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sábado. 01.10.2022

Catalunya is not different

Durante largos años, hasta la muerte del tirano, mi vida transcurrió rodeada de banderas que izábamos y arriábamos al calor de gloriosos himnos fascistas...

   “Ahora vendemos más fuera de España

que en España…”.  Artur Mas. Filósofo.

Durante largos años, hasta la muerte del tirano, mi vida transcurrió rodeada de banderas que izábamos y arriábamos al calor de gloriosos himnos fascistas. Isabel y Fernando el espíritu impera moriremos besando la sagrada…, montañas nevadas banderas al viento, prietas las filas y el chunda chunda, todas cantadas con emoción,  con la mirada limpia y clara, cara al sol. He de reconocer que canté tantas veces aquellas canciones que todavía hoy recuerdo sus letras por más que haya intentado olvidarlas. Sorprendente lo que ocurre con los caprichos de la memoria y el adoctrinamiento: Olvido con enorme facilidad cosas que me interesan muchísimo y retengo otras que me causan sonrojo y aversión.  Por eso, cuando estos días pasados he vuelto a ver la proliferación de banderas por las calles y carreteras de Catalunya, cuando veo que un pueblo supuestamente culto pone todas sus ilusiones y esperanzas en un trapo amarillo con cuatro bandas rojas que hasta los Reyes Católicos fue sólo un emblema heráldico de ciertos nobles de los reinos de Aragón, no puedo sentir más que tristeza. Es cierto que las banderas son símbolos en los que se pueden condensar anhelos populares, sentimientos compartidos e identidades, pero no es menos verdad que cifrar la felicidad o la infelicidad individual o colectiva en ellas denota un grado de inocencia difícilmente comprensible.

Opuesto a la razón y a la igualdad entre los hombres que pregonaban ilustrados y revolucionarios a finales del siglo XVIII, el clérigo y padre del nacionalismo alemán Johann Gottfried von Herder, envuelto en una nostalgia historicista paranoide –cualquiera tiempo pasado fue mejor…- otorgó a las naciones un atributo del que carecen, el Volksgeist, algo muy parecido al alma, el espíritu o el carácter, cuando a nuestro entender y hasta la fecha ha sido la oligarquía dominante en cada periodo la que ha impuesto su forma de pensar y vivir al resto conformando una serie de mitos, costumbres, leyendas y pasiones que poco tienen y han tenido que ver con los problemas reales de las gentes que habitaban un territorio y hablaban una misma lengua. Es maravilloso emocionarse ante un poema de Verdaguer, Maragall, Espriu o Martí i Pol, estupendo sentirse parte de una colectividad determinada ante un castellet o al vislumbrar Montserrat, pero los problemas del pueblo catalán son el paro, el empobrecimiento, la privatización de los servicios públicos esenciales, la represión y la corrupción generalizada, y cifrar su solución en un cambio de marco político que apenas supondría nada porque el poder seguiría en las mismas manos, un síntoma de mesianismo y de inmadurez: Si se hace un cambio debe ser para mejor, y quienes hasta ahora han gobernado Catalunya han demostrado –incluyo a casi todos-  tanto su incapacidad como una desaforado amor a la tierra cifrado en su interés personal. Ya hemos citado otras veces el célebre aserto del Dr. Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Después de casi treinta y cinco años de gobiernos nacionalistas –lo han sido todos, por supuesto los del tripartito también, es una sinfonía monocorde que no admite disensos- podemos afirmar que Catalunya es más española que nunca, entendiendo lo de español tal como lo ha entendido siempre la derecha cazurra y brutal que heredamos del franquismo. Veamos.

Mientras algunos nos escandalizábamos y protestamos dónde y cuándo podíamos, todo lo que podíamos, contra el modelo Alcira que preconizaba el PP como alternativa lucrativa a la Sanidad Pública, en Catalunya hacía años que estaban llevando a cabo un silencioso plan para privatizar hospitales y externalizar servicios sanitarios, hecho propiciado por la familia Pujol y su pupilo Artur Mas cuyo Conselleiro de Sanidad hasta hace bien poco era Boi Ruiz, destacado dirigente de la Unió Catalana d’Hospitals, uno de los mayores conglomerados sanitarios privados del Estado. Sin hacer demasiado ruido y con la complicidad de una ciudadanía conformista, el nacionalismo católico catalán ha logrado en ese tiempo que más de la mitad de los niños catalanes estudien en colegios privados concertados pertenecientes a órdenes religiosas, renovando y fortaleciendo de ese modo el poder y la presencia de la iglesia católica en todos los ámbitos de la vida catalana. Aunque parezca increíble, el turismo de sol y playa –de escasísimo valor añadido- sigue siendo parte fundamental de la economía de aquellas tierras, lo mismo que el conocido fenómeno del ladrillazo que, al igual que en el resto de las comunidades con vistas al Mediterráneo, ha traído la destrucción irreparable de buena parte del litoral. Desde el caso Banca Catalana, en el que aparecía como figura estelar Jordi Pujol, la corrupción, también como en el resto del Estado, se ha convertido en un sarcoma que corroe las entrañas de las instituciones públicas. Pallerols, Alavedra, Casinos, los hijos de Pujols llevando dinero de un lado para otro, el Sr. Millet y su Palacio de la Música, cuya cristalera reprodujo en su lujosa mansión uno de los implicados, en fin, un desmadre sin paliativos que ha logrado crear una red clientelar tan opaca como poderosa ya que en ella además de empresas de ámbito estatal, aparecen también el Barça –algo más que un club-, La Caixa, la otrora franquista familia Carceller, dueña de cervezas Damm, Aguas de Barcelona, Gas Natural y la madre que los parió, viviendo como sanguijuelas de un pueblo que se desangra y languidece en espera del día prometido.

Por si fuera poco todo esto, el nacionalismo catalán creó una policía de nuevo cuño que podría haber sido ejemplar si se la hubiese preparado democráticamente para servir al pueblo, pero que al no hacerse así es hoy, como en el resto del Estado, un instrumento de fuerza al servicio de los poderosos, capaz de reprimir con violencia extrema cualquier protesta por legítima que ésta sea.

Con esos mimbres, pocos cestos se pueden hacer, pero cada uno es libre de pensar y hacer lo que le dejen pensar y hacer. Hoy –es la opinión de un antinacionalista, de un internacionalista antifascista- goza de muchas menos libertades un ciudadano de Jaén o Ciudad Real que uno de Girona capital, uno de Hospitalet que un habitante de Sarriá. El problema que nos acucia a todos es global, se llama explotación, acumulación de riquezas en pocas manos, destrucción de derechos cívicos, corrupción, oligocracia, nepotismo, empobrecimiento general, pero podemos seguir jugando a las banderas y a los paraísos perdidos: No volverán, porque no existieron. Les dejo esta maravillosa canción de Lluis Llach, a quien seguí durante muchísimos años más allá de mis posibilidades, como algo muy mío.


Catalunya is not different