domingo 23.02.2020

COP25: crónica de un fracaso anunciado

La ministra para la Transición Ecológica en funciones, Teresa Ribera.
La ministra para la Transición Ecológica en funciones, Teresa Ribera.

La conferencia mundial sobre cambio climático ha terminado y como se veía venir ha sido un fracaso. No quiere decir que se hayan levantado de la mesa sin acuerdo, pero casi. En este tipo de encuentros diplomáticos las apariencias son muy importantes.

Hace unos meses ya se barruntaba que no habría avances sustanciales en esta cumbre. Las patochadas de Trump, haciendo burlas sobre el cambio climático y luego anunciando que EEUU iba a retirarse del Acuerdo de París de 2015, suponían un banderín de enganche para todos los que no quieren frenar de ninguna manera la quema de combustibles fósiles. 

A Trump, Bolsonaro, Bin Salmán y compañía no parece preocuparles demasiado las grandes movilizaciones de los jóvenes o de los indígenas de los países en desarrollo

La COP25 nació ya muy tocada, desde el momento en que, al país organizador, Chile, le resultaba imposible hacerlo por estar inmerso en una movilización social sin precedentes, consecuencia del fanatismo neoliberal de Piñera. De no ser por el ofrecimiento in extremis del gobierno de Sánchez quizás no se hubiera celebrado.

Incluso toda la atención mediática prestada a Greta Thunberg huele a maniobra de distracción de los verdaderos objetivos de esta conferencia. Algunas cadenas de TV importantes se empeñaron, desde semanas antes de su comienzo, en presentarla como la cumbre de Greta.

Queda ahora muy sarcástica la consigna principal de esta COP: “Tiempo de actuar”. A no ser que se entienda que los estados participantes han decidido darse tiempo para adoptar medidas eficaces, en una nueva versión del clásico hoy no se fía, pero mañana sí.

La valoración de las grandes organizaciones ecologistas internacionales es negativa. Amigos de la Tierra ha manifestado que lo aprobado es insuficiente y no tiene perspectiva de mejora de los compromisos de reducción de emisiones. En la misma línea se han pronunciado Greenpeace, Seo Birdlife, WWF y Fridays for Future, entre muchas otras.

Sobre la regulación de los mercados de carbono, aseguran, como el vicepresidente de la UE Frans Timmermans, que es preferible la inexistencia de acuerdo a un mal acuerdo. Y menos mal que la presidencia chilena no se salió con la suya en el intento de llegar al mismo pacto deseado por Brasil para bajar de forma drástica el precio de seguir arrojando CO2, porque habría desvirtuado totalmente la finalidad de este mercado creado por el protocolo de Kioto.

Tampoco se ha concretado la dotación de 100.000 millones de dólares al Fondo Verde del Clima, por el cual los estados más afectados podrían acceder a financiar más proyectos destinados a mitigar los daños y adaptarse a ellos.

El resultado en general ha sido decepcionante y podía haber sido peor. Lo único positivo es que se va a seguir teniendo de base el trabajo de los científicos, así como la incorporación de demandas de la sociedad civil hacia la transición justa, plan de género y equidad, según ha declarado la ministra española Teresa Ribera, quien se ha batido el cobre hasta el último minuto, sustituyendo incluso a la presidencia chilena para obtener un resultado lo más positivo posible.

Un indicador nada esperanzador para la próxima cita el año próximo en Glasgow es la escalada hasta el 10% del valor de las acciones de la petrolera saudí Aramco. Lo que nos da una idea de por dónde quiere ir la inversión privada.

Claro, frente a intereses tan poderosos resulta muy difícil articular un consenso internacional. A Trump, Bolsonaro, Bin Salmán y compañía no parece preocuparles demasiado las grandes movilizaciones de los jóvenes o de los indígenas de los países en desarrollo y mucho menos que sean los más pobres los más damnificados ahora mismo por las consecuencias del desastre ecológico.

En fin, siempre nos quedará París…al menos hasta el año que viene.

COP25: crónica de un fracaso anunciado