martes 22/9/20

Independencia entre bambalinas

La vicepresidenta del Gobierno de la nación, Soraya Sáenz de Santamaría, ha advertido al estado mayor independentista catalán de que “por mucho que corran, no van a ninguna parte”. La frase demuestra que en Madrid no han entendido nada de la naturaleza del procès. Yo tampoco la entiendo, vaya eso por delante, pero en relación con este punto en particular me atrevo a dar una explicación plausible, breve y clarificadora.

Atienda bien entonces, señora Santamaría. Precisamente la intención última de todo el procès, tal como ha sido concebido y desarrollado por la diplomacia sutilmente florentina de los estrategas del soberanismo, consiste en correr todo el rato sin parar, pero sin intentar ir a ninguna parte.

Una comparación adecuada sería la del fútbol. El Real Madrid, representante secular del centralismo, intenta arrollar al contrario por lo civil o por lo criminal desde el toque inicial de silbato, imponer en todo el campo su (pre)potencia, y apabullar con un capazo de goles, a ser posible de Cristiano y preferiblemente de penalti. El FC Barcelona, por el contrario – al menos el modelo legendario construido por Pep Guardiola, porque con Luis Enrique vamos de capa caída –, trabaja el asunto a partir de un continuo tiqui taca en el medio campo, tan denso y trabado y aparentemente inconsecuente, que el contrario se adormece y solo despierta, con un sobresalto, al descubrir el balón suavemente colocado en el fondo de su portería. Al árbitro, por descontado miembro de la brigada Aranzadi, le gustaría anular el gol, pero ni él ni los liniers tienen certeza absoluta de quién, ni cómo, ni por qué, colocó el balón en las mallas; de modo que conceden de forma provisional el tanto, con la esperanza de pillar el truco en la siguiente ocasión, y elevan el recurso correspondiente al poder judicial, por si hubiera en la jugada materia delictiva perseguible de oficio.

Tanto Artur Mas como Francesc Homs se han declarado a sí mismos culpables únicos, cada uno de los dos, de un delito que no es delito, o no se sabe muy bien qué delito es en concreto y en qué código legal consta. Mientras tanto, Puchi Puigdemont filtra un pase vertical que le permitiría poner en marcha la ley de desconexión sin que se entere el propio Parlament catalán (repleto, como se sabe, de botiflers y miembros de la secreta que rápidamente darían el chivatazo), y sin dar al poder central la oportunidad de cebarse en severos castigos a la nomenclatura del poder autonómico, porque no habrá indicios de desobediencia, ni de prevaricación, ni siquiera urnas. Tampoco habrá independencia, o por lo menos lo que suele entenderse comúnmente por independencia, o bien estará tan escondida entre las bambalinas del teatrillo, que nadie se dará cuenta de su presencia. Será una independencia clandestina, perceptible solo para los iniciados, que se pasarán la consigna de boca a oído de modo que nadie, pero lo que se dice nadie, que no sean ellos se entere de la novedad.

Algunos analistas políticos de la escuela cartesiana sostienen que tanta finta y tanto desmarque obedecen a la imprescindibilidad de contar con los votos de la CUP para poder aprobar los presupuestos autonómicos. Según este criterio, tantas carreras en tantas direcciones diferentes estarían en último término encaminadas a algún fin preciso, y llevarían en consecuencia a alguna parte.

No estoy seguro de que sea así, sin embargo. En una independencia meramente hipotética, los presupuestos bien pueden ser también hipotéticos, lo cual tiene la ventaja añadida de no inflar la partida de los gastos sociales, tarea que resulta especialmente enojosa para una idea del independentismo que sueña diariamente con las enlairadas cimas de Montserrat pero orilla con todo escrúpulo los barrios degradados de la Mina, Bellvitge o Sant Ildefons.

Independencia entre bambalinas