lunes 26/10/20

Una vida menos clandestina

Primera Asamblea General de Comisiones Obreras. En el centro Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius. Barcelona, julio 1976 (Foto: UCM)
Primera Asamblea General de Comisiones Obreras. En el centro Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius. Barcelona, julio 1976 (Foto: UCM)

He empezado por fin a leer Aquí no hemos venido a estudiar, de Enric Juliana, un ejercicio de “memoria intrahistórica” documentado con minuciosidad. Aún no he llegado a la página 100. Estoy, en concreto, en la 99, en el titular del capítulo “Tito se rebela”.

Es como examinar una fotografía de tus antepasados: “Mendiola” el roble vasco, “Puig” el vendedor de huevos; hombres solitarios, héroes de la vida clandestina forjados de una pieza, aventureros y metódicos, sacrificados. Ramón Ormazábal pasó diez años en París junto a una mujer de familia de exiliados, Louise Perla; ocurrió porque había incurrido en sospechas y el Comité central no contaba con él. Dice Juliana: «Vivirá como un verdadero tormento la pérdida de confianza durante diez años que se le harán eternos.» Los diez años con Louise; luego volverá a la "normalidad": el trabajo clandestino de organización, la cárcel. En cuanto a Marieta Sarriera, no quiso acompañar a su marido al exilio en Francia porque estaba apegada a su familia, a su barrio, a la educación de su hijo Felip. «No se volverán a ver sin rejas por medio hasta dieciocho años más tarde», acota Juliana. Manuel Moreno, llegado a París, le envía a ella a Badalona una postal de la Ópera con el siguiente texto: «Te mando este recuerdo, estoy bien». Seis palabras. No aclara el biógrafo -hasta donde llevo leído- si hubo más cartas, más palabras cruzadas. Posiblemente no, los escritos eran siempre comprometedores, vivir en la clandestinidad exigía soledad y silencio. Lo sabemos también por lo que ha escrito Teresa Pàmies de Gregorio López Raimundo.

La vida se hizo menos clandestina, la utopía más cotidiana, el temple de las personas siguió siendo igual de heroico seguramente

La vida a secas era un asunto de mujeres. Para los hombres, la revolución; para las sufridas “compañeras”, la inmersión en una trama cotidiana de pequeños quehaceres siempre iguales. Así se despliega también el esquema narrativo de la Odisea: el héroe combate en Troya, la esposa teje y desteje para guardar de forma conveniente las ausencias.

No me reconozco en esa imagen en sepia de mis antepasados. Lo “nuestro” fue enteramente otra cosa. Aquello que le dijo Stalin a Pasionaria el año 48 no fue ninguna prefiguración de las Comisiones Obreras de los años sesenta. Era la labor del viejo topo en las organizaciones sindicales del franquismo, avalada por la autoridad de Lenin. Era un llamamiento a la paciencia (terpenie) en una situación en la que el vuelco político se hacía imposible por la relación de fuerzas internacional. Y en una España empobrecida, autárquica, despoblada, estigmatizada en el mundo por su relación estrecha con el nazifascismo.

«Se podría decir, con más fundamento, que Comisiones Obreras es un hijo del Plan de Estabilización de 1959. Comisiones Obreras será la más genuina construcción social del pueblo español durante el franquismo. El primer gran sujeto colectivo opuesto a la dictadura que no lleva el sello de la República y de los tiempos anteriores. Comisiones Obreras es una realidad tan nueva como el Seat 600».

Lo dice Juliana. También lo he dicho yo en alguna ocasión, en charlas en público. Y he añadido otras dos diferencias con la situación anterior. La primera, que fuimos fundamentalmente un movimiento joven y que nos autoorganizamos, no se nos organizó desde los comités centrales porque ninguno de ellos (había varios), ni el mejor situado, tenía capacidad para montar una cosa así.

Y más importante todavía, las mujeres estuvieron presentes en las Comisiones desde el principio. Sin remilgos, sin aspavientos, y sin ningún complejo de inferioridad. Eran trabajadoras, cumplían como todos los horarios, las pautas y los requisitos de productividad. Y reclamaban la igualdad en todo, y reclamaban además conciliación, una cuestión que a muchos de nosotros los varones ni se nos había ocurrido aún que fuera un problema laboral.

Y querían además casarse con hombres que ayudaran en la casa, con compañeros, no con figuras ausentes consagradas en el altar de la memoria.

Y también eso, en general, lo consiguieron.

Estuvieron ahí, muy visibles, las estadísticas lo muestran. La tasa de actividad femenina dio un salto de gigante en los años del desarrollismo, y fue también esa realidad lo que hizo que las cosas fueran como fueron.

La vida se hizo menos clandestina, la utopía más cotidiana, el temple de las personas siguió siendo igual de heroico seguramente.

Una vida menos clandestina