías, Euskadi y Cataluña, las opciones no eran tampoco como para tirar cohetes, quedando el monopolio del poder en manos de nacionalistas católicos trufados, como los ultras del centro, de una impronta neoliberal demoledora. Y en esto, mientras salíamos de una crisis para meternos en otra peor, surgió la burbuja financiero-inmobiliaria, y España se convirtió en el país más maravilloso de la tierra, el dinero entraba a raudales en las distintas administraciones, y muchos trabajadores incautos, que creyeron en los mensajes disparatados de gobiernos y bancos, se hipotecaron hasta la cejas creyendo que aquel crecimiento salvaje había llegado para quedarse hasta convertirnos en la envidia de Occidente. En toda España, pero sobre todo en la franja de cien kilómetros hacia adentro que va desde el Cabo de Rosas hasta Algeciras, fue una verdadera locura, un inmenso mar de grúas y hormigón de tal magnitud que llegó a agotar la producción nacional de ladrillos: Las fábricas no daban abasto. Todos éramos hermanos y la vida, de puta madre. Se avanzó durante los primeros años de Zapatero, ganamos todos en derechos de todas clases, incluso en algunos como el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio, fuimos uno de los primeros países del mundo. Pero como dicen que no hay mal, tampoco bien que cien años dure, y nos estalló la burbuja, todo se llenó de mierda y de pobreza, y ese país que había dejado de formarse, de ir a la escuela, dio el voto a los herederos de Franco, otra vez.

La crisis -la peor desde la del petróleo- fue tratada con medidas ultraliberales por el Gobierno Central y por los periféricos, también por la mayoría de países europeos. La Unión Europea entró en crisis de credibilidad, y España en una de subsistencia porque quienes detentaban los poderes habían decidido cargar toda la responsabilidad a los ciudadanos. En Cataluña, las medidas privatizadoras y los recortes promovidos por Artur Mas y sus colegas, fueron contestadas en las calles por las distintas mareas, mareas que crecían cada día mientras los Mossos se dedicaban a reprimir brutalmente a quienes no hacían otra cosa que exigir respto a sus legítimos derechos. Lo demás, ya lo sabemos, el Constitucional falla a favor del recurso del PP contra el nuevo Estatut en 2010 y a partir de ahí, las protestas económicas y sociales desaparecen y se convierten en algo inaudito en la Cataluña contemporánea: Un movimiento mesiánico y milenarista basado en cuestiones identitarias y agravios mil que, como una parte más de la crisis en la que está la UE, barre de las calles catalanas al movimiento obrero que tanto había hecho por la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Al mismo tiempo, y como reacción a ese movimiento que llaman transversal, o sea oprimidos y opresores, hombro con hombro, resurge el nacionalismo franquista y la burrería se impone como única forma de hacer política. La revolución, o la evolución democrática -imposibles ambas sin Cataluña- pueden esperar, ahora toca jugar mientras el mundo se nos hace cada vez más estrecho.

Los hechos de septiembre y octubre de 2017 en Cataluña fueron el punto culminante de ese proceso, un proceso que si se hubiese encaminado a combatir las políticas neoliberales y la corrupción que asolaba a toda España, probablemente se habría contagiado, como sucedió muchas veces, a todo el país. El gobierno del PP, tras la imbécil decisión de mandar a la policía a Cataluña, pasó la pelota a los jueces, jueces muy marcados por el antiguo régimen, que han apreciado delitos de rebelión en hechos que ningún penalista de prestigio ve, como si la política y la justicia fuesen cosas testiculares. Es cierto que el Gobierno no puede decretar la liberación de los detenidos por orden judicial, pero no es menos verdad que no es posible mantener a esas personas en la cárcel ni un días más, y mucho menos condenarlas por lo que dice la Fiscalía. Estamos pues, ante una crisis democrática en la que cada cual ha puesto su parte. ¿Cometieron algún delito los dirigentes catalanes durante aquellos días? Probablemente sí, pero el Código Penal, que se puede reformar en cualquier momento otra vez más, es tajante al tipificar el delito de rebelión y este no ha sido cometido por ninguno de los detenidos preventivamente. Está muy claro, pese a la ola de conservadurismo extremo que invade Europa, que los Tribunales Europeos volverán dejar en ridículo a los del Tribunal Supremo en caso que su sentencia se atenga a lo demandado por la Fiscalía, demostrando su parcialidad y su incapacidad. Entre tanto, catalanes, madrileños, murcianos, vascos y riojanos sigamos ignorando nuestra historia, sigamos despreciándola, continuemos manipulándola y escribiéndola según nuestro parecer, tampoco dejaremos de hacer el ridículo.

La cuestión catalana, la democracia y los presos