lunes 26/10/20

Fútbol y parafernalia

Vamos a hablar claro: el fútbol sin parafernalia es un palo.

No lo digo por los ocho goles. Oigan, le metimos dos al todopoderoso Bayern, y de haber sido un poco más cuidadosos en defensa y con alguna ayudita más del VAR, estaríamos en semifinales. No, no lo digo por eso, sino porque el momento sublime del gol decisivo pierde toda su gracia si uno no puede colocarse un dedo ante la boca para reclamar silencio a un estadio hostil, o alternativamente besarse el escudo de la camiseta delante de un estadio entregado.

O sea, si el estadio está vacío, si faltan el rugido y/o el lamento de las cien mil bocas, ¿dónde está la gracia del gol decisivo?

No era el VAR, era la parafernalia. Sin parafernalia, el deporte rey pasa a ser un rey emérito

La objeción es extensiva a otros deportes. ¿Quién va a tener la santa paciencia de ver mañana, tarde y noche las interminables retransmisiones de unos Juegos Olímpicos, si cuando por fin sube nuestra bandera al mástil de las medallas no hay una multitud en pie y la mano al pecho, guardando un silencio religioso mientras dura el himno para luego corear ese “¡Bieeeen!” que se extiende de forma instantánea a todos los rincones del planeta?

Si el mundo no nos mira, ¿para qué molestarnos en competir? El mundo no mira a nuestro esforzado corredor de mil quinientos, el mundo mira las banderas y escucha los himnos. El resto es una pasión inútil, como señaló Jean-Paul Sartre, o “une sale manie”, como le retrucó Georges Brassens.

La parafernalia del deporte son los hooligans que invaden nuestras terrazas, se beben nuestra cerveza y la mean en nuestras esquinas antes de pasar por comisaría bajo la acusación de altercado público. Con la nueva normalidad, esos hooligans se emborracharán en sus casas, bebiendo su cerveza y meando en sus inodoros. Nuestros guardianes del orden público se estarán mano sobre mano. Perderemos incluso los salarios precarios de las brigadillas de la limpieza contratadas al efecto por nuestros ayuntamientos.

¿Dónde está la gracia?

Ayer hablaba en esta bitácora de ideas y de emociones. La idea del fútbol sin la emoción compartida por la hinchada fiel, no es nada. Naíca de ná, como dicen en la Vega del Genil. No eran Pep Guardiola, Jürgen Klopp o Zinedine Zidane los que ganaban las grandes copas gracias a su superior conocimiento de la enrevesada táctica del falso nueve; eran en realidad las hinchadas multitudinarias las que llevaban a las grandes finales europeas a sus onces favoritos, con los estadios vibrando al unísono en las grandes remontadas.

Este año, jugando de vacío y en campo neutral, ni la Premier, ni el Calcio ni la Liga están en las semifinales. Dos equipos alemanes y dos franceses: burguesía acomodada del deporte rey, pero no aristocracia. La estrella en el candelero no es ni Lionel Messi ni Cristiano Ronaldo, sino un defensa del Leipzig llamado Dayotchanculle Upamecano. Sobran comentarios.

Decían los antiguos hace una eternidad (unos seis meses), que el VAR iba a salvar el fútbol moribundo, en las decisiones a favor, o bien iba a acabar de golpe con todas las esencias deportivas, en las decisiones en contra.

No era el VAR, era la parafernalia. Sin parafernalia, el deporte rey pasa a ser un rey emérito.

Fútbol y parafernalia