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sábado. 02.07.2022

TTIP, una dejación de soberanía

Entre los derechos sociales que quedarían vulnerados por el tratado figuran en un lugar de honor las garantías laborales. Se reaviva el viejo conflicto entre el capital y el trabajo...

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¿Dónde reside la soberanía popular? ¿Es concebible que las autoridades democráticamente elegidas la secuestren? ¿Hasta dónde va a llegar el vaciamiento de la democracia al que estamos asistiendo más o menos atónitos?

Un puñado de personas, demasiado pocas, escuchamos anoche en el Speaker’s Corner del Museu d’Història de Catalunya las explicaciones que nos dieron Dolors Comas y Mónica Vargas sobre la marcha muy reservada de las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea en relación con lo que se anuncia como un Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, el TTIP.

El Tratado se dirige a encauzar y facilitar las inversiones de las corporationsamericanas en el ámbito europeo. Su intención es remover las barreras «no arancelarias» que dificultan esas inversiones. Alguien puede preguntarse por qué precisamente las «no» arancelarias. Fácil: porque las barreras arancelarias ya están removidas. Para los capitales multinacionales todo el globo terráqueo es un gran paraíso fiscal, gracias a diversas ingenierías legales o extralegales.

Quedan entonces los obstáculos «no» arancelarios. Son de dos tipos, medioambientales y sociales; es decir, son de tal naturaleza que hace falta un compromiso solemne de los gobiernos europeos para despejar el camino, porque las “barreras” que se trata de remover son derechos constitucionales de las personas, de muchas personas.

Una vez más, los negocios chocan con la democracia. Y la solución que proponen los negociantes es dejar la democracia a un lado. O bien recortarla, hoy un poquito, mañana otro poquito. Manejan las corporationsun argumento de peso: si no hay facilidades, no hay inversiones. Si no es rentable acumular capitales en lo que llaman el eje atlántico, pueden perfectamente trasladarlos al eje pacífico. O bien a otro en el que encuentren una mayor comprensión. De América latina se ha dicho muchos años que era el patio trasero de los Estados Unidos. Ahora el imperio americano dispone de varios y cómodos patios traseros hacia los que dirigir sus apetencias, y se comporta en todos ellos con la misma falta de escrúpulos y de ética; con la misma franqueza brutal del business is business.

Entre los derechos sociales que quedarían vulnerados por el tratado figuran en un lugar de honor las garantías laborales. Se reaviva el viejo conflicto entre el capital y el trabajo: las corporations no quieren ver a los sindicatos ni en pintura. Quien sostenga que los sindicatos son hoy un instrumento obsoleto en el ámbito de las flamantes relaciones de trabajo, debe saber por lo menos por boca de quién está hablando. Quien se desentienda del tema, debe ser consciente de hacia qué tipo de sociedad nos conduce la amputación en vivo de las organizaciones creadas por los trabajadores para la defensa de sus derechos.
Y sin embargo, hay en todo este tema una dejación de soberanía inexplicable por parte de los parlamentos soberanos. El TTIP se está negociando en secreto, sin luz ni taquígrafos: solo se conocen algunos detalles por filtraciones, y esos detalles resultan suficientemente alarmantes como para exigir más información, toda la información disponible sobre algo que nos afecta directamente.

Pues bien, ni el parlamento europeo, ni el español, ni el autonómico catalán (no hablo de otros porque ignoro los detalles), han dado luz verde a peticiones de ese tenor. Conservadores y socialdemócratas, PP, PSOE, CiU, todas las mayorías imaginables, han vetado las iniciativas dirigidas a ese propósito. El abortado negocio de Eurovegas en la Comunidad de Madrid puede ser el indicio de por dónde irán los tiros en un futuro próximo. Allí se retiraron las barreras laborales, sociales y medioambientales; y si no se concluyó el negocio, no fue por ninguna resistencia de las autoridades representativas de la soberanía popular.

Las preguntas entonces son: ¿Dónde reside la soberanía popular? ¿Es concebible que las autoridades democráticamente elegidas la secuestren? ¿Hasta dónde va a llegar el vaciamiento de la democracia al que estamos asistiendo más o menos atónitos?

Tendremos que buscar nosotros mismos respuesta a esas preguntas.

TTIP, una dejación de soberanía