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viernes. 19.08.2022

Tanta parola

Mientras se van desgranando con lentitud las jugadas morosamente analizadas de Rajoy y Mas, y los ojos de todos los observadores se mantienen fijos en el tablero, la casa sigue sin barrer.

Mariano Rajoy ha felicitado a Escocia, así en bloque, por el respeto escrupuloso a la legalidad mostrado durante todo el proceso del referéndum y también, last but not least, por el resultado del “No” a la independencia. No ha sido una felicitación sincera sino un disparo por elevación, que no ha dado sin embargo en el blanco. En efecto, Artur Mas ha culminado mientras tanto la aprobación de su ley de consultas, una ley perfectamente constitucional si bien con el ligero defecto de que no ampara la consulta concreta que se pretende hacer. También Mas se ha felicitado por los sucesos escoceses, y tampoco su felicitación ha sido sincera. El tema soberanista sigue enrocado en nuestras latitudes, y a la espera de algún desenlace los dos primeros espadas del festejo saludan mirando en dirección al tendido escocés y se adornan con sendos brindis al sol.

Mas aguarda el momento oportuno para publicar su ley, refrendada por los votos de una mayoría parlamentaria amplia pero con disparidad interna de criterios, no en cuanto al texto votado sino a su aplicabilidad concreta al proceso; y Mariano tiene en reserva un consejo de ministros extraordinario para remitir la ley catalana al Tribunal Constitucional en cuanto se publique. En el trasfondo están las próximas contiendas electorales. No es probable que Rajoy ofrezca una devolution como ha hecho de inmediato David Cameron –ni siquiera una mini devolution demediada y de bajo contenido proteínico al estilo de los manjares calificados en el enclave lingüístico de la Vega de Granada de “pollas en vinagre”, por lo desabridos y poco nutritivos–, porque el gobierno del PP estima que cualquier signo de ablandamiento le reportaría un plus de votos de castigo en las urnas (también se los reporta su inmovilismo absoluto, pero con eso ya contaba desde antes).

El presidente español y el catalán están enfrascados en una especie de partida de ajedrez, y los dos tienen calculadas sus tres o cuatro próximas jugadas. Luego todo quedará al albur, y serán las computadoras (los sondeos, los comicios municipales) las que decidan de quién es la ventaja en la posición resultante. De modo que la partida se juega a la vez en Escocia, en los foros institucionales y en las terminales computerizadas de las asesorías sociológicas y politológicas. Y mientras se van desgranando con lentitud las jugadas morosamente analizadas y los ojos de todos los observadores se mantienen fijos en el tablero, la casa sigue sin barrer, la reforma laboral continúa haciendo estragos, el crédito no remonta y los datos macroeconómicos se ocultan debajo de la alfombra o se maquillan en función de las necesidades objetivas de la salvación de España.

Lo cantaban en Recoletos las niñeras gallegas de Agua, azucarillos y aguardiente, la genial (discúlpenme el encomio) zarzuela del maestro Federico Chueca. Esto es lo que decían de sus amas: «Tanto vestido blanco, / tanta parola, / y el puchero a la lumbre / con agua sola.» 

Tanta parola