jueves 29/10/20

El obrero, el primitivo, el hombre

El ‘Hombre de Vitruvio’, dibujo de Leonardo da Vinci sobre las proporciones ideales del cuerpo humano, inscrito en un cuadrado y un círculo, con comentarios anatómicos


Hay un famoso texto del Marx joven en el que imagina el “reino de la libertad” como un lugar (distópico, diríamos ahora) en el que el “hombre” ya no será obrero, funcionario, mercachifle o artesano, sino que podrá dedicarse a cultivar la tierra de buena mañana, a pescar a mediodía, a reparar su vivienda por la tarde, y de noche a ejercer de crítico de la filosofía hegeliana. El párrafo, citado mil veces como argumento a favor o en contra de determinadas posiciones políticas o filosóficas, establece una diferenciación entre la persona, como tal, y su oficio o profesión en un contexto social. Uno no se limita a lo largo de la vida a ser médico o cerrajero, y ser obrero no supone ninguna categoría ontológica, de modo que cabe imaginar “otra” realidad en la que cada cual sea en cada momento cualquier cosa que desee ser: violonchelista (estoy citando aquí a Bruno Trentin), erudito a la violeta, talabartero, etc. Sin que cada una de esas posibilidades acabe por convertirse en un destino fatal, dado que hablamos de un mundo liberado de la necesidad.

Tanteo algunos desarrollos colaterales de la idea de Marx en un texto de Alejo Carpentier. Viene a suceder que en este momento preciso, y de salida de ‘Pasos a la Izquierda’, he recaído en Los pasos perdidos (1953), una novela de Carpentier que transcurre en Venezuela, en buena parte en la selva húmeda de la cabecera del río Orinoco. El viajero de la historia se da cuenta con asombro de la maestría de los indígenas en relación a las tareas que desempeñan, y de su adaptación anatómica, su “ajuste fino” por expresarlo de alguna forma, a esas tareas imprescindibles. No habría, en consecuencia, proporciones anatómicas ideales “universales”, como las que quiso fijar Leonardo, sino al contrario, proporciones ideales  ajustadas a cada medio. El texto que sigue corresponde al cap. XXII de Los pasos perdidos, y los indios a los que se refiere son, según una nota colocada al final de la novela, shirishanas del Alto Caura.

«Aquellos indios que yo siempre había visto a través de relatos más o menos fantasiosos, considerándolos como seres situados al margen de la existencia real del hombre, me resultaban, en su ámbito, en su medio, absolutamente dueños de su cultura. Nada era más ajeno a su realidad que el absurdo concepto del salvaje. La evidencia de que desconocían cosas que eran para mí esenciales y necesarias, estaba muy lejos de vestirlos de primitivismo. La soberana precisión con que este flechaba peces en el remanso, la prestancia de coreógrafo con que el otro embocaba la cerbatana, la concertada técnica de aquel grupo que iba recubriendo de fibras el maderamen de una casa común, me revelaban la presencia de un ser humano llegado a maestro en la totalidad de oficios propiciados por el teatro de su existencia. Bajo la autoridad de un viejo tan arrugado que ya no le quedaba carne lisa, los mozos se ejercitaban con severa disciplina en el manejo del arco. Los varones movían potentes dorsales, esculpidos por los remos; las mujeres tenían vientres hechos para la maternidad, con fuertes caderas que enmarcaban un pubis ancho y alzado. Había perfiles de una singular nobleza, por lo aguileño de las narices y la espesura de las cabelleras. Por lo demás, el desarrollo de los cuerpos estaba cumplido en función de utilidad. Los dedos, instrumentos para asir, eran fuertes y ásperos; las piernas, instrumentos para andar, eran de sólidos tobillos. Cada cual llevaba su esqueleto dentro, envuelto en carnes eficientes. Por lo menos, aquí no había oficios inútiles, como los que yo hubiera desempeñado durante tantos años.»

El obrero, el primitivo, el hombre