domingo 23.02.2020

Construyendo a Trump

Trump ha comenzado a gobernar en los Estados Unidos y aquí todo es rasgarse las vestiduras. Tertulianos, periodistas y políticos de todos los pelajes, emiten lacrimógenos mensajes a la vez que ensalzan las manifestaciones masivas de protesta de la parte más activa de la sociedad norteamericana.

¡Quién lo iba a decir! Muchos de los que llevan años denigrando a quienes salen a la calle contra las injusticias, ahora valoran positivamente esta movilización. Son los mismos que primero se rieron del movimiento del 15M y luego le tacharon de populismo. Incluso los que acusaron a Obama de blando, a pesar de que no supuso un peligro para el orden neoliberal, ahora le ensalzan.

Marx comienza el “18 Brumario de Luis Bonaparte” con la referencia a la concepción de Hegel de que los hechos y  personajes de la historia que aparecen como tragedia, vuelven a repetirse como farsa años después. Y eso parece que estamos viviendo. Porque evidentemente Trump no es Hitler, pero de manera semejante es un personaje que provocaba la carcajada…hasta que tuvo en su mano los dispositivos de destrucción. También como aquél, ha llegado al poder aupado por una parte frustrada del electorado y por una derecha fundamentalista, negadora de la realidad científicamente demostrada, patriotera, xenófoba y profundamente racista. Los nazis convencieron a los parados alemanes de los años treinta de que los judíos eran los culpables de todos sus males y ahora los seguidores de Trump han logrado inculcar a los obreros blancos del llamado “Cinturón de Óxido” de Norteamérica que son los inmigrantes los culpables y proclamado el nuevo chivo expiatorio: los mexicanos.

Pero nada de esto sería posible de nuevo si no se estuviera trabajando, desde la ideología dominante, por construir una alternativa dentro del propio sistema capitalista a la globalización, que a estas alturas ya ha dejado de interesar a algunos de los oligopolios mundiales. Muchos articulistas predicen la caída de Trump precisamente en base a un supuesto desajuste entre sus objetivos  y los intereses del capital transnacional, yo francamente lo dudo. Hay que recordar lo afirmado por Eric Hobsbawm de que “el gran capital puede alcanzar un entendimiento con cualquier régimen que no pretenda expropiarlo”. Y también que “el fascismo triunfó sobre el liberalismo al proporcionar la prueba de que los hombres pueden, sin dificultad, conjugar las creencias absurdas sobre el mundo con un dominio eficaz de la alta tecnología”.  Así fue en los años treinta del pasado siglo y así puede volver a ser ahora.

La ola de nacionalismo, viene de lejos y surge del propio sistema en aparente contradicción con sus propias reglas de juego. A una parte poderosa de la minoría dominante ya no le basta la apertura de fronteras a los capitales. Ni siquiera le vale controlar el arbitraje, como ocurre con los tratados de libre comercio. Quieren arrinconar a las economías llamadas emergentes. Para eso ha llevado al poder a Trump, en coincidencia con los ultras que quieren romper la Unión Europea.

Veremos cuánto tiempo tardan los conservadores y neoliberales en apoyar de palabra y de hecho la “realidad alternativa” que proclaman en el otro lado del mar. Un trampantojo que  ha tenido una lenta gestación en las guerras injustas de Oriente Medio, en el rearme agresivo de la OTAN, en el recorte del estado del bienestar europeo, en la hegemonía de las ideas conservadoras que han anegado la Gran Bretaña desde Thatcher a Blair, en el acoso a la Rusia postsoviética para que se convierta en un estado fallido subsidiario. Y que, desde  luego, no ha sido combatido suficientemente por las políticas de los demócratas estadounidenses y de los socialdemócratas europeos.

Todos ellos, por acción o por omisión, están construyendo a Trump.

Construyendo a Trump