lunes 01.06.2020

El rito de la humillación sexual

Weinstein & Spacey son la punta del iceberg, personas de elite mediática que han prescindido de la corrección política para dedicarse alegremente a la depredación

El acoso y el abuso sexual van en la línea de unas estructuras de fondo que configuran una sociedad crecientemente desigual. En tiempos, el estatus o el standing se exteriorizaban mediante un nuevo modelo de automóvil o una vivienda en un barrio exclusivo; el fundamento de todo ello era la envidia del familiar o el vecino menos afortunado. Hoy, cuando la desigualdad ha crecido en proporciones geométricas, la envidia ajena ya no genera la misma satisfacción de antes: ahora lo que se estila es la humillación explícita del inferior. Y la humillación sexual es, entre todas las posibles humillaciones, la que alcanza un estrato más profundo, más irremediable, más duradero, en la subordinación y la sumisión de una persona a otra.

Es el juego propuesto por Harvey Weinstein, o Kevin Spacey, a actrices/actores jóvenes con talento (el talento es imprescindible, humillar a aspirantes a la fama adocenados carece de morbo; si resultan sexualmente apetecibles, siempre se puede llegar con ellos a una sencilla transacción comercial).

El modelo Weinstein & Spacey consiste básicamente en: 'Yo puedo ayudarte a dar un gran salto en tu carrera; ahora bien, tú habrás de hacer algo por mí, a cambio'.

Ese “algo” no implica en ningún caso una igualdad entre ambas partes, sino precisamente lo contrario. En todos los éxitos posteriores de una actriz prometedora en busca de consagración, Weinstein estará presente, y detrás de su sonrisa complaciente ella leerá la afirmación tácita: “me la has mamado”. Mientras que detrás de las palabras convencionales de agradecimiento de la actriz, seguirá latente y renovada la humillación, la vergüenza oculta: “se la he mamado.”

Weinstein & Spacey son la punta del iceberg, personas de elite mediática que han prescindido de la corrección política para dedicarse alegremente a la depredación. Sabemos, de otro lado, la frecuencia y la consistencia de los abusos sexuales en el terreno de las relaciones entre maestro o entrenador y discípulo o aprendiz, en particular pero no únicamente en materias como la educación física; entre superior e inferior jerárquico, en la relación laboral y también en instituciones de estructuras muy verticales, como el ejército o la iglesia; en el ascendiente espiritual de terapeutas o gurús en relación con las ovejas de su rebaño particular. La humillación del débil parece ser un rito necesario para la autocomplacencia de aquel que quiere ser reconocido universalmente como más fuerte.

Es una más de esas situaciones que solo podrán corregirse con el reconocimiento legislativo de nuevos derechos individuales inalienables y con un impulso político muy fuerte y unitario hacia la igualdad de las personas, la transparencia de los vínculos sociales y el revestimiento de una nueva dignidad para los diferentes.

Las mujeres están encabezando esta lucha ímproba, este trabajo de Sísifo. Los varones hemos de respaldarlas con todas nuestras fuerzas. Este ha de ser el siglo de las mujeres, si no queremos que sea el siglo del fin del mundo.

El rito de la humillación sexual