El capitalismo es cosa de hombres

Imagen tomada del blog nosolodegraficavivelamujer, sobre una pintura en vivo en el XIII EFLAC Perú - Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. Nov 2014 - Lima, Perú
Imagen tomada del blog nosolodegraficavivelamujer, sobre una pintura en vivo en el XIII EFLAC Perú - Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. Nov 2014 - Lima, Perú

Es tiempo de mujeres...

Los hombres hemos fracasado rotundamente en la construcción de una sociedad justa, fraternal, igual y libre, hemos llevado al mundo hacia un terreno en el que todo está en peligro, desde los derechos humanos, hasta la conservación de la naturaleza

Hace unas semanas, caminando por un hermosísimo paraje de la Sierra de Segura, me encontré a un hombre que buscaba huellas de animales. Le pregunté si estaba detrás de alguno en concreto y me dijo que no, que le encantaba identificarlos por su pisada en la tierra. Nos presentamos y anduvimos un largo trecho hasta que me dijo que había nacido en una remota aldea del sur de Albacete llamada Los Chorretites. Asombrado, le comenté que una parte de mis familiares más queridos procedían de ese lugar y que había pasado allí muchos días, en una casa de muros gruesos y ventanas pequeñas donde ni entraba el calor ni el frío. Tan sorprendido como yo, Juan quiso saber quiénes eran mis familiares. Le nombre a varios y los conocía a todos como es natural, pero al nombrarle a mi tía Antonia, se emocionó. Era una mujer increíble, todo bondad, no paraba ni por el día ni por la noche, todavía la recuerdo cuando bajaba con la azada a desbrozar los bancales de la Noguera y luego, sudando como si hubiese estado en el horno de Pedro Botero, subía la cuesta tirando de un hato de aliagas con el que construía el cerco donde metía las ovejas. Hacía la matanza, llevaba las tierras, el ganado y la casa. Y a su marido, a Marcial, ¿lo conoció también? Pues claro, muy buena persona, pero trabajar le gustaba poco, era el pedáneo y siempre estaba de feria en feria para vender las ovejas, a él le daba igual, incluso a veces las vendía por menos de lo que valían, pero se tiraba unos días en la ciudad a cuerpo de rey. Luego, cuando se le acaban los cuartos, regresaba.

Soy de una comarca segureña en la que confluyen cuatro provincias: Murcia, Albacete, Granada y Jaén, por tanto, me he criado en el medio rural, aunque mi pueblo, Carabaca, era la capital administrativa y comercial de la zona. Antonia pasaba temporadas en casa de mis abuelos, y al igual que mi abuela y mi madre, trabajaba desde que salía el sol hasta que se ponía, sin cobrar un real, sin seguridad social y con cuatro cuartos en la cartera que gastaban en los demás. Desde la ventana de mi casa, allá por los años últimos de la década de los sesenta y primeros de la de los setenta bajaban cientos de mujeres que iban a las fábricas de conserva a echar las horas que quería el empresario por el jornal que le daba la gana. Antes de salir de casa, aquellas mujeres que hoy cobrarán una pensión no contributiva, habían limpiado su casa y dejado el puchero puesto. Trabajaban como mulas, pero su trabajo, que era básico para mantener la economía familiar, no contaba en las estadísticas, servía para subsistir y para engrosar las ganancias del patrón. Ya sé que eso puede parecer algo del pasado y sólo reducido al ámbito rural, sin embargo, estoy convencido de que era algo que pasaba en toda España, que las mujeres, criadas en un mundo patriarcal y dictatorial, marcadas por las amenazas que desde el púlpito les regalaban curas y frailes, fueron quienes, contra viento y marea, sacaron este país adelante, con jornadas laborales infinitas y no reconocidas, con ausencia de escuela, con presencia abrumadora de monjas y vírgenes, con la vida trazada desde el nacimiento por los hombres que habían creado el mundo y a Dios, todo a su imagen y semejanza, a su servicio. Y, sin embargo, pese a esas condiciones tan adversas como primitivas, personalmente, mi mundo está lleno de mujeres a las que quiero y admiro con toda mi alma, porque, castigadas, excluidas, maltratadas, supieron conservar su inteligencia y un amor a la vida que se tradujo en una increíble humanidad.

El día internacional de la mujer tiene sus orígenes en las múltiples movilizaciones que protagonizaron trabajadoras socialistas desde que en 1884 Engels dio a conocer su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, manifestaciones y huelgas cada vez mayores que concluyeron en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas de Copenhague de 1910. Allí, ha propuesta de Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo y Alexandra Kolontai se acordó que en adelante el día 8 de marzo sirviese para recordar la lucha de las mujeres y reivindicar sus derechos laborales, sociales, económicos y políticos. Posteriormente, en los primeros momentos de la Revolución rusa, Alexandra Kolontai conseguiría que el Soviet Supremo de la URSS aprobase por primera vez en la historia el derecho de las mujeres al aborto y al divorcio, marcando un hito que luego sería seguido por la mayoría de los países occidentales. Desde aquellos primeros días, muchas mujeres han conseguido que sus derechos sean respetados como los de los hombres, sobre todo en los países nórdicos, pero la inmensa mayoría sigue viviendo en condiciones de explotación, sumisión y humillación, lo que demuestra sin ningún género de dudas lo poco que hemos avanzado en un siglo de historia y que el mundo sigue estando organizado por los hombres, que son quienes deciden qué lugar ocupa cada cual.

Durante las últimas semanas se viene insistiendo una y otra vez en la escasa presencia de mujeres en los cargos directivos de empresas, gobiernos y órganos de representación democrática, dando por hecho que el mundo que han diseñado los hombres desde el principio, es un mundo maravilloso, que la competencia entre personas es la mejor forma de selección o que estar arriba dentro del sistema capitalista machista y opresor, es la mejor forma de demostrar que las mujeres han alcanzado los mismos derechos que los hombres y las mismas oportunidades. Me niego tajantemente a creer en esa falacia: El capitalismo es un sistema criminal que está alcanzado sus máximos niveles de maldad, llegar a puestos relevantes dentro de él sólo puede servir para que el mecanismo siga funcionando como hasta ahora, es decir, para que continúe la explotación, la exclusión y la desigualdad. A mí me da igual que me explote, me robe, me mienta y me oprima Mariano Rajoy que Celia Villalobos, Ana Patricia Botin que Ignacio González, porque tienen el mismo código ético e idénticos patrones de comportamiento. Los hombres hemos fracasado rotundamente en la construcción de una sociedad justa, fraternal, igual y libre, hemos llevado al mundo hacia un terreno en el que todo está en peligro, desde los derechos humanos, hasta la conservación de la naturaleza. No damos más de sí en nuestra crueldad y avaricia insaciables. Creo que ha llegado el tiempo en que la parte que menos ha tenido que ver en esta calamidad global, tome las riendas al menos por otros cuatro mil años en la seguridad de que sólo así veremos los cambios que necesitamos para progresar de verdad, como especie. El hombre, el macho, cómo género, sobre todo en los escalones más altos, ha perdido cualquier contacto con lo humano, con la humanidad. Es necesario y urgente, un cambio radical en el que sus modos, sus códigos, sus formas y su moral pasen a ser irrelevantes: Es tiempo de mujeres.

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