domingo 23.02.2020

El ascenso de Vox y la aldea global

 “Cuando pienso en todos los males que he visto y he sufrido
a causa de los odios nacionales, me digo que todo ello descansa sobre
una odiosa mentira: El amor a la patria”.

León Tolstoi.


Si hay algo históricamente demostrado como nocivo para los pueblos es el nacionalismo. Como decía muy acertadamente Gila y popularizó Fernando Fernán Gómez, “el patriotismo es un invento de las clases adineradas para que las clases económicamente inferiores defiendan los intereses de los poderosos para mantener y acrecer su riqueza y, al mismo tiempo, convencer a la gente normal para que defiendan sus privilegios”. Fue así a lo largo de todas las guerras habidas y por haber, en aquella que llamaron Gran Guerra y que costó la vida a millones de personas inocentes y al gran Jean Jaurès por incitar a los trabajadores alemanes y franceses a que desertaran y no combatiesen contra sus hermanos del otro lado de la frontera. Asesinado por un ultraderechista nacionalista francés, Raoul Villain, Jaurès consideraba que la patria del hombre era la humanidad y que lo que se ventilaba en esa guerra primera de las mundiales nada tenía que ver con los trabajadores europeos y sí mucho con las luchas de los poderosos por el dominio mundial de las colonias. Antes, mucho antes, el Dr. Johnson, en el siglo XVIII, nos advertía sobre ese patriotismo que se utiliza para esconder intereses espurios, contra los patriotas que bajo las banderas al viento sólo pretenden obtener ventajas: “El patriotismo, decía, es el último refugio del canalla”. Por su parte Arthur Schopenhauer afirmaba que “todo imbécil execrable que no tiene en el mundo nada de que enorgullecerse, se refugia en ese último recurso de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad”. Aunque sea políticamente incorrecto en tiempos reaccionarios, conviene también recordar aquel célebre pensamiento de León Trotski sobre la cuestión: “El patriotismo es la parte principal de la ideología mediante la cual la burguesía envenena la conciencia de clase de los oprimidos y paraliza su voluntad revolucionaria, porque patriotismo significa sujeción del proletariado a la nación, tras la cual está la burguesía”.

Pero, ¿de qué sirve que Voltaire, Carlos Marx, Guy de Maupassant, León Tolstoi, George Bernard Shaw, Hermann Hesse, Stefan Zweig, Mark Twain, Emile Zola, Thomas Mann, García Lorca o Bertolt Brecht abominasen de nacionalismos y patriotismos si tenemos a Bertin Osborne, Ana Rosa Quintana, Antonio Ferreras, Susana Grisso, la prensa estatal y provincial, los locutores de TV3 y TVMurcia para ilustrarnos? ¿ Para que vale que la Historia nos haya dado tantísimas lecciones de lo  que no debemos hacer, de lo que fue nefasto para nuestros ancestros y lo volverá a ser para nosotros, nuestros hijos y nietos si no leemos historia, sino sabemos apenas nada de lo que sucedió hace cincuenta años en nuestro país y, además, nos la trae al pairo? ¿Para qué, en fin, dejarse los pocos sesos que uno tiene en intentar que seamos cada día un poco mejores, más justos, más solidarios, más honrados, más benéficos si aquí cada cual tiene su libro aunque no haya leído ninguno, aunque haya leído muchos, si somos incapaces de escuchar a los grandes maestros, pensar en su pensamiento y aprender? Como decían los viejos republicanos españoles, aquellos que naufragaron en el intento de edificar la Primera República, todo eso sólo sirve para mantener la llama viva, aquella a la que acudirán, pasada la enfermedad, las gentes que buscan la libertad y su inseparable compañera, la fraternidad.

