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viernes. 07.10.2022

Consideraciones sobre los atentados de Cataluña

vertele
Imagen: Vertele

No se trata de no hablar de una tragedia tan grave, pero sí de no exprimirla hasta que no quede más que el hollejo. Eso es un principio ineludible de buena práctica periodística

Harto, cansado, hastiado con la manipulación y la utilización mediática y oportunista de los lamentables y terroríficos crímenes acaecidos en Barcelona y Cambrils; perturbado y jodido tanto por el triunfo de la sinrazón de los asesinos como por los comentarios interesados, crueles y absurdos de muchos políticos, periodistas y predicadores del miedo, decidí no escribir nada sobre dichos sucesos hasta que por lo menos pasase una semana, esperando que en ese tiempo hubiese amainado el vendaval que durante días ha ocupado la inmensa mayoría de las portadas de periódicos, radios y televisiones. Una vez transcurrido el plazo y visto que seguimos en el mismo lugar, me permito hacer unas sencillas consideraciones sobre lo acaecido desde que los hijos de la ira divina decidieron esparcir sangre de inocentes.

Es bien sabido que uno de los principales objetivos de la mayoría de los grupos terroristas contemporáneos ha sido buscar el impacto mediático, es decir dar a conocer un problema supuesto o real de forma tan violenta que ineludiblemente cree alarma social y conquiste las principales páginas de los medios de comunicación, logrando de ese modo crear un clima de miedo generalizado que trascienda las fronteras del área de influencia del lugar elegido para matar. En ese sentido, los asesinos de Barcelona y Cambrils, ya sin el liderazgo del imán muerto en las explosiones de la casa de Alcanar, con mucha improvisación y muy poca pericia, han conseguido todos sus objetivos, muy por encima, desde luego, de lo que ellos habrían imaginado. De momento, gracias a la brillante actuación de la policía catalana, cinco de ellos se encuentran disfrutando del Paraíso al lado de Alá y toda su corte celestial, pero no sólo eso, sino que desde lugar tan privilegiado podrán haber visto como los periodistas y tertulianos de todo el Estado español llevan una semana hablando de ellos, repitiendo una y otra vez las mismas cosas, buscando al gato más patas que a un ciempiés, hablando de buenos y malos y enfrentando a las distintas policías por lo que callaron unos o hablaron de más otros: Una semana entera de publicidad gratuita, de propaganda subvencionada en todos los medios de comunicación, o lo que es lo mismo en el idioma de los bárbaros, una incitación indirecta a posibles nuevos locos a cometer otros actos de terror en la seguridad de que serán amplificados mediáticamente durante semanas enteras mientras ellos disfrutarán de las huríes y los manjares más preciados a la derecha de Dios Padre. No se trata de no hablar de una tragedia tan grave, pero sí de no exprimirla hasta que no quede más que el hollejo. Eso es un principio ineludible de buena práctica periodística. No se puede hacer peor.

Durante esta semana he oído decenas de veces que los terroristas de particulares creencias musulmanas fueron abatidos. Y lo he lamentado de corazón. Aunque el verbo abatir tiene muchas acepciones, en el uso de los últimos tiempos se aplicaba casi exclusivamente a acciones cinegéticas, esto es, a las piezas que se cobran en una cacería. Aplicarlo a una acción policial con cinco personas muertas me parece cuando menos poco apropiado. No sé qué habría pasado si esas cinco personas hubiesen sido “abatidas” por otros cuerpos policiales, probablemente tendríamos mucho de qué hablar y a estas horas algunos medios estarían discutiendo sobre la desproporcionada actuación policial. Sea como fuere, creo que las acciones policiales deben basarse en el principio de proporcionalidad y deben tender a detener al criminal salvo que en ese momento esté perpetrando su horrendo propósito: Por dos razones, una porque en España no existe la pena de muerte; otra, porque de un detenido, aunque esté herido, se puede sacar mucha más información de cara al futuro, a la prevención, que de un muerto.

Por último insistir en dos cuestiones que no son baladíes. Por una parte cabe preguntarse cómo en el tiempo transcurrido entre la explosión de Alcanar y los atentados de Barcelona y Cambrils no se produjeron las detenciones necesarias para evitar o aminorar el efecto mortífero de los atentados, dado que en la casa de la localidad tarraconense no se estaban fabricando metanfetaminas ni algodones de feria, sino potentísimos explosivos cuya deflagración provocó un hongo visible desde muchos kilómetros a la redonda. Por otra parte, no podemos ignorar, por mucho que nos duela, que el caldo de cultivo de ese terror lo ha provocado, y lo sigue provocando, Occidente con la destrucción y desestructuración íntegra de países como Irak, Siria, Libia o Yemen, países a los que ahora, después de décadas de bombardeos inmisericordes, brutales, criminales e inconcebibles, llaman Estados fallidos. Estados Unidos y sus aliados iniciaron en 1991 una guerra de ocupación de los países hostiles de Oriente Medio poseedores de combustibles fósiles o situados en la ruta mercantil de los mismos, primero fue Irak, luego Libia, más tarde Siria, colaborando de modo fehaciente a la financiación y armamento del llamado Estado Islámico, aberración integrista que bajo el padrinazgo de Arabia Saudí y otras monarquías feudales “amigas” de la zona ha sembrado de terror y destrucción toda la ruta del petróleo “no amigo”. Hay habitantes de Siria, Irak, Yemen, Libia, incluso de Egipto, que ha visto destruir sus casas hasta cuatro veces por aviones que apenas alcanzaban a ver; hay familias inocentes de las que no ha quedado ni un solo miembro vivo; hay niños que han perdido a sus padres, abuelos y hermanos, personas que no pueden ni siquiera acudir a los campos donde antes cultivaban cuatro hortalizas para sobrevivir porque sus tierras están minadas, hay dolor, inmensas cantidades de dolor, de resignación, de terror, de miedo, y del miedo, muchas veces, nace el odio irracional. No se trata en ningún caso de justificar la acción bestial de los criminales de Barcelona, Londres, París o Niza, ese infierno mucho peor que el que describen los sádicos escritos bíblicos, pero sí de explicarnos el por qué de tanta sin razón, de ir a las raíces para poder poner soluciones eficaces. Podemos poner bolardos en todas las calles, maceteros enormes en las avenidas, bloques de hormigón en los paseos, pero nada de eso impedirá a un loco lleno de odio meterse en el metro y hacer volar un vagón, entrar en un gran almacén e inmolarse dentro de él. La única salida inteligente es una investigación policial coordinada y preventiva y, sobre todo, acabar con las causas de ese odio demencial. Si nos dedicamos a apalear a todos los perros marrones que nos encontremos por la calle, es posible que la mayoría no nos hagan nada y huyan despavoridos, pero también cabe la posibilidad de que uno nos deje malheridos.

Consideraciones sobre los atentados de Cataluña