sábado 14.12.2019

El capitalismo español está alcanzando sus últimos objetivos militares

“Nos están robando, españoles.
Una banda de forajidos que se ha
Apoderado del poder público para
Saquear a mansalva a la patria…”.

Miguel de Unamuno, marzo de 1929.


Estamos ante un Gobierno que permite y propicia todo tipo de desafueros con tal de defender sus intereses de clase a costa de los del común, que es la inmensa mayoría del país. Y no pasa absolutamente nada

Hace unos años el partido que manda en España por designio de la voluntad popular y por la gracia de Dios heredada de Franco, puso en marcha una reforma laboral que permitía contratar a jóvenes como becarios o prácticos por la cantidad de cero euros. Argumentaban para tal proeza legislativa que había que dinamizar –yo creo que querían decir dinamitar- el mercado laboral para que de ese modo los muchachos más y mejor formados de nuestra historia pudiesen salir de las listas del paro aunque fuese con la condición de esclavos. Son jóvenes que han tenido que estudiar pagando por la matrícula más del triple que sus compañeros franceses o alemanes, jóvenes obligados a estudiar un máster que en Francia cuesta 300 euros por un mínimo de 3.000, dado que, como todo el mundo sabe, España es un país mucho más rico que nuestro vecino del otro lado de los Pirineos y que aquel con el compartimos a un Carlos que aquí era primero y allí quinto. Una parte considerable de esos esforzados chicos, gracias a la legislación laboral vigente, se han exiliado a otros países donde de momento la esclavitud no es legal, mientras que los que se han quedado no sólo carecen de salario sino que han de poner, de su bolsillo o del de sus padres, el automóvil de empresa, la comida necesaria para la jornada interminable y todos los gastos que ocasione el desempeño laboral, que apenas tiene que ver con la formación –ya están sobradamente formados- sino en hacer lo mismito que hace su compañero de al lado por un salario cada vez más bajo debido a su presencia. Es, sencillamente, una forma de robo, de explotación legal miserable que ataca, destruyéndola, la línea de flotación del Estado Social de Derecho, provocando que el ciento por ciento del producto del trabajo del práctico o del becario engrose los beneficios del contratador al mismo tiempo que socava los derechos laborales y económicos del trabajador remunerado que, en teoría, se rige por convenio colectivo.

Del mismo modo, la reforma laboral que está promoviendo el mayor y más intenso periodo de explotación habido en España desde el franquismo, posibilita que se pague a una limpiadora de hotel de tres a cinco estrellas la increíble cantidad de un euro por habitación arreglada, que un camarero que tiene que atender solícito a veinte mesas apenas llegue al salario base mientras el dueño contesta a sus demandas individuales –nunca protestan colectivamente- con que tiene treinta en la lista de espera dispuestos a hacer lo mismo que él por menos dinero, que a un trabajador del calzado se le pague en dinero negro una cantidad ridícula después de pasarse catorce horas en una máquina de aparar rodeado de colas y cauchos incandescentes o que a un periodista -¿es posible la libertad de expresión en esas condiciones?- se le pague lo servido por lo comido por llevar café a los jefes mientras última un reportaje sobre el último desahucio o las fiestas patronales del pueblo.

Entre tanto, mientras todo esto ocurre en el país que convirtió a la Iglesia Católica en una grandísima multinacional al servicio de los buenos, una familia burguesa catalana que ha tenido, y tiene, poder casi absoluto, se pasa misales desde Andorra y Suiza para mayor gloria de Sant Jordi, Sant Jaume y la “Moreneta”, eminencias sacras que desde antiguo mostraron su querencia por la burguesía cerril y violenta que llevó a Martínez Anido, Arlegui, Primo de Rivera, Despujol y Franco al poder; los representantes del Gobierno central se ausentan del monumental caso Palau para impedir que pueda haber una acusación pública a la altura del inmenso delito, y nadie, absolutamente nadie pide que se meta a la cárcel de por vida a esos desalmados y se incauten –tal como proponía el juez Bermúdez- tanto los bienes robados como los propios, sean gananciales, privativos, de origen cierto o incierto; nadie da un “bon cop de falç”, a callar y a esperar la próxima diada, todos juntos, corruptos e incorruptos, como un solo hombre, como una sola mujer, como si nada estuviese pasando arriba del Ebro. En la Villa y Corte, en la capital de los Reinos, que antes lo fue de la Gloria y “Rompeolas de todas las Españas”, forajidos hablan de poner y quitar jueces y fiscales, que si este me gusta, que si el otro es apropiado, que es urgente mandar a tal magistrado a las Bermudas y que se joda, todo entre expresiones tan lindas como “hijos de puta”, “cabrones”, “cojones”, “mierda”, mientras sacan dinero a raudales del Canal de Isabel II, de las Arcas Públicas, de las contratas y privatizaciones, mientras se hacen de oro y en su impunidad ni siquiera son capaces de ocultar sus conversaciones a los teléfonos y ordenadores, mientras las listas de espera de los hospitales públicos crecen y crecen hasta hacerlos inservibles por falta de financiación, mientras el número de familias sin ingresos de ningún tipo aumenta día tras día sin que nadie monte un dos de mayo, sin que nadie sea capaz de imitar la conducta de Gandi y decir aquí he llegado y aquí me quedo, en esta calle, en esta plaza, hasta que el último de los chupasangres que asola el país no esté a buen recaudo entre rejas de grafeno de última generación. No, indolencia, abulia, desidia, displicencia, indiferencia, pero eso sí, deseando que llegue la próxima cita electoral para volver a votar a los causantes de este gigantesco latrocinio.

Sometidos becarios y prácticos a la inanidad, precarizado el trabajo hasta la incertidumbre cotidiana, silentes las organizaciones sindicales ante la pauperización progresiva de los trabajadores de casi todas las clases, paralizados los partidos que antes luchaban por los derechos de los más desfavorecidos, el capitalismo hispano está a punto de conseguir sus últimos objetivos, objetivos que permiten a buenos y eficaces ciudadanos como Ángel Cano, exconsejero del BBVA, jubilarse con 46 millones de euros, a Javier Monzón, de INDRA, con 15 millones, a Felipe Benjumea con otros 15, a Juan Bejar, de FCC, con 14, 96, a Pablo Isla, de Inditex, con 12,17 o a Carlos de Palacio, de Talgo, con 11,24, pensiones moderadas que no son óbice para que Florentino Pérez y su grupo cobren una indemnización multimillonaria por el almacén Castor o que los dueños de las autopistas privadas y privatizadas vayan a ser rescatado por el Estado que no tiene dinero para servicios públicos con miles de millones del Erario. Como podemos ver, estamos ante un gobierno que permite y propicia todo tipo de desafueros con tal de defender sus intereses de clase a costa de los del común, que es la inmensa mayoría del país. Y no pasa absolutamente nada. Enhorabuena.

El capitalismo español está alcanzando sus últimos objetivos militares