Sigan ustedes jugando a las banderitas, que hay otros que no paran y están construyendo el fascismo global

España, se ha igualado a la mayoría de países de Europa y a Estados Unidos. El principal partido de derechas español es heredero directo del franquismo, luego sí teníamos extrema derecha, pero con un poquito de disimulo. En el seno de ese partido se pusieron los huevos de la serpiente y fueron cuidados con mimo por Esperanza Aguirre, Mayor Oreja y José María Aznar entre otros. Eran jóvenes reaccionarios, con cuatro ideas simples, muy mucho españoles, que estaban en la trastienda al calor de magníficos sueldos estatales o de diversos chanchullos millonarios, esperando la oportunidad para dar el gran salto. La ceguera y el egoísmo del unilateralismo catalán -que en ningún momento se planteó contar con otros pueblos de España ni combatir los verdaderos problemas de todos: neoliberalismo, corrupción, desigualdad, nepotismo, exclusión y embrutecimiento crecientes-, creó el clima necesario para que los sabuesos saliesen de sus refugios dorados para mostrar que ellos también tenían una bandera tan grande o más que las otras, y que esa bandera, como todas, tenía sus enemigos en los que esgrimían otras y excluían a otros, en los homosexuales, en las mujeres no sumisas que exigen igualdad, justicia y respeto, en los pobres que quieren vivir, en los migrantes que vienen a cuidar a nuestros mayores porque nosotros no podemos o no queremos hacerlo, a llevar nuestras huertas y campos y recoger las cosechas por treinta euros al mes doce horas al día.

Es otro nacionalismo unilateral que ha prendido en las clases más pudientes, en la plutocracia, en los franquistas que siempre estuvieron ahí, pero también, gracias a la ignorancia creciente, en los pobres de San Pedro del Pinatar, de Cartagena, de Murcia, de Caravaca, de Lepe, de El Egido, de Alicante, en el distrito más rico de Barcelona -Sarriá- y en el más pobre -Nou Barris-, en Albacete y en Madrid. Banderas contra banderas, pobres defendiendo los intereses de los explotadores que ni pagan impuestos ni jamás se han preocupado por otro artículo de la Constitución que no sea el 155, burrería nacional a la que apenas escapa el País Vasco, donde tras décadas de sangre, parecen haber encontrado el camino de la convivencia y el diálogo, algo que debería imitarse en el resto del país. Dejad que los cántaros se rompan contra los cántaros decía Manuel Azaña, a quien casi nadie lee, a quien nadie escucha pese a su inmensa sabiduría. Los cántaros todavía no han chocado, pero de no mediar reflexión, cordura, sensatez, lucidez, de no dejar de una vez por todas los cojones en la mesilla de noche antes de salir a la calle, volverán a hacerlo, por nada, porque no hay nada digno en las demandas de los unilaterlistas, sólo aldeanismo, caspa, emociones prefabricadas e intolerancia.

Ya tienen todos bandera, himnos, patria. Entre tanto, la miseria afecta cada día a capas más amplias de la población, las libertades cada día más amenazadas por la crecida de los ultras, los oprimidos votando o siguiendo a los opresores, la corrupción sigue su curso como si a nadie le importase, los jueces que entienden la justicia como instrumento de clase o de venganza, dictando sentencias, los asesinados en masa en las cunetas, las universidades y los hospitales sin presupuesto, la hucha de las pensiones, vacía, las privatizaciones al alza y muchos niños yendo a aulas prefabricadas mientras que cada año se entrega más dinero a la Iglesia Católica para sus colegios confesionales y ultramontanos a los que también llevan sus hijos quienes no tienen para comer por si acaso surge un buen partido.

Y mientras todo esto sucede en España, mientras los aldeanos continúan agitando banderas que no presagian nada bueno para casi nadie, google y otras empresas tecnológicas al servicio del amigo americano, con el mundo cartografiado, se meten en los historiales clínicos de cientos de millones de personas para saber de qué pie cojean. Sigan ustedes jugando a las banderitas, que hay otros que no paran y están construyendo el fascismo global. ¡¡¡Vamos listos!!!

El ascenso de Vox y la aldea global