viernes 23/10/20

Cuando las patrias se achican

En el proceso de centrifugación de la política que estamos padeciendo, la patria chica importa cada vez más que la patria a secas. El regionalismo gana representación en la Cámara de los Diputados, que teóricamente representa a un conjunto de territorios y de personas concebidos de una forma homogénea, igualitaria, solidaria (no hay nada de eso, evidentemente).

El Senado, llamado “cámara de las autonomías”, nunca ha pintado nada, pero ahora se adorna inesperadamente gracias al poder de veto de las partes sobre el todo.

La España y la Cataluña que queremos no es la de los garrotes sino la de los brazos abiertos

El tema de las asimetrías cobró importancia en un determinado momento histórico de nuestra democracia. Hay una España marítima y una España interior, una España rural y una España urbana, una España de la capital y otra de la periferia, una España vacía y otra superpoblada (no mayoritariamente por ciudadanos prósperos y felices, sino por gentes desarraigadas que van a la busca). Lo importante en todo caso se consideró que era tratar a todas ellas, no de una forma igual (vaya usted a saber lo que significa ese vocablo, la igualdad suena a revolución francesa), sino de forma simétrica.

La simetría sirve para algunas cosas, más bien muy pocas; pero no para resolver problemas de ordenación territorial ni de distribución de las rentas disponibles. De modo que, mientras se vigilaba celosamente la norma de la simetría (la fórmula más publicitada de la cual ha sido la del “café para todos”), la España vacía se ha seguido vaciando. Podríamos decir que en este caso los árboles no han dejado ver el bosque, de no ser porque también el bosque ha desaparecido. Lo han talado los señoritos para vender la madera a una fábrica de muebles que han abierto en la capital, donde el mueble se vende bien en el mercado de la vivienda de alquiler para turistas.

La España feudal está regresando al galope por esa vía. En todas partes crecen las baronías, los vasallajes y los subvasallajes. Un ejemplo significativo de ahora mismo es León. Los leoneses se rebelan contra el “centralismo” de Valladolid, que se dedica sin escrúpulo a la extracción de rentas leonesas en su propio beneficio. Valladolid es, de otra parte, un simple satélite de Madrid, que ejerce su poderosa influencia aspiradora para seguir absorbiendo hasta la última gota de sustancia de los territorios sujetos a su control.

Cataluña no es distinta. Una de las razones más poderosas del procesismo es la rebelión de las comarcas gironinas contra la prepotencia barcelonesa. Puigdemont y Torra representan en realidad una alternativa, no a España, sino a la metrópoli chica, acaparadora abusiva del disfrute de los recursos internos, por la vía del 3% y otras parecidas.

Mientras, las prebendas barcelonesas son objeto oscuro del deseo de la centralidad del imperio chico, y Díaz Ayuso anuncia que al césar se le debe dar lo que es del césar, y en consecuencia Madrid irá a muerte a por el Mobile.

Una imagen icónica de esta situación lamentable es la de la pintura negra de Goya que tienen arriba, el duelo a muerte, con garrotes, de dos paisanos enterrados hasta las rodillas para que les sea imposible escapar del destino de matarse o morirse.

Pero es la imagen de una situación forzosamente reversible. La España y la Cataluña que queremos no es la de los garrotes sino la de los brazos abiertos.

Cuando las patrias se achican