sábado 11.07.2020

Europa necesita renovar su propósito

Hace algo más de una década, en septiembre de 2009 y en plena crisis financiera, escribí un artículo en este mismo medio bajo el título “Europa, en busca del alma perdida”. En él, advertía que el proyecto europeo corría un serio peligro. En aquel momento, tras más de 60 años de paz, de reconciliación, de estabilidad y de prosperidad compartida en el viejo continente, y una vez completada la ampliación hacia el centro y este de Europa, el proyecto había perdido fuelle. Aquel relato emocional de la segunda mitad del siglo XX a la que España se incorporó en el último cuarto de siglo con enorme éxito, había quedado superado por los nuevos retos. El tsunami económico de la crisis financiera global, la lucha contra el cambio climático y el reto energético, la disrupción tecnológica, la precariedad laboral y el desempleo, o la siempre compleja gestión de la inmigración, venían a tensionar al límite las costuras del tejido político e institucional del viejo continente y su capacidad de respuesta.

Muchos advertíamos entonces que los éxitos del pasado no garantizan los éxitos del futuro. Los otrora ideales movilizadores de la idea de Europa de los padres fundadores, estaban languideciendo frente al empuje de las ideas de nuevos movimientos populistas y de extrema derecha que promulgaban la renacionalización de competencias o el cierre de fronteras. Hoy una década más tarde, los europeístas asistimos con pesadumbre al declive de la idea de Europa, quizás condenados a una dulce decadencia ante la incapacidad de responder a los viejos y los nuevos problemas europeos y globales. Todo ello con un grave riesgo de deterioro de nuestras democracias modernas acosados por el auge de los movimientos de extrema derecha a lo largo y ancho del continente. La reacción a esta situación no es fácil. La Unión Europea y sus instituciones son una máquina bien engrasada para la integrar y gestionar la creciente complejidad, pero con unos tiempos y unos procesos lentos y burocratizados, así como un presupuesto menguante fruto de la compleja arquitectura institucional. La gobernanza europea equivaldría a un gran transatlántico que navega firme por el mar una vez tiene trazado su rumbo en el que cualquier maniobra o viraje requiere de una compleja operación y tiempo en la que están implicados muchos actores.

Sólo si Europa y la ciudadanía se reencuentran y conseguimos renovar un mayor sentimiento de pertenencia recuperaremos el pulso, la ilusión y la pasión por el fascinante proyecto de presente y de futuro que es la UE

En un momento de incertidumbre y yuxtaposición de crisis internas y externas como las que vivimos, necesitamos reconstruir el relato y el método europeo. Por un lado, necesitamos renovar el contrato social con una nueva ética de la construcción europea que se haga cargo del estado de ánimo de la gente. Por otro, es imprescindible modernizar y actualizar los métodos de gobernanza y toma de decisiones para dotarnos de una nueva agilidad estratégica que permita responder a este mundo “fast and furious” con constantes escenarios de policrisis en los que hay que responder prácticamente en tiempo real. Europa necesita renovar el propósito del proyecto europeo para reforzar el vínculo de credibilidad entre los europeos y las instituciones para reconciliar de nuevo destino y convicciones.

Un propósito no se improvisa. Tampoco se puede diseñar en un laboratorio de ideas o entre un grupo de sabios. El propósito de la Unión Europea tiene que ser un reto global compartido. Es el factor diferenciador, auténtico y más relevante para dar sentido estratégico a las políticas europeas y que contribuya activamente a generar una nueva conexión -engagement- entre las instituciones y la sociedad en su conjunto. Las personas, las empresas y las instituciones, necesitamos de un propósito para dar coherencia y sentido a nuestra actividad. Es el alma del proyecto europeo que permite mantener y reforzar la licencia social de las instituciones para generar un renovado sentido de pertenencia, confianza y de comunidad. Algo especialmente sensible en un momento en que nuestras democracias están en peligro por la emergencia de las ideas populistas, xenófobas y excluyentes de partidos, movimientos e incluso algunos gobiernos europeos que forman parte de la toma de decisiones.

La Comisión Europea ha presentado hace pocas semanas sus ideas para dar forma a la Conferencia sobre el Futuro de Europa y que se pondrá en marcha el Día de Europa, el 9 de mayo y durará dos años. Un debate liderado por la propia presidenta Ursula von der Leyen que se comprometió en su investidura a escuchar a la sociedad y a reforzar los procedimientos encaminados a fomentar un debate abierto, inclusivo, transparente y estructurado. Todo ello está muy bien, pero necesitamos mucho más que hablar de políticas y procedimientos. La pócima mágica del proyecto europeo es contar un propósito compartido mayoritario como principal activo estratégico que transmita autenticidad, lealtad y libertad. Y es que el liderazgo tiene mucho que ver con un propósito. Europa tiene que revisitar por qué hace las cosas y no solo qué y cómo las hace. Las insoportables imágenes de la crisis de los refugiados y la forma de gestionarla es un buen ejemplo de que tenemos enormes contradicciones entre nuestros valores, nuestros relatos y las políticas. Si Europa quiere ser líder global, tiene primero que ser coherente consigo misma.

Acabo estas líneas de igual forma que hace una década. El alma de Europa son sus gentes. Sólo si Europa y la ciudadanía se reencuentran y conseguimos renovar un mayor sentimiento de pertenencia recuperaremos el pulso, la ilusión y la pasión por el fascinante proyecto de presente y de futuro que es la Unión Europea. Pongámonos a la tarea antes que después.

Europa necesita renovar su propósito