lunes 01.06.2020

El buen católico de mi bisabuela

En cuestiones de fe y costumbres, es necesaria una sana inflexibilidad para impedir que se cuele ningún desaprensivo en el selecto aprisco del Buen Pastor

Dice el cardenal Cañizares que no se puede ser a la vez buen católico e independentista. No estoy en condiciones de discutirlo; personalmente no entro en ninguna de las dos categorías, y quizá por esa razón no percibo bien la contradicción. De otra parte, no me atrevo a llevar la contraria a un experto reconocido en la materia.

Podría objetar, quizá, que según la doctrina buen católico es el que cumple los mandamientos, y en ninguno de los diez se dice -hasta la fecha- nada sobre la independencia. Pero gracias a mi bisabuela sé que las cosas no son ni mucho menos tan sencillas como parecen. Para decirlo con mayor precisión, hay muchos más mandamientos en el cielo y en la tierra que los escritos en las tablas de la ley.

De haberse conocido el cardenal Cañizares y mi bisabuela, habrían simpatizado. Los dos coincidirían en el punto de vista de que en el cielo tienen reservado el derecho de admisión solo los españoles de bien; nada de extranjeros, ni forasteros, ni otras especies de personas dudosas.

Mi abuela, como es natural, nunca tuvo pujos de independentismo, pero para ella dicha condición negativa podía ser como mucho necesaria, no suficiente en sí misma para calificar al buen católico. El buen católico había de ser, además, necesariamente monárquico y de derechas. Una de sus opiniones favoritas en política, puede que ideada de su propia cosecha aunque sospecho más bien que leída en algún opúsculo, tal vez de jesuitas porque para ella eran lo más, venía a decir que Largo Caballero de largo tenía poco, y de caballero todavía menos.

Al buen católico de mi bisabuela le gustaban los toros; lo contrario sería sencillamente inconcebible. En este aspecto, sin embargo, había distinciones ulteriores a tener en cuenta. Para ella estaban muy bien Lalanda, y Gitanillo de Triana, y ese chico de tan buena planta que acababa de coger los trastos como novillero, Antoñito Bienvenida, el hijo del Papa Negro. En cambio, dudaba muy seriamente que un manoletista confeso pudiera llegar algún día al cielo. En relación con Manolete y sus adeptos, seguramente habría pensado que el cardenal Cañizares, como tantos otros clérigos de su predilección por otra parte, tenía la manga demasiado ancha. En cuestiones de fe y costumbres, es necesaria una sana inflexibilidad para impedir que se cuele ningún desaprensivo en el selecto aprisco del Buen Pastor.

Ya de edad avanzada, mi bisabuela se encrespó con su médico de cabecera (hombre por lo demás irreprochable, de comunión diaria y padre de familia numerosa) porque le prohibió seguir con la rutina habitual para sus cenas: un huevo frito (¡solo uno! ¿qué daño podía hacer?) sazonado con sal y espolvoreado de pimienta. ¡Eso no es caridad cristiana!, tronó mi bisabuela, mujer enérgica y de buen diente que, por más que seguía activa en las labores caseras, había adquirido tal ruedo a la altura del popó que obligó a sus hijas Amparo, Concha y Cristina a retirar dos consolas del pasillo, bastante estrecho, para permitirla desplazarse sin impedimento de la salita al baño.

Pues en la cuestión del huevo, mi bisabuela se sintió como si el buen samaritano (diplomado en medicina en su caso) hubiese pasado silboteando de largo del lugar en el que ella, desprevenida viajera de la vida, yacía postrada a la hora de cenar, asaltada, malherida y dada por muerta por ladrones facinerosos, probablemente socialistas.

Por consiguiente, no puedo sino elogiar la postura de monseñor Cañizares en relación con el independentismo. Yo no llegué a conocer en persona a mi bisabuela, pero absorbí su leyenda. Y no me cabe duda de que habría dado su altísima aprobación a la santa intransigencia del cardenal.

El buen católico de mi bisabuela