domingo 23.02.2020

Pie para la foto del niño ahogado de Siria

No podemos consentir que el impacto por la imagen tremenda de este niño sea utilizado para desviar la demanda social hacia la compasión temporal.

Hemos sido golpeados por la foto terrible del niño Aylan Kurdi ahogado en una playa turca cuando huía con su familia de la guerra siria hacia Europa. Una foto que ha horrorizado al conformista mundo occidental. “Es un niño como los nuestros, vestidito con una camiseta y un pantaloncito”, decía una tertuliana en un programa de radio. No han sido suficiente para el estómago europeo las imágenes de niños reventados por las bombas o las de cadáveres en el ya bautizado como Mare Mortum que, a diario, arriban a las playas de nuestros medios de comunicación. Los muertos, hasta ahora, solo eran cifras en el telediario.

En esta ocasión ha sido muy difícil sentirse ajeno a la enorme carga de sufrimiento humano que la tragedia de la fotografía refleja. Un sufrimiento cuyos iniciales promotores “no están en desiertos ni en montañas lejanas”, sino aquí entre nosotros. Algunos incluso se han apresurado a incorporarse al coro de plañideras oficiales, rasgándose las vestiduras en público mientras amparan en la sombra suculentos contratos de venta de las armas con las que se asesinan a miles de Aylan cada día en Siria, en Irak, en Palestina y en tantos países de África y Oriente Medio.

Tragedia de los refugiados que, desde la unión de banqueros en que nos han convertido el proyecto europeo, se percibe como un peligro electoral para los administradores políticos del negocio. Para una derecha gobernante, que trata de conjurar el efecto en parte de su electorado del discurso xenófobo de la extrema derecha con una versión suavizada de la misma receta. Y para una socialdemocracia timorata, cautiva y desarmada ante el neoliberalismo triunfante. A ninguno de los cuales importa, en el fondo, lo más mínimo. Como demuestra el hecho de que fueran capaces de actuar unidos como un solo hombre para someter hasta la humillación a Grecia y no hayan logrado parar la masacre siria, ni frenar la inexorable conquista de Irak por los genocidas de Daesh.

Pero la inacción por falta de conciencia, de talla política y por el sometimiento a intereses geoestratégicos ajenos de los dirigentes de la Unión Europea no solamente está permitiendo la destrucción de los países directamente afectados por el conflicto, sino que está allanando el camino a nuevas formas de fascismo en Europa. Lo que en estos días comprobamos en la actuación, ya sin disimulo, del gobierno de Hungría, que vuelve a levantar muros de alambradas y campos de internamiento  en un suelo que aún no ha acabado de empapar la sangre de millones de sacrificados por el odio. O en Ucrania, donde los nazis, integrados en el gobierno con todas las bendiciones de Occidente, intentan un nuevo Maidán para hacerse con todo el poder y continuar la guerra contra su propio pueblo.

Y qué decir del gobierno turco, que utiliza el pretexto de apoyar los bombardeos contra el Daesh para masacrar a los kurdos, los únicos que de verdad están poniendo su carne en el asador para frenar a los fanáticos en el campo de batalla.

No podemos consentir que el impacto por la imagen tremenda de este niño sea utilizado para desviar la demanda social hacia la compasión temporal. Debe darse acogida a los refugiados por los Estados y por supuesto que a todos, pero hay que exigir fundamentalmente un cambio radical en las políticas que han hecho posible este desastre y hay que hacerlo movilizándose.

Por eso, el mejor pie que hoy podríamos poner bajo esta foto del niño ahogado en la playa debería ser un grito como el que surgió tras la victoria contra el fascismo en 1945: “¡Nunca más!”

Pie para la foto del niño ahogado de Siria