domingo 15.09.2019

La náusea

Se lo confieso, no he podido evitarlo, sentí una náusea profunda, existencial, al escuchar por la radio la respuesta de la conselleira de Sanidade de la Xunta de Galicia...

Se lo confieso, no he podido evitarlo, sentí una náusea profunda, existencial, al escuchar por la radio la respuesta de la conselleira de Sanidade de la Xunta de Galicia a la pregunta de una periodista sobre sus impresiones pocas horas después de la catástrofe ferroviaria de Santiago de Compostela. La señora espetó con contundencia y absoluta claridad: “me siento profundamente satisfecha”. Tanta claridad y contundencia, que la entrevistadora se quedó muda durante varios segundos, dejando que flotase sobre las ondas la expresión, incrédula seguramente, a la espera de que la interpelada la explicase y nos sacase a los escuchantes y a ella misma de la estupefacción. Pero la explicación fue aún más alucinante, aunque al menos sirvió para que nos hiciéramos una idea de lo que albergaba la mente de la política en ese instante. Volvió, tras el silencio, a expresar su “satisfacción personal” por lo bien que había funcionado todo y la estupenda coordinación de los servicios sanitarios de ella dependientes. Lo repitió una y otra vez, hasta que, supongo que por un destello de consciencia, pareció verse obligada a agradecer y valorar el buen trabajo del personal, médicos y enfermeras.

Al día siguiente, en el transcurso de la rueda de prensa del ministro del Interior, la ministra de Fomento y el presidente de la Xunta, volví a experimentar de nuevo la misma sensación al escuchar la intervención del primero, que fue, más que dar cuenta del estado de la cuestión en ese momento, una loa a los cuerpos de seguridad a sus órdenes, hasta tal punto y con tal desmesura que, en su posterior intervención, Feijóo tuvo que matizar las palabras de Fernández Díaz haciendo mención de la actuación de los vecinos de la zona. Porque fueron ellos, además de varios guardias civiles (nombrados solo de pasada por el ministro), los primeros que se tiraron a la vía como un solo hombre, ignorando si los cables aún tenían alta tensión, jugándose su propia vida, a arrancar de la muerte a todos los pasajeros que pudieron hasta que empezaron a llegar los primeros equipos de auxilio. Ciudadanos corrientes, guardias, bomberos, sanitarios de emergencia y francos de servicio, miembros de Cruz Roja, policías nacionales y locales (tampoco citados), guiados por su voluntad y profesionalidad, fueron los que asistieron a los accidentados sin coordinación alguna hasta pasadas varias horas (para comprobarlo, no hay más que leer las conversaciones entre los centros de emergencia publicadas por la prensa).

Estas actitudes revelan la reacción obsesivo–compulsiva de unos políticos que se sienten acorralados y víctimas de la ojeriza que la mayoría de la sociedad les ha cogido por todo lo que están haciendo y deshaciendo. Tanto la conselleira, como el ministro, al alabar de manera insistente la buena gestión de la crisis, la magnífica actuación de sus cuadros de mando y el funcionamiento de su aparato de catástrofes, se estaban alabando a sí mismos mientras que aún médicos, bomberos y policías  - malditos funcionarios que tanto les estorban - se dejaban la piel por salvar todas las vidas posibles, rebuscar entre los vagones más machacados y tratar de identificar los últimos restos humanos. Para estos altos representantes del Estado, lo principal eran ellos, su política y su Gobierno, antes que la gente que estaba sufriendo o trabajando desesperadamente.

Luego han venido por parte de otros miembros del Gobierno y de la Xunta, el agradecimiento a los gallegos, el canto a la solidaridad de los españoles y todo lo demás, pero la espontaneidad suele ser reflejo fiel del verdadero fondo de un pensamiento y, lo siento, el de estos señores me da náuseas.

La náusea