jueves 24/9/20

Una cuestión de etiqueta

El Consejo del Poder Judicial constitucionalmente caducado desde hace dos años se dispone a nombrar trece nuevos altos cargos en los tribunales superiores del país. No hay renovación en la cúpula judicial porque el PP, partido acosado por un goteo interminable de casos de corrupción, ejerce su minoría de bloqueo para evitar cambios en un equipo que le viene siendo ampliamente favorable.

No hay independencia del poder judicial en España, sino una dependencia a modo de correa de transmisión cuidadosamente preservada. He estado a punto de escribir “secreta”, pero en todo caso se trataría de un secreto a voces. El gobierno de los jueces se comporta con el gran partido de la derecha española como David Niven en aquella película en la que representaba a un aristócrata en apuros que, desde el humilde oficio de valet para todo, ejercía una influencia tutelar en los destinos de una familia neoyorquina de riquísimos industriales del caucho o del petróleo, ya no lo recuerdo.

El Poder Judicial no puede amparar los tejemanejes profundamente ilegales de unos parvenus a la alta política decididos a saltarse todas las reglas para alzarse con el santo y sobre todo con la “limosna”

Hay una cuestión de etiqueta, sin embargo, que tiene cierta importancia. El servicial mayordomo puede examinar con lupa los plazos de prescripción, para hacerlos correr más o menos según convenga; puede desenterrar excepciones contenidas en las cláusulas carcomidas de códigos vetustos, para adaptarlas a situaciones nuevas e imprevistas; puede trabajar sobre una interpretación sui generis de la inmunidad otorgada por la letra de la ley a un monarca ahora emérito.

Pero el tema de las cloacas del Estado es distinto, porque mancha. El Poder Judicial no puede amparar los tejemanejes profundamente ilegales de unos parvenus a la alta política decididos a saltarse todas las reglas para alzarse con el santo y sobre todo con la “limosna”.

Por una razón simple. No porque sea más grave, sino porque hace feo. Un mayordomo podrá dejarse besuquear a escondidas por su señorita, pero no se presentará a servir la cena con una mancha de grasa visible en la pechera de su traje de etiqueta. Hay un fuerte impulso corporativo entre mayordomos. Son capaces de afrontar el desprestigio público sin mover una ceja; pero no de sufrir la reprobación de los colegas del oficio en el ámbito internacional.

Esas son las normas habituales. Esperemos ahora a ver cómo se desarrolla la vista en estrados del caso Kitchen.

Una cuestión de etiqueta