lunes 26/10/20

Ensayo de contramanifiesto

Juan Carlos I en una imagen de archivo
Juan Carlos I en una imagen de archivo

Setenta y dos políticos relevantes de distintas tendencias han firmado un manifiesto de apoyo a la figura política de Juan Carlos I.

A primera vista se trata de un sincero homenaje a las virtudes del Emérito, a su sacrificio, a su protagonismo en la transición y a su trascendente españolidad acrisolada.

No se lo crean, sin embargo. La figura política de JC I está a estas alturas tan amortizada como la de Quim Torra, incluso más.

O sea, Torra irá a Madrid “a mirar a los ojos a los miembros del TS”, según dice él mismo. Después del trance, que será durísimo para los miembros del TS confrontados ante tanta entereza, si el ya ex president decidiera trasladarse con armas y bagajes a algún sucedáneo de Abu Dhabi o de Waterloo, siempre encontraría 72 firmas para rendirle el mismo tipo de homenaje tributado ahora al Ex por antonomasia.

Ambos dos han conseguido deteriorarse a sí mismos hasta un punto de no retorno: el uno por golfería irredenta, el otro por incompetencia en grado heroico llevada mucho más allá del (in)cumplimiento del deber. JC, barrunto, morirá en tierra extraña, como les ha ocurrido a sus ancestros por línea directa. De QT no lo creo, su constitución de mosca cojonera indica más bien que buscará refugio por la banda de Santa Coloma de Farners, y concederá entrevistas exclusivas a los plumíferos dispuestos a escucharle, que no serán muchos porque en sustancia no tendrá nada nuevo que contarles.

El homenaje de los 72 prohombres y promujeres al papel desempeñado por JC en la democracia es más bien una forma de enaltecerse a sí mismos por persona interpuesta

El homenaje de los 72 prohombres y promujeres al papel desempeñado por JC en la democracia es más bien una forma de enaltecerse a sí mismos por persona interpuesta. El Ex les resulta indiferente en último término, pero todos tienen en el escritorio de su despacho privado una fotografía enmarcada en la que aparece vestido de capitán general o alternativamente de chaqué, estrechándoles la mano. Es esa efemérides más o menos lejana la que les importa; no lo que hizo él, sino lo que hicieron ellos, el grandilocuente papel que representaron en algún período, en alguna legislatura, en un momento más o menos azaroso sobrevenido a lo largo de los últimos cuarenta años, cuando acapararon las fotos y los titulares de primera página de los grandes medios.

Ese homenaje a sí mismos es, sin embargo, también una barrera que se está poniendo a lo nuevo, a lo que se nos echa encima a borbotones incontrolados en este país, desde hace algunos años.

No podemos permitirnos hacer caso a los figurones y las estantiguas abajo firmantes, cuando nos proponen elevar a los cielos un himno de gratitud intemporal, y eternizar a conciencia una determinada solución de país que en su momento fue provisional, el fruto imperfecto de una relación de fuerzas determinada y de un acomodo incómodo. El régimen económico y social del 78 hace aguas por todas partes, lo “nuevo” (“no hay que tener miedo de lo nuevo”, nos advierten voces que suenan cerca del río Genil) está reventando las costuras prefabricadas en este patio de vecindonas a partir de un zurcido sobado de principios intemporales, consejas de vieja junto a la lumbre y admoniciones de confesionario. Lo “nuevo” viene atropellando con todo en general, y en particular con el bienestar modesto de los humildes, el valor más deteriorado hasta el momento en las estructuras de nuestro régimen.

La realidad es inaplazable. Lo nuevo merece una consideración atenta y pormenorizada (sin miedo, pero sin pausa) y la creación de los moldes idóneos en los que contenerlo.

Oigan, ustedes que me están leyendo. Si tienen la bondad, y nada mejor que hacer, fírmenme aquí este contramanifiesto. Deprisa, que es para hoy.

Ensayo de contramanifiesto