lunes. 15.07.2024

¿Más reforma laboral?

El Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional no nos dejan dormirnos en los laureles. Ahora resulta que hace falta otra reforma.

El Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional no nos dejan dormirnos en los laureles. Creíamos ser los primeros de la clase, el asombro del mundo civilizado, pero Mario Draghi, presidente del BCE, y Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, se nos han puesto de perfil y acaban de dirigirnos una seria reprimenda. Ahora resulta que hace falta otra reforma laboral.

De eso estábamos convencidos, a pesar de que vamos ya por la cuarta o la quinta, en pocos años; pero nos separa de los dos ilustres economistas un matiz importante. Nosotros apostamos por una reforma laboral que vaya en dirección contraria a la última; por el contrario, lo que nos propone el dúo de pirómanos es una dosis mayor de la misma medicina. El mercado de trabajo, dicen, es aún dual, con un sector «demasiado protegido» y otro, el de los jóvenes, demasiado poco. Su recomendación ferviente es que se sigan desmantelando los mecanismos de protección y se promueva el empleo a partir de un nuevo instrumento, un contrato laboral flexible e igual para todos.

El asunto se parece demasiado al chiste del cocinero del cuartel que comunica a la tropa una noticia buena y otra mala. La mala es que comerán mierda; la buena, que habrá para todos. Tal es el meollo de la lógica neocapitalista. Ya hemos cambiado el nombre del Ministerio de Trabajo por el de Empleo. Dentro de nada lo llamaremos Ministerio de Curro.

Draghi y Blanchard dan por sentado que con la supresión de las «rigideces» el mercado de trabajo se ensanchará y se revitalizará. Unos cuantos cientos de miles de empleos fijos con salarios dignos son para ellos el cuello de botella que impide la creación en España de millones y millones de empleos precarios con salarios de los que mejor no hablar. Pero basan sus cálculos en teorías que ya han demostrado en otras ocasiones su escasa fiabilidad. Ninguna evidencia científica ni empírica sostiene sus afirmaciones. De hecho, todas las evidencias disponibles hasta ahora van en el sentido contrario: a más reforma laboral, mayor destrucción de empleo. De empleo a secas, no de empleo “privilegiado”.

Y eso no ocurre únicamente en los países del Sur, debido a nuestra idiosincrasia particular de siesta y relajo. Las recetas del liberalismo neocapitalista solo engordan a los gordos; a los jambríos se les atragantan en cualquier latitud de la inmensa aldea global.

Se nos quiere imponer una reforma del mercado de trabajo que únicamente tiene en cuenta las necesidades del capital y que soslaya cuestiones tales como la naturaleza del trabajo humano; los tiempos, las condiciones, la coordinación y la estabilidad precisas para que ese trabajo fructifique, y la exigencia de una remuneración suficiente (no digo ya justa) para permitir la subsistencia y la reproducción de la fuerza de trabajo. Todas esas cuestiones, y no son pocas, se dejan a beneficio de inventario. No afectan, al parecer, al fondo de la cuestión.

Se ha expulsado de la comunidad de los economistas solventes no solo a Marx, faltaría más, sino al mismo lord Keynes, culpable de haber promovido y bautizado una era de prosperidad y de pleno empleo especialmente irritante para los poncios del presente, que dogmatizan sobre las virtudes de los equilibrios presupuestarios y de los darwinismos sociales.

En algo vienen a parecerse altos funcionarios como Draghi y Blanchard al Dios providente. Como él, no han sido elegidos por sufragio universal, y las fuentes de su poder son arcanas. En cuanto al porcentaje de aciertos en sus profecías, es posible que tampoco sea tan grande la diferencia. Y el «Amaos los unos a los otros» de los Evangelios está en franco retroceso en nuestro mundo frente al exitoso eslogan del «Hombre lobo para el hombre» acuñado por Hobbes.

Nos está haciendo falta una refundación de todo.

¿Más reforma laboral?